El monstruo
Era poco más de la una de la tarde, la hora en que en la
cuarta planta del banco no queda casi nadie porque todo el mundo sale a comer,
cuando doña Miguelina, la señora que limpia y prepara el café, me entregó una
caja que me habían dejado en la recepción. No tenía remitente, pero sospeché de
quién podría provenir y no me equivoqué. Adentro estaba mi tanga verde con
bordes dorados, una rosa pequeña, un chocolate y una tarjeta que decía
simplemente: “Recuerdo de una breve estadía en el paraíso”.
Tampoco tenía firma ni hacía falta que la tuviera. La
tanga estaba perfectamente limpia y olía a fragancia de gardenias, detalle que
me enterneció. Sonreí y guardé la cajita en un cajón de mi escritorio antes de
que empezaran a llegar mis compañeras de oficina. El aire acondicionado estaba
al máximo y la pila de trabajo que tenía pendiente me hubiera agobiado en un
día normal, pero en ese momento todo estaba perfecto. Nada podía molestarme.
Era uno de esos días en que me sentía, como no me sucedía desde hacía mucho tiempo,
reconciliada con la vida y con mi historia. Puse un CD de Alejandro Sanz en la
computadora, me calcé mis auriculares, me comí el chocolate y seguí trabajando.
En mi cerebro se agolpaban imágenes antiguas con sensaciones recientes.
Recordé mi infancia luminosa en Puerto Plata, la sonrisa
juvenil de tía Belkys, el enorme patio de la casa de abuela Francisca, la
última vez que vi a mamá salir de esa casa, cargando su mínimo equipaje en un
viejo carro que la llevaría, según me dijo abuela, a Nuebayol, las cartas de
mamá y mi primera bicicleta. Ahora me parece que toda esta historia comenzó con
esa bici. Era mi sexto cumpleaños y tía Belkys me la compró con un dinero que
mamá había enviado. Yo estaba tan feliz que me reía con el viento.
En pocos días aprendí a andar en esa bicicleta y abuelo
Julián tuvo que quitarle las rueditas de apoyo. El patio me quedó pequeño. Por
la tarde tía Belkys me dejaba salir a andar por la acera, pero había una
prohibición: -No puedes pasar de la esquina, mira que allí hay un monstruo. Esa
advertencia bastó para encender mi curiosidad. La casa del monstruo tenía un
muro de cemento y un enorme portón de chapa que nunca se abría. Las veces que
pasábamos por ahí, cuando íbamos a la escuela, con mi prima Liria y con Miguel,
el chico de al lado, oíamos rugir al monstruo y salíamos huyendo a toda
velocidad, con un cosquilleo en el estómago, con terror. Sin embargo, ese mismo
terror tenía también un poco de fascinación. Necesitábamos todos los días pasar
frente a la casa del monstruo, atisbar entre las hendijas del portón para
verlo, queríamos comprobar si era cierto que en esa casa un hombre sin cabeza
se paseaba por el patio. Muchas veces me pasaba horas pensando cómo sería el
monstruo, quién le daría de comer, ¿viviría solo?
Pero una mañana, a escondidas de abuela Francisca, salí
en mi bicicleta y decidí llegar más allá de la casa de la puerta prohibida. La
acera tenía una pequeña pendiente y mis pies aceleraron el pedaleo para pasar
raudamente frente al portón metálico pero, oh casualidad, en ese preciso
instante alguien salía de la casa, alcancé a desviar el manubrio pero de todos
modos me lo llevé por delante y di un alarido al caer, más por el miedo que por
el golpe.
-¡Bambina! ¡Madona mía!
No entendí qué significaban esas palabras, me dejé
cargar, muerta de miedo, por ese hombre de pelo renegrido y barbas que parecían
teñirle toda la cara.
-¿Te has golpeado?
Solo dije que no con la cabeza. El me revisó los
tobillos, las rodillas, me llevó al interior de la casa y me hizo beber un refresco
que terminó de curarme. Mis ojos escudriñaron el lugar en busca del monstruo
pero no logré verlo. El hombre me hizo más preguntas.
-¿Cómo te llamas, bambina?
-Ma… Magalí- pude balbucear.
-¡Oh, qué nombre tan belo! Mira, ven, te llevaré a tu
casa. Me cargó en un brazo y con la mano libre tomó la bicicleta. En ese
momento apareció el monstruo. Era un perrazo que parecía salido de las
películas de terror que le gustaba ver a tía Belkys en la tele los sábados a la
noche. Mis brazos se cerraron alrededor del cuello del hombre y él se rió
muchísimo.
-Tranquilo Vulcano, la bambina es nuestra amiga. Mírala,
tú no le harás daño ¿capisci?
El perrazo me olisqueó los pies y movió la cola. El
hombre me puso en el suelo y el perro caminó con nosotros hasta el portón. Yo
lo miraba de costado y apretaba los dientes, muerta de miedo. Recuerdo que
abuela Francisca casi se muere de la vergüenza ante el hombre que, con muy
buenos modos, le recomendó que me cuidara y que no me dejaran salir sola en esa
bici.
En esos días fui el centro de atención de todo el mundo,
había entrado a la casa misteriosa y había salido de allí con vida. Los chicos
en la escuela se acercaban a preguntarme cómo era el monstruo, si tenía dientes
de alambre, si olía a caballo muerto, si echaba humo por la nariz…
Recuerdo muy vagamente que dos o tres veces se me
permitió entrar a la casa de ese hombre, al perrazo le gustaba jugar con una
pelota maciza y le encantaba que le rascaran debajo del hocico, también se
robaba mis chancletas y solo me las devolvía cuando su dueño se lo ordenaba.
Al año siguiente dejé definitivamente ese pueblo cuando
tía Belkys vino a estudiar a la capital y el monstruo pasó a formar parte de un
pasado lejano, difuso y olvidable durante quince años.
Viví en Nueva York con mi madre, mi padrastro y mis
hermanitos durante un tiempo. Al terminar la preparatoria terminó también mi
noviazgo con Howard, un boricua del que estaba enamorada hasta los tuétanos.
Volví a Santo Domingo, a pasar unas vacaciones y a curarme las heridas de amor,
tía Belkys y mis primas se alegraron de mi visita y hasta me dieron un cuarto
en su casa. Mi dominio del inglés me abrió puertas y conseguí trabajo en un
banco. Al poco tiempo estaba instalada en un departamentito y, pese a la
oposición de mi madre que me quería de regreso en Nueva York, me inscribí en la
carrera de Publicidad en una universidad. En menos de tres meses me convertí en
una estudiante adelantada, con muy buenas notas y nuevos amigos.
Una tarde de agosto me encontraba buscando el aula en que
se dictaban las clases de Opinión Pública y un profesor muy simpático,
corpulento, de ojos claros y pelo entrecano, me invitó a entrar y me preguntó
si tenía por costumbre llegar tarde. Una casi imperceptible reminiscencia de
acento extranjero adornaba su voz.
La clase era de lo más amena. Me encantó la forma en que
este hombre combinaba sus explicaciones con una fina ironía, hacía gala de una
inteligencia y de un ingenio que nos llevaba a disfrutar de su asignatura. Dos
semanas después descubrí que pensaba en él más que en cualquiera de los otros
profesores, y de los estudiantes, aunque los había más jóvenes y acaso más
atractivos. Al principio tuve la sensación de que lo conocía de alguna parte.
Iraima, la chismosa del grupo, me dio algunos datos que tomé muy en cuenta.
-Montessi está en esta universidad desde hace más de diez
años. Escribe para periódicos europeos y dicta cursos en Miami y en Los
Ángeles, donde vive su hija. Enviudó hace tres años.
-Pero debe tener alguna novia, o varias.
-Mira, muchacha, dizque cuando él enviudó fueron muchas
las que se acercaron a ofrecerle consuelo, pero todas rebotaron contra la
pared. A Montessi no se le conocen debilidades con faldas. Según los chicos, o
es muy discreto, o es “pájaro”.
-No tiene aspecto de homosexual- contradije con demasiada
vehemencia.
Iraima suspiró y sus pechos voluminosos se movieron
acompasadamente.
-¡Ay, muchacha! Cómo quisiera comprobarlo yo in situ.
Reímos ante la ocurrencia.
Una tarde, mientras el profesor explicaba el papel de la
religión en la formación de la opinión pública, la charla se generalizó y la
discusión tomó el rumbo de los tomates. Iraima dijo que los dioses griegos eran
divinidades hechas a imagen y semejanza del hombre.
-La religión es un invento del hombre- observó Montessi.
-¿Un invento?- preguntó Iraima.
-Mire usted, ahora que la religión griega, por ejemplo,
carece de todo contenido que no sea el histórico, esas divinidades dan nombre a
los cuerpos celestes, a los planetas, claro que son más populares los nombres
latinos de los dioses griegos, hay gente que les pone nombres de dioses
griegos, o romanos, a sus mascotas, por ejemplo, cuando yo vivía en Puerto
Plata, yo tenía un perro que se llamaba Vulcano, que es el nombre latino de
Hefestos- dijo Montessi y siguió hablando pero yo solo escuché el nombre del
perro.
Di un respingo. ¡Vulcano! El monstruo, mi monstruo de la
infancia, pero entonces, Montessi era el dueño de Vulcano… Montessi me había
cargado en sus brazos hacía quince años y yo me había apretado contra su pecho
con los brazos alrededor de su cuello...
traté de disimular mi agitación y me juré que guardaría en el más
estricto secreto esa información, aunque me moría de ganas de contárselo a la
chusma de Iraima solo para ver cómo se pondría verde de la envidia.
La última semana de septiembre se arrastraba con lentitud
en una sucesión de días grises y lluviosos. Un miércoles, casi al mediodía, la
subgerente de la sucursal del banco me llamó a su oficina.
-Mira Magalí, hay un evento este viernes, en el hotel
Jaragua. Hay una conferencia en inglés de un consultor neoyorquino. Son esas
vainas a las que nadie quiere ir y de casa central me mandan a mí, pero tú me
tienes que acompañar porque hay que hacer una relatoría para enviarla a
presidencia. Va a haber una traducción en data show pero yo prefiero ir con
alguien que sepa inglés mejor que yo.
Asentí sin decir palabra. Doña Emi sacó mil pesos de su
cartera y me hizo firmar un comprobante.
-Vete al salón, ponte espléndida, y léete este brochure-
me dijo al tiempo que me entregaba un folleto lujosamente encuadernado.
Ese viernes me vestí con lo mejor que tenía: una falda
plisada de raso azul tornasolado, una blusa de color turquesa con cuello alto,
una chaqueta asimétrica de la misma tela de la falda y una gargantilla con
incrustaciones de cristal. Me puse sandalias de raso con tiritas doradas y me
colgué una carterita del mismo color, pequeña y de lo más discreta. Llegué al
evento cinco minutos antes y doña Emi me encontró antes de que yo pudiera
verla. Un botones nos asignó asientos en tercera fila y fui tomando notas al
tiempo que grababa la conferencia. Después nos pasaron un documental sobre las
nuevas tendencias del gerenciamiento financiero y, finalmente, en un lujoso
salón, hubo un brindis también de lujo, al que doña Emi no quiso quedarse pero
me ordenó que yo sí lo hiciera.
–No te emborraches- fue su última orden.
Un señor calvo, vestido con un traje gris brilloso, con
un vaso de whisky en la mano, se me acercó y en perfecto inglés con acento de
Kansas, me preguntó si yo era extranjera. Le contesté en español que no y
entonces él, en trabajoso castellano, me pidió que lo llevara a conocer la
ciudad. Dije que no con la cabeza y me cambié a la mesa más lejana. El tipo me
siguió y volvió a insistir en inglés que solamente quería invitarme a un trago,
que si después yo quisiera ir a bailar que… le respondí en inglés que yo no
bebía, que no salía con desconocidos, que esperaba a mi novio, pero el muy
pesado seguía ahí, hasta que alguien me salvó. Tenía puesto un pantalón gris
oscuro, una camisa clara, corbata rojo bermellón y un saco azul marino. Estaba
más elegante que nunca. Me besó en la mejilla y me tomó del brazo y, como si el
pesado yanqui no existiera, me acompañó hasta la salida. Juro que no sabía cómo
agradecerle.
-Profesor Montessi, gracias por sacarme de encima a ese
pelmazo.
-Oh, no es nada. Usted es la que a veces llega tarde a
clase ¿verdad?
-¡Oh, fue solo el primer día!- protesté.
El rió complacido ante mi defensa. Dije que lo último que
hubiera esperado era encontrarme con él en ese evento. Me respondió que siempre
lo invitaban a este tipo de actividades, aunque rara vez asistía. Hice un
comentario sobre el conferencista, lo comparé con un vendedor de futuros y la
ocurrencia lo hizo reír.
-Todos los financistas venden futuro ¿no cree usted,
señorita irónica?
-Usted maneja el arte de la ironía con mucha más
perfección que yo- repliqué.
-Es usted generosa, además de bonita- dijo y me pareció
que, en ese momento, una conspiración de ángeles bienhechores se estaba
gestando a mi favor. El consultó su reloj y me preguntó hacia dónde tenía que
ir. Hice una jugada riesgosa, como si estuviera en el casino y pusiera todas
mis fichas al trece negro.
-Como ya no puedo volver ahí dentro, tendré que buscar un
lugar donde cenar.
-¡Oh, por favor! Le aseguro que no quiero parecerme en
absoluto a ese señor de ahí dentro, pero permítame invitarla.
-De acuerdo.
Montessi me invitó a subir a su auto y condujo hasta un
restaurante en la Zona Colonial. Cenamos mariscos y brindamos con un chianti
que era una verdadera delicia.
-Questo é un bocatto di cardinale- festejé y Montessi
sonrió sorprendido.
-¿Dónde aprendió italiano?
-Oh, fue en un verano en Nueva York, hace algunos años,
el dueño del negocio donde trabajaba mi madre, don Giusepe, nos regaló a ella y
a mí un abono a un ciclo de cine italiano de posguerra, de ahí me quedaron
algunas expresiones, y las malas palabras también.
-Qué interesante, ¿y qué películas vio?
-La strada, Ladri di bicicleti, La dolce vita…
-¿Y le gustaron?
-Oh, me hicieron llorar mucho, sobre todo la pobre
Gelsomina de La Strada.
-Es un personaje tierno y querible- acotó él.
Recordé en ese momento cómo odié a mi madre cuando me
obligó a ir al cine a ver esas malditas películas, mientras que ahora mi
corazón le daba las gracias porque ese hecho fortuito me permitía entablar con
el dueño del monstruo una conversación que se alargaba. Discutimos algunos
aspectos del argumento de La Strada y Montessi se entusiasmó. Tanto que me
invitó a dar una vuelta. Tuve que aceptar que este ejemplar perteneciente a la
casi extinguida especie de los caballeros me ayudara a ponerme la chaqueta que
me había quitado para comer, que me abriera la puerta del restaurante al salir,
mientras desde las otras mesas algunas miradas femeninas iban de él hacia mí y
viceversa. La situación me estaba resultando de lo más interesante. Fuimos a un
bar junto al malecón y nos sentamos a una mesa en la orilla de una terraza con
el mar prácticamente debajo.
Pese a los estragos que podía hacer la brisa marina con
mi cabellera apenas recién lavada, acepté un daiquirí que fui bebiendo de a
pequeños sorbos. Salimos del bar casi a la una de la mañana, en la radio del
auto se oía una antigua versión del Tema de Lara, la melodía de la película
Doctor Zhivago. La nostalgia me hizo cerrar los ojos al tiempo que Montessi me
miró durante un interminable segundo, entonces me besó, y yo no resistí.
Llegamos finalmente a su departamento de la 27 de Febrero
y, sin demasiados preámbulos, fuimos a su dormitorio. Sus manos eran suaves y
sedosas, manos de niño que soñaron sobre la tela de mis ropas y después sobre
mi piel. Por primera vez en mi corta existencia tuve la impresión de que los
dedos de un hombre eran capaces de adaptarse a la forma de mis senos, de
dibujar compases de música en invisibles pentagramas de mi cintura y hasta leer
con sus manos el cosquilleo de mi vientre. Intuí que en cada uno de sus gestos
era absolutamente imposible ninguna clase de brusquedad y me dejé llevar como
una hojarasca en brazos del viento de la madrugada. Sus besos sobre mi pelvis
desataron los nudos de mi fantasía y cuando por fin, después de una eternidad,
estuve sobre su cuerpo, sentí que un antiguo sortilegio me convertía en una
presencia etérea, como si cabalgara sobre la espuma y saltara de improviso
sobre esferas de viento, y su lengua en mis pezones tenía la fuerza de un
relámpago que me encabritaba la sangre.
Cuando noté en sus ojos el denodado esfuerzo con el que
me esperaba aceleré mi danza sobre la montura de su vientre y me dejé diluir en
un estallido sin estridencias pero absolutamente intenso en cada uno de los
temblores que agitaron mi cuerpo, y al ver en sus ojos la plenitud que indica
la culminación del deseo, lo sentí tan tierno, tan dulce, tan inocente, que le
di un beso en las comisuras y me recosté sobre su pecho como una niña
amurallada y temerosa de la oscuridad.
Él quiso decir algo, pero se lo impedí con un beso porque
las palabras solamente servirían para resquebrajar la magia del momento y yo
estaba viviendo algo más que una situación de placer, estaba también
construyendo un recuerdo. Un poco después de las cinco de la mañana la alarma
de mi agenda electrónica sonó en mi carterita. Montessi dormía como un
muchachito sin culpas. Fui al baño y traté de no hacer ningún ruido, en un
arranque de audacia que jamás me hubiera pasado antes por la cabeza, le dejé mi
tanga y una menta sobre su mesita de noche y salí a la avenida 27 de Febrero
que empezaba a ejecutar lentamente su estruendoso despertar. Me hizo un poco de
gracia montarme en un taxi y mantener las piernas cerradas, como si alguien
pudiera sospechar que no llevaba nada debajo de la falda.
Estuve casi todo el día con la mirada ausente, reviviendo
los instantes de esa noche que se dibujaban una y otra vez en mi memoria. Tenía
sueño. Me prometí una prolongada ducha y acostarme temprano porque decidí que
esa tarde no asistiría a la clase de Opinión Pública. Solo lamenté una
consecuencia de mi decisión, me moría de ganas de preguntarle qué hacía él en
Puerto Plata en aquellos días, viviendo solo en esa casa de misterio, qué había
sido de su perro Vulcano, pero temí que si le revelaba mi identidad, también le
quitaría encanto a mi aventura.
Ahora, cuando escucho que a mi alrededor las personas
hacen cuentos de aparecidos, me digo a mí misma que no sé si creo en esas
historias, como tampoco creo en brujas ni en fantasmas, pero en cambio me hace
feliz saber que hay cierta clase de monstruos que sí, verdaderamente, existen.


