lunes, 2 de marzo de 2015

Narraciones de un Negro Peronista

En la tarde de un lunes otoñal y cálido, antes de salir a dar un paseíto, comparto con los amigos el primer cuento de mi libro Pongamos que hablo de mujeres

El monstruo

Era poco más de la una de la tarde, la hora en que en la cuarta planta del banco no queda casi nadie porque todo el mundo sale a comer, cuando doña Miguelina, la señora que limpia y prepara el café, me entregó una caja que me habían dejado en la recepción. No tenía remitente, pero sospeché de quién podría provenir y no me equivoqué. Adentro estaba mi tanga verde con bordes dorados, una rosa pequeña, un chocolate y una tarjeta que decía simplemente: “Recuerdo de una breve estadía en el paraíso”.

Tampoco tenía firma ni hacía falta que la tuviera. La tanga estaba perfectamente limpia y olía a fragancia de gardenias, detalle que me enterneció. Sonreí y guardé la cajita en un cajón de mi escritorio antes de que empezaran a llegar mis compañeras de oficina. El aire acondicionado estaba al máximo y la pila de trabajo que tenía pendiente me hubiera agobiado en un día normal, pero en ese momento todo estaba perfecto. Nada podía molestarme. Era uno de esos días en que me sentía, como no me sucedía desde hacía mucho tiempo, reconciliada con la vida y con mi historia. Puse un CD de Alejandro Sanz en la computadora, me calcé mis auriculares, me comí el chocolate y seguí trabajando. En mi cerebro se agolpaban imágenes antiguas con sensaciones recientes.

Recordé mi infancia luminosa en Puerto Plata, la sonrisa juvenil de tía Belkys, el enorme patio de la casa de abuela Francisca, la última vez que vi a mamá salir de esa casa, cargando su mínimo equipaje en un viejo carro que la llevaría, según me dijo abuela, a Nuebayol, las cartas de mamá y mi primera bicicleta. Ahora me parece que toda esta historia comenzó con esa bici. Era mi sexto cumpleaños y tía Belkys me la compró con un dinero que mamá había enviado. Yo estaba tan feliz que me reía con el viento.

En pocos días aprendí a andar en esa bicicleta y abuelo Julián tuvo que quitarle las rueditas de apoyo. El patio me quedó pequeño. Por la tarde tía Belkys me dejaba salir a andar por la acera, pero había una prohibición: -No puedes pasar de la esquina, mira que allí hay un monstruo. Esa advertencia bastó para encender mi curiosidad. La casa del monstruo tenía un muro de cemento y un enorme portón de chapa que nunca se abría. Las veces que pasábamos por ahí, cuando íbamos a la escuela, con mi prima Liria y con Miguel, el chico de al lado, oíamos rugir al monstruo y salíamos huyendo a toda velocidad, con un cosquilleo en el estómago, con terror. Sin embargo, ese mismo terror tenía también un poco de fascinación. Necesitábamos todos los días pasar frente a la casa del monstruo, atisbar entre las hendijas del portón para verlo, queríamos comprobar si era cierto que en esa casa un hombre sin cabeza se paseaba por el patio. Muchas veces me pasaba horas pensando cómo sería el monstruo, quién le daría de comer, ¿viviría solo?

Pero una mañana, a escondidas de abuela Francisca, salí en mi bicicleta y decidí llegar más allá de la casa de la puerta prohibida. La acera tenía una pequeña pendiente y mis pies aceleraron el pedaleo para pasar raudamente frente al portón metálico pero, oh casualidad, en ese preciso instante alguien salía de la casa, alcancé a desviar el manubrio pero de todos modos me lo llevé por delante y di un alarido al caer, más por el miedo que por el golpe.

-¡Bambina! ¡Madona mía!

No entendí qué significaban esas palabras, me dejé cargar, muerta de miedo, por ese hombre de pelo renegrido y barbas que parecían teñirle toda la cara.
-¿Te has golpeado?
Solo dije que no con la cabeza. El me revisó los tobillos, las rodillas, me llevó al interior de la casa y me hizo beber un refresco que terminó de curarme. Mis ojos escudriñaron el lugar en busca del monstruo pero no logré verlo. El hombre me hizo más preguntas.
-¿Cómo te llamas, bambina?
-Ma… Magalí- pude balbucear.

-¡Oh, qué nombre tan belo! Mira, ven, te llevaré a tu casa. Me cargó en un brazo y con la mano libre tomó la bicicleta. En ese momento apareció el monstruo. Era un perrazo que parecía salido de las películas de terror que le gustaba ver a tía Belkys en la tele los sábados a la noche. Mis brazos se cerraron alrededor del cuello del hombre y él se rió muchísimo.
-Tranquilo Vulcano, la bambina es nuestra amiga. Mírala, tú no le harás daño ¿capisci?
El perrazo me olisqueó los pies y movió la cola. El hombre me puso en el suelo y el perro caminó con nosotros hasta el portón. Yo lo miraba de costado y apretaba los dientes, muerta de miedo. Recuerdo que abuela Francisca casi se muere de la vergüenza ante el hombre que, con muy buenos modos, le recomendó que me cuidara y que no me dejaran salir sola en esa bici.

En esos días fui el centro de atención de todo el mundo, había entrado a la casa misteriosa y había salido de allí con vida. Los chicos en la escuela se acercaban a preguntarme cómo era el monstruo, si tenía dientes de alambre, si olía a caballo muerto, si echaba humo por la nariz…
Recuerdo muy vagamente que dos o tres veces se me permitió entrar a la casa de ese hombre, al perrazo le gustaba jugar con una pelota maciza y le encantaba que le rascaran debajo del hocico, también se robaba mis chancletas y solo me las devolvía cuando su dueño se lo ordenaba.
Al año siguiente dejé definitivamente ese pueblo cuando tía Belkys vino a estudiar a la capital y el monstruo pasó a formar parte de un pasado lejano, difuso y olvidable durante quince años.

Viví en Nueva York con mi madre, mi padrastro y mis hermanitos durante un tiempo. Al terminar la preparatoria terminó también mi noviazgo con Howard, un boricua del que estaba enamorada hasta los tuétanos. Volví a Santo Domingo, a pasar unas vacaciones y a curarme las heridas de amor, tía Belkys y mis primas se alegraron de mi visita y hasta me dieron un cuarto en su casa. Mi dominio del inglés me abrió puertas y conseguí trabajo en un banco. Al poco tiempo estaba instalada en un departamentito y, pese a la oposición de mi madre que me quería de regreso en Nueva York, me inscribí en la carrera de Publicidad en una universidad. En menos de tres meses me convertí en una estudiante adelantada, con muy buenas notas y nuevos amigos.


Una tarde de agosto me encontraba buscando el aula en que se dictaban las clases de Opinión Pública y un profesor muy simpático, corpulento, de ojos claros y pelo entrecano, me invitó a entrar y me preguntó si tenía por costumbre llegar tarde. Una casi imperceptible reminiscencia de acento extranjero adornaba su voz. 




La clase era de lo más amena. Me encantó la forma en que este hombre combinaba sus explicaciones con una fina ironía, hacía gala de una inteligencia y de un ingenio que nos llevaba a disfrutar de su asignatura. Dos semanas después descubrí que pensaba en él más que en cualquiera de los otros profesores, y de los estudiantes, aunque los había más jóvenes y acaso más atractivos. Al principio tuve la sensación de que lo conocía de alguna parte. Iraima, la chismosa del grupo, me dio algunos datos que tomé muy en cuenta.
-Montessi está en esta universidad desde hace más de diez años. Escribe para periódicos europeos y dicta cursos en Miami y en Los Ángeles, donde vive su hija. Enviudó hace tres años.
-Pero debe tener alguna novia, o varias.
-Mira, muchacha, dizque cuando él enviudó fueron muchas las que se acercaron a ofrecerle consuelo, pero todas rebotaron contra la pared. A Montessi no se le conocen debilidades con faldas. Según los chicos, o es muy discreto, o es “pájaro”.
-No tiene aspecto de homosexual- contradije con demasiada vehemencia.
Iraima suspiró y sus pechos voluminosos se movieron acompasadamente.
-¡Ay, muchacha! Cómo quisiera comprobarlo yo in situ.
Reímos ante la ocurrencia.

Una tarde, mientras el profesor explicaba el papel de la religión en la formación de la opinión pública, la charla se generalizó y la discusión tomó el rumbo de los tomates. Iraima dijo que los dioses griegos eran divinidades hechas a imagen y semejanza del hombre.
-La religión es un invento del hombre- observó Montessi.
-¿Un invento?- preguntó Iraima.
-Mire usted, ahora que la religión griega, por ejemplo, carece de todo contenido que no sea el histórico, esas divinidades dan nombre a los cuerpos celestes, a los planetas, claro que son más populares los nombres latinos de los dioses griegos, hay gente que les pone nombres de dioses griegos, o romanos, a sus mascotas, por ejemplo, cuando yo vivía en Puerto Plata, yo tenía un perro que se llamaba Vulcano, que es el nombre latino de Hefestos- dijo Montessi y siguió hablando pero yo solo escuché el nombre del perro.



Di un respingo. ¡Vulcano! El monstruo, mi monstruo de la infancia, pero entonces, Montessi era el dueño de Vulcano… Montessi me había cargado en sus brazos hacía quince años y yo me había apretado contra su pecho con los brazos alrededor de su cuello...  traté de disimular mi agitación y me juré que guardaría en el más estricto secreto esa información, aunque me moría de ganas de contárselo a la chusma de Iraima solo para ver cómo se pondría verde de la envidia.

La última semana de septiembre se arrastraba con lentitud en una sucesión de días grises y lluviosos. Un miércoles, casi al mediodía, la subgerente de la sucursal del banco me llamó a su oficina.
-Mira Magalí, hay un evento este viernes, en el hotel Jaragua. Hay una conferencia en inglés de un consultor neoyorquino. Son esas vainas a las que nadie quiere ir y de casa central me mandan a mí, pero tú me tienes que acompañar porque hay que hacer una relatoría para enviarla a presidencia. Va a haber una traducción en data show pero yo prefiero ir con alguien que sepa inglés mejor que yo.
Asentí sin decir palabra. Doña Emi sacó mil pesos de su cartera y me hizo firmar un comprobante.
-Vete al salón, ponte espléndida, y léete este brochure- me dijo al tiempo que me entregaba un folleto lujosamente encuadernado.

Ese viernes me vestí con lo mejor que tenía: una falda plisada de raso azul tornasolado, una blusa de color turquesa con cuello alto, una chaqueta asimétrica de la misma tela de la falda y una gargantilla con incrustaciones de cristal. Me puse sandalias de raso con tiritas doradas y me colgué una carterita del mismo color, pequeña y de lo más discreta. Llegué al evento cinco minutos antes y doña Emi me encontró antes de que yo pudiera verla. Un botones nos asignó asientos en tercera fila y fui tomando notas al tiempo que grababa la conferencia. Después nos pasaron un documental sobre las nuevas tendencias del gerenciamiento financiero y, finalmente, en un lujoso salón, hubo un brindis también de lujo, al que doña Emi no quiso quedarse pero me ordenó que yo sí lo hiciera.
–No te emborraches- fue su última orden.

Un señor calvo, vestido con un traje gris brilloso, con un vaso de whisky en la mano, se me acercó y en perfecto inglés con acento de Kansas, me preguntó si yo era extranjera. Le contesté en español que no y entonces él, en trabajoso castellano, me pidió que lo llevara a conocer la ciudad. Dije que no con la cabeza y me cambié a la mesa más lejana. El tipo me siguió y volvió a insistir en inglés que solamente quería invitarme a un trago, que si después yo quisiera ir a bailar que… le respondí en inglés que yo no bebía, que no salía con desconocidos, que esperaba a mi novio, pero el muy pesado seguía ahí, hasta que alguien me salvó. Tenía puesto un pantalón gris oscuro, una camisa clara, corbata rojo bermellón y un saco azul marino. Estaba más elegante que nunca. Me besó en la mejilla y me tomó del brazo y, como si el pesado yanqui no existiera, me acompañó hasta la salida. Juro que no sabía cómo agradecerle.

-Profesor Montessi, gracias por sacarme de encima a ese pelmazo.
-Oh, no es nada. Usted es la que a veces llega tarde a clase ¿verdad?
-¡Oh, fue solo el primer día!- protesté.
El rió complacido ante mi defensa. Dije que lo último que hubiera esperado era encontrarme con él en ese evento. Me respondió que siempre lo invitaban a este tipo de actividades, aunque rara vez asistía. Hice un comentario sobre el conferencista, lo comparé con un vendedor de futuros y la ocurrencia lo hizo reír.
-Todos los financistas venden futuro ¿no cree usted, señorita irónica?
-Usted maneja el arte de la ironía con mucha más perfección que yo- repliqué.
-Es usted generosa, además de bonita- dijo y me pareció que, en ese momento, una conspiración de ángeles bienhechores se estaba gestando a mi favor. El consultó su reloj y me preguntó hacia dónde tenía que ir. Hice una jugada riesgosa, como si estuviera en el casino y pusiera todas mis fichas al trece negro.
-Como ya no puedo volver ahí dentro, tendré que buscar un lugar donde cenar.
-¡Oh, por favor! Le aseguro que no quiero parecerme en absoluto a ese señor de ahí dentro, pero permítame invitarla.
-De acuerdo.

Montessi me invitó a subir a su auto y condujo hasta un restaurante en la Zona Colonial. Cenamos mariscos y brindamos con un chianti que era una verdadera delicia.
-Questo é un bocatto di cardinale- festejé y Montessi sonrió sorprendido.
-¿Dónde aprendió italiano?
-Oh, fue en un verano en Nueva York, hace algunos años, el dueño del negocio donde trabajaba mi madre, don Giusepe, nos regaló a ella y a mí un abono a un ciclo de cine italiano de posguerra, de ahí me quedaron algunas expresiones, y las malas palabras también.
-Qué interesante, ¿y qué películas vio?
-La strada, Ladri di bicicleti, La dolce vita…
-¿Y le gustaron?
-Oh, me hicieron llorar mucho, sobre todo la pobre Gelsomina de La Strada.
-Es un personaje tierno y querible- acotó él.

Recordé en ese momento cómo odié a mi madre cuando me obligó a ir al cine a ver esas malditas películas, mientras que ahora mi corazón le daba las gracias porque ese hecho fortuito me permitía entablar con el dueño del monstruo una conversación que se alargaba. Discutimos algunos aspectos del argumento de La Strada y Montessi se entusiasmó. Tanto que me invitó a dar una vuelta. Tuve que aceptar que este ejemplar perteneciente a la casi extinguida especie de los caballeros me ayudara a ponerme la chaqueta que me había quitado para comer, que me abriera la puerta del restaurante al salir, mientras desde las otras mesas algunas miradas femeninas iban de él hacia mí y viceversa. La situación me estaba resultando de lo más interesante. Fuimos a un bar junto al malecón y nos sentamos a una mesa en la orilla de una terraza con el mar prácticamente debajo.

Pese a los estragos que podía hacer la brisa marina con mi cabellera apenas recién lavada, acepté un daiquirí que fui bebiendo de a pequeños sorbos. Salimos del bar casi a la una de la mañana, en la radio del auto se oía una antigua versión del Tema de Lara, la melodía de la película Doctor Zhivago. La nostalgia me hizo cerrar los ojos al tiempo que Montessi me miró durante un interminable segundo, entonces me besó, y yo no resistí.



Llegamos finalmente a su departamento de la 27 de Febrero y, sin demasiados preámbulos, fuimos a su dormitorio. Sus manos eran suaves y sedosas, manos de niño que soñaron sobre la tela de mis ropas y después sobre mi piel. Por primera vez en mi corta existencia tuve la impresión de que los dedos de un hombre eran capaces de adaptarse a la forma de mis senos, de dibujar compases de música en invisibles pentagramas de mi cintura y hasta leer con sus manos el cosquilleo de mi vientre. Intuí que en cada uno de sus gestos era absolutamente imposible ninguna clase de brusquedad y me dejé llevar como una hojarasca en brazos del viento de la madrugada. Sus besos sobre mi pelvis desataron los nudos de mi fantasía y cuando por fin, después de una eternidad, estuve sobre su cuerpo, sentí que un antiguo sortilegio me convertía en una presencia etérea, como si cabalgara sobre la espuma y saltara de improviso sobre esferas de viento, y su lengua en mis pezones tenía la fuerza de un relámpago que me encabritaba la sangre.

Cuando noté en sus ojos el denodado esfuerzo con el que me esperaba aceleré mi danza sobre la montura de su vientre y me dejé diluir en un estallido sin estridencias pero absolutamente intenso en cada uno de los temblores que agitaron mi cuerpo, y al ver en sus ojos la plenitud que indica la culminación del deseo, lo sentí tan tierno, tan dulce, tan inocente, que le di un beso en las comisuras y me recosté sobre su pecho como una niña amurallada y temerosa de la oscuridad.

Él quiso decir algo, pero se lo impedí con un beso porque las palabras solamente servirían para resquebrajar la magia del momento y yo estaba viviendo algo más que una situación de placer, estaba también construyendo un recuerdo. Un poco después de las cinco de la mañana la alarma de mi agenda electrónica sonó en mi carterita. Montessi dormía como un muchachito sin culpas. Fui al baño y traté de no hacer ningún ruido, en un arranque de audacia que jamás me hubiera pasado antes por la cabeza, le dejé mi tanga y una menta sobre su mesita de noche y salí a la avenida 27 de Febrero que empezaba a ejecutar lentamente su estruendoso despertar. Me hizo un poco de gracia montarme en un taxi y mantener las piernas cerradas, como si alguien pudiera sospechar que no llevaba nada debajo de la falda.

Estuve casi todo el día con la mirada ausente, reviviendo los instantes de esa noche que se dibujaban una y otra vez en mi memoria. Tenía sueño. Me prometí una prolongada ducha y acostarme temprano porque decidí que esa tarde no asistiría a la clase de Opinión Pública. Solo lamenté una consecuencia de mi decisión, me moría de ganas de preguntarle qué hacía él en Puerto Plata en aquellos días, viviendo solo en esa casa de misterio, qué había sido de su perro Vulcano, pero temí que si le revelaba mi identidad, también le quitaría encanto a mi aventura.

Ahora, cuando escucho que a mi alrededor las personas hacen cuentos de aparecidos, me digo a mí misma que no sé si creo en esas historias, como tampoco creo en brujas ni en fantasmas, pero en cambio me hace feliz saber que hay cierta clase de monstruos que sí, verdaderamente, existen.


miércoles, 25 de febrero de 2015

Ficciones de un Negro Peronista

Este cuentito lo escribí hace un tiempo... espero que les guste...


Historia antigua

La única noticia de que aquel hombre había tiranizado durante más de medio siglo a una vasta región del Asia Menor figuraba en un trozo de pergamino; fragmento de una vieja leyenda, en los poemas de un poeta y en las máximas de un filósofo, salvadas por un incendio que carbonizó y conservó las tabletas de arcilla en las que fueron escritas.

Un arqueólogo joven y aventurado decidió seguir por su cuenta y riesgo esas pistas que eran poco menos que nada. Fue en el principio de un alba que prometía una mañana de sol calcinante, en un perdido y desierto rincón de Turquía, cuando el pincel del investigador comenzó a descubrir en una enorme excavación los caracteres cuneiformes que alguien había tallado en la tumba del tirano.

Su nombre estaba incompleto, carcomido por el paso de los siglos. Itar Ish… señor de Urkesh y Kizzuwadna, hijo dilecto de Teshub y amado por los dioses descifró el arqueólogo que además era un aficionado a las matemáticas.

En más de veinticinco siglos –reflexionó el investigador- nadie recordó siquiera el nombre de este asesino, en cambio las máximas del filósofo que mandó a decapitar, y más de quince poemas de un poeta que se refugió en las montañas y que acaso los dioses protegieron, figuran en numerosas bibliotecas de las universidades más prestigiosas del mundo y la posteridad ya no las abandonará. En cambio de este emperador tan poderoso y tan temido solo han quedado menos de veinte palabras y una tumba derruida que nadie querrá visitar en este paraje donde solo hay arena y desolación.



La hija del arqueólogo, que cuando creció se convirtió en poeta y escritora, escribió una novela en la que el filósofo decapitado y el poeta fugitivo eran una sola persona, y justificó ante los cuestionamientos de algunos críticos que si en su libro no figuraba el nombre del tirano era por un simple acto de justicia histórica al que una novelista tiene derecho, y también para demostrar que las enseñanzas de un filósofo y las palabras de un poeta merecen sobrevivir a la leyenda de un señor de la guerra cuya única grandeza, la de sembrar la esclavitud y la muerte, ya es historia antigua.
Santiago Almada©

martes, 24 de febrero de 2015

Ficciones de un Negro Peronista

Comparto aquí un fragmento de mi novela Comida para serpientes, en el que la abogada y karateca Yokaira Melisa Espinal hace una de las suyas cuando sorprende a dos tipos que intentan robarle su auto... La ilustración es de mi amigo Ramón Sandoval, dibujante, caricaturista, infógrafo, genio de todo lo que sea dibujar con herramientas electrónicas...



Comida para serpientes
Capítulo 46 (fragmento)
El sol de la calle estaba oculto entre un grupo de grises nubes pasajeras pero el calor de todas maneras se hacía sentir. Yokaira estaba pensando en llamar a su amiga Alina para ver si esa noche iban al cine o a comer algo, Mitri les había prometido ese fin de semana en la playa otra reunión tridimensional para compartir más datos de la investigación, eso también las tenía intrigadas a ella y a Alina.

 

En ese momento vio a los dos hombres que trataban de abrir la puerta de su auto, iba a gritar, pero decidió pasar de largo como si nada ocurriera. Uno tenía una especie de funda de cuero inflable que había metido en el borde la puerta delantera, el otro estaba parado al lado, como si fuera el dueño del auto y se le hubiera quedado la llave adentro. Alina pasó junto a los hombres y vio que un poco más allá una motocicleta Yamaha de alta cilindrada estaba parada con el motor en marcha, junto a un auto que tenía puesta una traba en el volante.

Yokaira dejó sus papeles sobre el carro y volvió rápidamente sobre sus pasos, le quitó la llave a la motocicleta y uno de los hombres, el más robusto, dejó lo que estaba haciendo y corrió hacia ella.

-¡Coño! Debe sé la dueña del carro- dijo y quiso sacar una pistola que llevaba en la cintura pero la patada de Yokaira lo desparramó en el suelo, el otro se acercó a la muchacha con una barreta de alambre grueso, la hizo zumbar en el aire mientras el gordo se movía para tratar de levantarse, pero Yokaira le dio una patada en los testículos que lo hizo aullar de dolor, el hombre soltó la pistola para agarrarse con ambas manos la entrepierna, la muchacha pateó la pistola, que cayó debajo del carro estacionado.

-Dame esa llave y me voy, mardita azarosa, o te va a arrepentí, coño…

 

Yokaira lo dejó acercarse, el hombre blandía su barreta como si fuese un bate de béisbol, entonces ella le arrojó la llave para distraerlo, pero él no cayó en la trampa, le lanzó un fierrazo en abanico a mitad del cuerpo y la joven saltó hacia atrás, el otro fierrazo fue dirigido a la cabeza pero ella lo esquivó, se dio la vuelta, le dio la espalda por una milésima de segundo y le lanzó una patada al pecho que lo hizo tambalear, cuando se dio la vuelta para quedar de frente lo tuvo tan cerca que le bastó un frentazo en la nariz para que el hombre cayera sentado, quiso agarrarse de la pierna de Yokaira, pero el pie de ella le aplastó la cara y lo durmió del todo.

En ese momento apareció uno de los guachimanes del colegio, que había visto la pelea en una de las cámaras de seguridad, y después apareció un patrullero y se llevó a los hombres esposados.

 

Un oficial jovencito se acercó cuando ya habían salido algunos bedeles, profesores y hasta una trabajadora de uno de los edificios de enfrente.

-¿Pero y quién le dio semejante golpiá a estos dos tígueres?

El guachimán del colegio se acomodó la correa de la carabina al hombro.

-Fue ella- dijo señalando a Yokaira con el dedo…

-¡Oh! ¡Pero y cómo vá sé! ¿uté é karateca licenciada?

lunes, 23 de febrero de 2015

Ficciones de un Negro Peronista

La mañana del lunes ha comenzado grisácea, con presagios de lluvia y un poquitín de fresco; el trópico no deja que uno se entusiasme con la posibilidad del frío... en esta jornada, mientras continúo escribiendo la historia de la periodista Fernanda Ferrán, comparto un fragmento de mi novela El exilio del buitre, la tercera parte de la trilogía de Mitri Jiménez, que ha viajado a Suiza, donde vivirá unos días mágicos con su novio Osvaldo en el cantón de Valais y dará un paseo por París...




El exilio del buitre, capítulo 3 (fragmento)

Mitri se acomodó junto a su novio en un asiento del tren y pasaron casi todo el trayecto en silencio, hasta que cerca del mediodía llegaron a París, a una estación de trenes que a la muchacha le parecía demasiado antigua, más antigua incluso que en las películas en las que la había visto alguna vez.
Caminaron por los Campos Elíseos, anduvieron de la mano, como una parejita adolescente entre otras muchas parejas venidas de todos los rincones a ese lugar que era una especie de referente donde se amontonaban multitudes de historias y donde todo el mundo se retrataba con la Torre Eifel detrás. Osvaldo la llevó después al barrio bohemio de Montmartre, cuando ya caía la noche y el frío se pegaba a la piel como una especie de fantasma del que era imposible deshacerse, bebieron un chocolate caliente, comieron croissants y se detuvieron ante un dibujante que les hizo a ambos un retrato a la carbonilla.

Al día siguiente Osvaldo contrató un tur por los jardines de Versalles, comieron pizza en un shoping muy parecido a los de Santo Domingo y Mitri estableció entonces lo que él denominó una “verdad universal”: los shopings son todos iguales, aunque ella se detuvo largamente ante vidrieras donde se veían joyas carísimas, tapados de piel y diseños exclusivos.
Por la tarde él le habló de la última sorpresa que tenía preparada para ella. Fueron a una tienda de alquiler de ropas y ella eligió un discreto vestido negro enterizo de lamé con algunas incrustaciones de perlas en el cuello que la mujer que la asesoró le dijo que le quedaba “pegfectó” y un abrigo de fantasía, tuvo que ir a un salón donde la peinaron a la carrera, la maquillaron y salió de ahí vestida como para una cena diplomática.
Osvaldo vestía un esmoking que le hacía parecer un galancete de película vieja, parecía, diría después Mitri, una especie de pajarito aprisionado dentro de una jaula muy bonita que aceptaba con resignación.
Se montaron en un taxi que los llevó al Théâtre du Châtelet, donde un acomodador los guió por un largo pasillo hasta un asiento ubicado en un palco desde donde se veía el escenario desde lo alto.
Mitri descifró laboriosamente el texto del programa, que explicaba que se trataba del primer concierto del año de “la violoniste parfait” Ann-Sophie Mutter. También descifró que en su juventud aquella mujer había sido dirigida por Herbert Von Karajan, y que había grabado el famoso Concierto para Violín en Re mayor Op. 61 de Beethoven y que en su actuación de esa noche, con la orquesta sinfónica del conservatorio de París, sería dirigida por el veterano director de origen chino Zeiji Ozawa.
Su instrumento es un Stradivarius de trescientos años, decía el texto y mencionaba también que ese concierto había sido compuesto en 1806 por un Beethoven todavía joven, en la plenitud de su genio, en la misma época en que compondría la Pastoral y otras genialidades que Mitri aprendería a disfrutar desde esa noche.
Como si Osvaldo lo hubiera previsto absolutamente todo, en el momento en que la orquesta tomó su lugar en el escenario, sacó de un bolsillo del esmoking unos pequeños prismáticos y se los entregó a la periodista.

La joven observó entonces al anciano maestro, que tenía un aspecto desgarbado, la melena en desorden, un esmoking que parecía flotarle sobre el cuerpo, le dio la impresión de una férrea voluntad que obligaba a esas piernas, a esos brazos agotados, a esforzarse para dar todo cuanto pudieran dar. Los aplausos llenaron el inmenso teatro y apareció entonces una mujer hermosísima, madura, esbelta y elegante en su vestido enterizo de gasa dorada, sin demasiados adornos, llevaba el pelo suelto sujeto con un cintillo rojo. Su mirada tenía un halo de misterio, como si un muro invisible de silencio la hiciera intocable y lejana, semejante a las amazonas que se plantan imponentes y crean un límite entre su cuerpo y el resto del mundo con la fuerza de su escudo y la potente presencia de su espada.
 
Y cuando arrancó la orquesta, Mitri sintió que unos hilos invisibles, como tensados con el cristal más fino que pudiera imaginarse, brotaban de las manos del anciano maestro para que esa orquesta se moviera y sonara exactamente como él sabía que tenía que sonar, como si de su fuerza, que era en realidad como un cauce de agua que se desliza entre piedras alisadas por el paso del tiempo, brotara cada compás en el momento exacto en que debía brotar, y cuando vio los ojos cerrados de esa mujer que era capaz de poner a ese violín a dialogar con una orquesta que parecía seguirla como seguiría una legión de ángeles al llamado de su dios creador, Mitri también cerró los ojos y deseó que esa música la arrebatara para siempre de la tierra que pisaba y la elevara hasta las alturas donde habitan los sueños, los misterios, los secretos más antiguos del amor, del goce y la belleza, y entonces entendió por qué el genio tiene esa capacidad de hablarles desde una época determinada a todas las almas de todos los tiempos y sintió que la eternidad también puede ser sonora.
El entrecejo fruncido de esa mujer que estiraba las notas de un violín hasta el último sonido, casi inaudible pero capaz de dejarse escuchar en esa profundidad del espíritu donde hasta el tiempo es apenas una ilusión, le hizo pensar a Mitri en una oscura tensión que se prolonga en el silencio hasta capturar la forma más perfecta de la delicia para hacerla estallar en una luminosa plenitud.
No pudo evitar el impulso de darle un beso a Osvaldo, era como una manera de decirle te amo por muchas razones, pero también te amo por esto.
Cuando volvieron al hotel la nieve sobre las calles solitarias de París era una presencia que se apoderaba de los seres y las cosas.

Mientras Osvaldo la acariciaba en la memoria de Mitri todavía sonaban los compases de la música y en algún momento, cuando la tensión de los cuerpos se elevó hasta que ambos se sintieron flotar en un paisaje de nubes, ella pensó que le gustaría alguna vez transformarse en violín. 
-Esa música te ha puesto… eh… sensible. Cuando mi padre trajo por primera vez a este teatro a mi madre y a mí, hace muchos años, yo… tendría doce o trece… yo… no entendía por qué ella ah… lagrime, como tú hace un rato, entonces era misma violinista, más joven, muy bella y… yo… me gusta la música pero no… no tengo sensibilidad que… que tienes tú y mi madre- balbuceó él mientras ella se apretaba contra su pecho, todavía jadeante.
Mitri quiso hablar pero no le salían las palabras, en su mente estaba la felicidad que sentía, estaba la velada angustia porque el día siguiente sería su penúltima jornada en París, con él, estaba la inquietud, que también ya empezaba a latir en su sangre, de regresar a su mundo del que se sentía demasiado lejos y estaba ansiosa de recuperar cuanto antes, y comprendió que en esa mezcla de ansiedades, las ganas de quedarse para siempre en ese tiempo hecho de cosas mágicas y dulces, suaves y tibias, y la pulsión de su realidad que la esperaba, cabía toda su angustia.
París, la nieve, las callejas entre casas antiguas, los viejos puentes de piedra y los bares, las caminatas por librerías y los dulces, la música y el rostro multicolor de la ciudad luz fueron el punto final de la más intensa y deliciosa aventura que Mitri había vivido hasta entonces junto a un hombre que, ella lo entendería mucho después, cuando las imágenes de esos días fueran como un bálsamo para su soledad, no forzó jamás ninguna situación y tuvo como ella misma el tacto exquisito de no plantear absolutamente nada, sólo hizo una amenaza que a ella le supo a la más dulce caricia:
-Un día me apareceré en algún lugar de Santo Domingo por donde tú vayas caminando, y te apuntaré con arma para secuestrarte, pero será arma a que no puedes resistir- dijo arrastrando las erres.

-Señor suizo, me asusta usted con sus amenazas- retrucó ella con los ojos entrecerrados y una media sonrisa -¿y qué arma será esa?
Él pensó antes de responder.
-Un arma pequeña, es… como un círculo que está en cajita también pequeña…
-Eso  no es un arma- dijo ella con los ojos nublados –eso es una extorsión, una… una cosa muy hermosa ¿sabe usted?


Y se besaron largamente bajo la nieve, sin importarles la gente que pasaba apresurada a su lado por esa calle desconocida de esa extraña ciudad llamada París.

domingo, 22 de febrero de 2015

Ficciones de un Negro Peronista

Historia de tres historias

Hace algunos años, entre el 2008 y el 2009, soñé en una madrugada calurosa que dos muchachitas, una mulata y la otra de pelo castaño claro y con la cara llena de pecas, vapuleaban en el patio de una universidad a dos matones que intentaban llevarse por la fuerza a un profesor. Ambas eran karatecas, lo sabía yo en el sueño, y pusieron fuera de combate a esos gorilas armados en pocos segundos. 

El sueño dio vueltas en mi cabeza durante días, hasta que en un almuerzo con mi amiga, la ávida lectora Lissette Rojas Berroa, ella escuchó la historia y me sugirió que podría ser el comienzo de una novela. Fue suficiente para que mi imaginación comenzara a darle forma a esa historia primera, pero fue en 2010, después de un viaje a la Argentina, cuando comencé a trabajar en la primera historia.

Una periodista jovencita, menuda y preciosa por dentro y por fuera, Mitri Jiménez, me dio permiso para convertirla en personaje de la historia, la ocurrencia le pareció divertida, en febrero de 2011 terminé de escribir esa primera novela que titulé El paso de los lobos que la propia Lissette se encargó de leer y corregir, sugirió algunos cambios, que me parecieron correctos, y me dijo que la historia quedaba con suficientes cabos sueltos como para darle una continuidad.

Surgió así la idea de convertir esa novela en la primera de una trilogía que siguió con la segunda parte; Comida para serpientes, que terminé de escribir en el invierno de 2013, y después me puse a trabajar en la tercera parte, que terminé de escribir en el otoño de 2014, y que titulé El exilio del buitre.

Mi amigo y hermano del corazón, Javier Valdivia, el crítico más inútil de todos mis escritos porque siempre le parece que todo está genial, me alentó a publicar las tres, algo que es muy difícil en ese país donde la gente que lee libros es una minoría que consume best-sellers.

Surgió así, después de muchas enmiendas de los textos, la idea de publicar las novelas en Amazon, luego de la solemne promesa de algunos amigos, no todos, de que las comprarían.

Mis amigos Elizabeth Veloz y Juan Sánchez, excelentes diseñadores y personas muy queridas, se encargaron del diseño de portada y del texto, y bajo la asesoría de Juan, he colocado las novelas en Amazon, donde están a disposición de todos.

Comparto esta noticia con los amigos porque escribir, terminar una novela y luego publicarla, solamente eso, es una alegría que merece ser compartida.
Otras personas que me prestaron sus nombres para personajes de la historia son Alfredo Capellán, un apreciado profesor de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, Itania María, una morena dominicana preciosa y excelente amiga, los periodistas Edith Febles y Marino Zapete y Javier Valdivia.

Debo reconocer muy especialmente a la también ávida lectora y gran amiga Annet Cárdenas, que me alentó a continuar con las historias y publicarlas en Amazon.

Otras personas que han colaborado en este proceso, en la filmación de un video de apoyo que estará editado en estos días son, Mitri Jiménez, Marvin del Cid, Oscar Vásquez, Maripili Menéndez, Elaine Velázquez, Daniel López y el caricaturista Ramón Sandoval. A todos, muchas gracias por su invalorable ayuda.


sábado, 21 de febrero de 2015

Poemas de un Negro Peronista

El rondo alla rústica de Vivaldi me inspiró este poemita en una tarde de lluvia... el desnudo es de un pintor famosísimo, el perfecto bohemio, Amadeo Modigliani...

Rondo alla rústica
 
Tu ropa en la silla,
tu perfil desnudo
en el trasluz de la ventana,
afuera la ciudad envuelta
en la tormenta y en el
flash de un relámpago
esa mariposa púrpura
de finísimo encaje
entre los almohadones
sobre el sofá…

Santiago Almada©

viernes, 20 de febrero de 2015

Tardecita de invierno con ese qué sé yo...

Tecito de jengibre y un poco de música para entrar en calor antes de comenzar a aporrear el teclado para seguir con la novela, todavía sin título, de la cronista Ferrán y el asesino serial que se le está acercando demasiado... mientras tanto, comparto un fragmento del capítulo uno de la segunda novela de la trilogía de Mitri Jiménez, Comida para serpientes...




Capítulo 1
Martes 10 de febrero de 2009
La abogada Yokaira Melisa Espinal salió del edificio de la Dirección Nacional de Migración poco antes de las diez de la mañana. Había retirado su pasaporte y pensaba en ese momento en las vacaciones que se tomaría durante el feriado largo de Semana Santa. Cuando llegaba al Toyota Corolla 2005 rojo que había estacionado en el parqueo de atrás del edificio sonó su celular.
-Dímelo Vani.
-¿En dónde tú estás?
-Vuelvo a la oficina ¿por qué? ¿Pasa algo?
-El auto de papi se dañó, estoy aquí con él en la clínica Gómez Patiño, no he podido conseguir un taxi y tengo que llevarlo a su casa, ya tú sabes…
-Está bien, voy para allá.
Yokaira enfiló hacia el malecón y se colocó detrás de una camioneta de doble cabina. En la radio se oía una vieja canción de Camilo Sesto. Cuando el auto llegó a la altura del imponente edificio de Malecón Center Yokaira frenó y vio pasar a dos hombres montados en una motocicleta Yamaha, los dos eran morenos, no tenían casco, usaban anteojos oscuros y vestían ropas nuevas. El que iba montado atrás llevaba un paquete envuelto en un paño oscuro, como si fuera un enorme vendaje que le cubriera por completo la mano derecha.
Yokaira los vio doblar pese al semáforo en rojo en la avenida Máximo Gómez y después en la avenida Independencia, hacia la derecha, y los vio detenerse con el motor en marcha en la esquina de la clínica Gómez Patiño, junto a la verja del Palacio de Bellas Artes. Llamó a Alina por su celular para decirle que había llegado cuando vio por el retrovisor que el hombre montado en la parte de atrás de la motocicleta sacaba una pistola.
Un buscón, con su habitual palo de escoba en la mano, se acercó a hacerle saber que debía pagarle por estacionarse en ese lugar donde él cuidaba los autos cuando Yokaira vio salir de la clínica al viejo profesor Amadeo Batista, abogado de larga trayectoria, doctor en derecho penal.
Todo se aceleró a partir de ese momento.
El motor arrancó con un chirrido de neumáticos, Yokaira se dio cuenta en ese momento de que el objetivo de los hombres era el abogado que había sido su profesor y al que ella admiraba. Le arrebató el palo al parqueador, cruzó la calle a la carrera y cuando los hombres estaban casi frente al viejo abogado golpeó con el palo al conductor de la moto, los hombres cayeron y la moto quedó tirada en el pavimento con el motor en marcha. El que tenía la pistola se puso de pie y quiso apuntarle pero el palo cayó sobre la mano y el disparo rebotó en el piso. Antes de que el hombre pudiera moverse sintió un fuerte dolor en los testículos que lo paralizó por completo y una patada en la mandíbula lo sumió en la oscuridad.
Dos guardias salieron del edificio del Palacio de Bellas Artes y se abrieron paso entre el tumulto que se fue formando, y entonces apareció Alina, acompañada por su padre, que se identificó como mayor de la policía y todos comenzaron a calmarse.
Una patrulla del cercano cuartel de Policía de la calle Bolívar llegó después y se llevó a los hombres esposados.
El profesor Batista, consternado y pálido por el susto y también por la sorpresa ante la reacción de su ex alumna, tuvo que ser atendido por uno de los médicos de la clínica pero llegó al cuartel acompañado por uno de sus hijos cuando Yokaira daba su declaración ante un joven oficial que tecleaba con lentitud en una vieja computadora.
Frente al cuartel comenzaban a amontonarse autos con logos de periódicos y de canales de televisión, un oficial ordenó que no permitieran entrar a nadie. Alguien tocó la puerta de la oficinita en la que Yokaira daba su declaración y llamó con una seña al oficial, que interrumpió su tecleo.
Yokaira buscó en su cartera el celular para llamar a Alina, pero en ese momento entraron a la oficina dos hombres, uno con insignias de coronel, el otro vestido de civil, con un traje gris oscuro, camisa de color turquesa y corbata roja tornasolada.
-Buenos días- saludó Yokaira.
Ninguno de los dos respondió al saludo. El hombre con insignias de coronel le preguntó en tono cortante qué había pasado.
Yokaira narró con lujo de detalles el incidente.
-Yo venía por la avenida George Washington, tenía que recoger al mayor Santana y a su hija, que es mi socia en el bufete que tenemos, ellos… pasaron a mi lado frente a Malecon Center, doblaron en la Máximo Gómez y después volvieron a doblar en la Independencia, se quedaron parados con el motor en marcha y arrancaron justo cuando el doctor Batista salía de la clínica, el moreno que venía atrás traía una pistola, se dirigieron directamente hacia donde estaba el profesor Batista, lo primero que pensé fue que se trataba de un atentado… que querían matarlo…
-¿En algún momento le apuntaron con la pistola o hicieron algo para que usted sintiera amenazada su integridad física?- interrumpió el hombre del traje gris oscuro.
-No, ni siquiera se dieron cuenta de que yo existía- respondió Yokaira.
Los hombres se miraron entre sí. Ambos asintieron con la cabeza.
El de civil carraspeó antes de hablar.
-Tengo entendido, señorita Espinal, que no es la primera vez que usted se enfrenta a efectivos de la DINAC…
Yokaira le sostuvo la mirada.
-Para que le quede claro- prosiguió –nuestros hombres perseguían a un narcotraficante que había escapado en un carro muy parecido al del señor ese que usted dice que defendió. En ningún momento pretendieron poner en riesgo la vida de nadie… ¡Por Dios! Cualquiera pensaría que usted ve demasiadas películas. Lo que correspondería en este caso es someterla por obstrucción del accionar de una fuerza del orden, además de las graves lesiones que han sufrido nuestros agentes. Lamentablemente este lugar se ha llenado de periodistas y eso puede arruinar una larga labor de inteligencia que nuestro personal viene desarrollando. Mire, no acostumbro a hacer tratos con gente que ataca a nuestros hombres sin motivo, pero por esta vez, y le aseguro que es la última, vamos a dejar esto así, pero usted no puede hablar con la  prensa, ¿me entendió, señorita? Hay una investigación muy importante en curso y no podemos arriesgarla por un incidente como éste.
Yokaira asintió con la cabeza mientras entendía que detrás de esa amenaza había algo muy grande, seguramente una maniobra que a la DINAC no le convenía que se conociera.
Yokaira salió del lugar, acompañada del mayor Santana y de su amiga Alina, no respondió a ninguna pregunta de los periodistas que la rodearon y se preparó mentalmente para lo que vendría después.
El papá de Alina, el mayor Emeterio Santana Guridis, alias “Doblefeo”, escuchó con atención el relato de la muchacha, miró varias veces hacia atrás mientras acomodaba la pistola que llevaba en la cintura.
-¡Oh! ¿Pero y qué fue, papi? Deja tu paranoia hombe- le reprendió Alina cariñosamente.
El veterano policía sonrió ante el reproche de su hija.
-Ustedes son un caso serio- dijo mientras meneaba la cabeza.
El celular de Yokaira comenzó a sonar insistentemente.
-Ay, no, mami, no me pasó nada… no, no me pusieron presa ni me van a mandar a la cárcel… pero no… fue un malentendido, sí, yo creí que iban a atracar al profesor Batista… no mami, no me dispararon, mira, yo te explico ahora, estamos llevando al papá de Alina a su casa y después vamos para allá… pero no… tranquilízate… sí, está bien… vamos a comer a casa, sí.
Alina comenzó a maniobrar con la sintonía de la radio hasta que encontró un programa en el que un octogenario locutor relataba el enfrentamiento de Yokaira con los dos hombres de la motocicleta.
-Estamos tratando de comunicarnos con el vocero de la Dirección Nacional de Combate al Narcotráfico y el Crimen Organizado, pero su asistente nos informa que el alto oficial todavía no regresó a su despacho… mientras tanto tenemos una llamada de una persona que dice haber presenciado el incidente… aló… cuéntele a la audiencia de este programa qué fue lo que sucedió señor…
La voz cascosa de un hombre se escuchó entre descargas de radio… eso parecía una vaina de una película, señor… esa joven cogió un palo que tenía un buscón y les cayó a golpes a eso do atracadore, porque para mí que ello iban a atracá a ese pobre hombre, y un oficial que se identificó como mayor de la policía les secuestró a lo do una funda negra con droga…
-¿Pero… usted está seguro de lo que dice?- preguntó el locutor.
-Segurísimo, señor, lo vi con mis propios ojos… y aquí hay un joven que trabaja en la clínica que filmó todo con su celular, sí señor… se ve hasta el panty rojo de esa muchacha que durmió de una patada a ese gorila que le quiso da un tiro…
Alina soltó una carcajada…
-Panty rojo… panty rojo… ¡Mire, vagamunda! Mostrando los panties como esas tigueronas de  Villa Mella, ¡Oh! ¿y para eso se fajó usted a estudiar derecho, eh? ¿Para andar enseñando su panty rojo en la calle? ¿Eh?
Yokaira soportó con una sonrisa la chicana de su amiga y siguió manejando hasta que el papá de Alina se bajó frente a su casa en Villas Agrícolas, y después enfilaron hacia Santo Domingo Oeste, a la casa de Bayona donde las recibió una preocupada Carmen que se lamentó de haber permitido que su hija aprendiera “esa vaina del karate ese”.