miércoles, 25 de febrero de 2015

Ficciones de un Negro Peronista

Este cuentito lo escribí hace un tiempo... espero que les guste...


Historia antigua

La única noticia de que aquel hombre había tiranizado durante más de medio siglo a una vasta región del Asia Menor figuraba en un trozo de pergamino; fragmento de una vieja leyenda, en los poemas de un poeta y en las máximas de un filósofo, salvadas por un incendio que carbonizó y conservó las tabletas de arcilla en las que fueron escritas.

Un arqueólogo joven y aventurado decidió seguir por su cuenta y riesgo esas pistas que eran poco menos que nada. Fue en el principio de un alba que prometía una mañana de sol calcinante, en un perdido y desierto rincón de Turquía, cuando el pincel del investigador comenzó a descubrir en una enorme excavación los caracteres cuneiformes que alguien había tallado en la tumba del tirano.

Su nombre estaba incompleto, carcomido por el paso de los siglos. Itar Ish… señor de Urkesh y Kizzuwadna, hijo dilecto de Teshub y amado por los dioses descifró el arqueólogo que además era un aficionado a las matemáticas.

En más de veinticinco siglos –reflexionó el investigador- nadie recordó siquiera el nombre de este asesino, en cambio las máximas del filósofo que mandó a decapitar, y más de quince poemas de un poeta que se refugió en las montañas y que acaso los dioses protegieron, figuran en numerosas bibliotecas de las universidades más prestigiosas del mundo y la posteridad ya no las abandonará. En cambio de este emperador tan poderoso y tan temido solo han quedado menos de veinte palabras y una tumba derruida que nadie querrá visitar en este paraje donde solo hay arena y desolación.



La hija del arqueólogo, que cuando creció se convirtió en poeta y escritora, escribió una novela en la que el filósofo decapitado y el poeta fugitivo eran una sola persona, y justificó ante los cuestionamientos de algunos críticos que si en su libro no figuraba el nombre del tirano era por un simple acto de justicia histórica al que una novelista tiene derecho, y también para demostrar que las enseñanzas de un filósofo y las palabras de un poeta merecen sobrevivir a la leyenda de un señor de la guerra cuya única grandeza, la de sembrar la esclavitud y la muerte, ya es historia antigua.
Santiago Almada©

martes, 24 de febrero de 2015

Ficciones de un Negro Peronista

Comparto aquí un fragmento de mi novela Comida para serpientes, en el que la abogada y karateca Yokaira Melisa Espinal hace una de las suyas cuando sorprende a dos tipos que intentan robarle su auto... La ilustración es de mi amigo Ramón Sandoval, dibujante, caricaturista, infógrafo, genio de todo lo que sea dibujar con herramientas electrónicas...



Comida para serpientes
Capítulo 46 (fragmento)
El sol de la calle estaba oculto entre un grupo de grises nubes pasajeras pero el calor de todas maneras se hacía sentir. Yokaira estaba pensando en llamar a su amiga Alina para ver si esa noche iban al cine o a comer algo, Mitri les había prometido ese fin de semana en la playa otra reunión tridimensional para compartir más datos de la investigación, eso también las tenía intrigadas a ella y a Alina.

 

En ese momento vio a los dos hombres que trataban de abrir la puerta de su auto, iba a gritar, pero decidió pasar de largo como si nada ocurriera. Uno tenía una especie de funda de cuero inflable que había metido en el borde la puerta delantera, el otro estaba parado al lado, como si fuera el dueño del auto y se le hubiera quedado la llave adentro. Alina pasó junto a los hombres y vio que un poco más allá una motocicleta Yamaha de alta cilindrada estaba parada con el motor en marcha, junto a un auto que tenía puesta una traba en el volante.

Yokaira dejó sus papeles sobre el carro y volvió rápidamente sobre sus pasos, le quitó la llave a la motocicleta y uno de los hombres, el más robusto, dejó lo que estaba haciendo y corrió hacia ella.

-¡Coño! Debe sé la dueña del carro- dijo y quiso sacar una pistola que llevaba en la cintura pero la patada de Yokaira lo desparramó en el suelo, el otro se acercó a la muchacha con una barreta de alambre grueso, la hizo zumbar en el aire mientras el gordo se movía para tratar de levantarse, pero Yokaira le dio una patada en los testículos que lo hizo aullar de dolor, el hombre soltó la pistola para agarrarse con ambas manos la entrepierna, la muchacha pateó la pistola, que cayó debajo del carro estacionado.

-Dame esa llave y me voy, mardita azarosa, o te va a arrepentí, coño…

 

Yokaira lo dejó acercarse, el hombre blandía su barreta como si fuese un bate de béisbol, entonces ella le arrojó la llave para distraerlo, pero él no cayó en la trampa, le lanzó un fierrazo en abanico a mitad del cuerpo y la joven saltó hacia atrás, el otro fierrazo fue dirigido a la cabeza pero ella lo esquivó, se dio la vuelta, le dio la espalda por una milésima de segundo y le lanzó una patada al pecho que lo hizo tambalear, cuando se dio la vuelta para quedar de frente lo tuvo tan cerca que le bastó un frentazo en la nariz para que el hombre cayera sentado, quiso agarrarse de la pierna de Yokaira, pero el pie de ella le aplastó la cara y lo durmió del todo.

En ese momento apareció uno de los guachimanes del colegio, que había visto la pelea en una de las cámaras de seguridad, y después apareció un patrullero y se llevó a los hombres esposados.

 

Un oficial jovencito se acercó cuando ya habían salido algunos bedeles, profesores y hasta una trabajadora de uno de los edificios de enfrente.

-¿Pero y quién le dio semejante golpiá a estos dos tígueres?

El guachimán del colegio se acomodó la correa de la carabina al hombro.

-Fue ella- dijo señalando a Yokaira con el dedo…

-¡Oh! ¡Pero y cómo vá sé! ¿uté é karateca licenciada?

lunes, 23 de febrero de 2015

Ficciones de un Negro Peronista

La mañana del lunes ha comenzado grisácea, con presagios de lluvia y un poquitín de fresco; el trópico no deja que uno se entusiasme con la posibilidad del frío... en esta jornada, mientras continúo escribiendo la historia de la periodista Fernanda Ferrán, comparto un fragmento de mi novela El exilio del buitre, la tercera parte de la trilogía de Mitri Jiménez, que ha viajado a Suiza, donde vivirá unos días mágicos con su novio Osvaldo en el cantón de Valais y dará un paseo por París...




El exilio del buitre, capítulo 3 (fragmento)

Mitri se acomodó junto a su novio en un asiento del tren y pasaron casi todo el trayecto en silencio, hasta que cerca del mediodía llegaron a París, a una estación de trenes que a la muchacha le parecía demasiado antigua, más antigua incluso que en las películas en las que la había visto alguna vez.
Caminaron por los Campos Elíseos, anduvieron de la mano, como una parejita adolescente entre otras muchas parejas venidas de todos los rincones a ese lugar que era una especie de referente donde se amontonaban multitudes de historias y donde todo el mundo se retrataba con la Torre Eifel detrás. Osvaldo la llevó después al barrio bohemio de Montmartre, cuando ya caía la noche y el frío se pegaba a la piel como una especie de fantasma del que era imposible deshacerse, bebieron un chocolate caliente, comieron croissants y se detuvieron ante un dibujante que les hizo a ambos un retrato a la carbonilla.

Al día siguiente Osvaldo contrató un tur por los jardines de Versalles, comieron pizza en un shoping muy parecido a los de Santo Domingo y Mitri estableció entonces lo que él denominó una “verdad universal”: los shopings son todos iguales, aunque ella se detuvo largamente ante vidrieras donde se veían joyas carísimas, tapados de piel y diseños exclusivos.
Por la tarde él le habló de la última sorpresa que tenía preparada para ella. Fueron a una tienda de alquiler de ropas y ella eligió un discreto vestido negro enterizo de lamé con algunas incrustaciones de perlas en el cuello que la mujer que la asesoró le dijo que le quedaba “pegfectó” y un abrigo de fantasía, tuvo que ir a un salón donde la peinaron a la carrera, la maquillaron y salió de ahí vestida como para una cena diplomática.
Osvaldo vestía un esmoking que le hacía parecer un galancete de película vieja, parecía, diría después Mitri, una especie de pajarito aprisionado dentro de una jaula muy bonita que aceptaba con resignación.
Se montaron en un taxi que los llevó al Théâtre du Châtelet, donde un acomodador los guió por un largo pasillo hasta un asiento ubicado en un palco desde donde se veía el escenario desde lo alto.
Mitri descifró laboriosamente el texto del programa, que explicaba que se trataba del primer concierto del año de “la violoniste parfait” Ann-Sophie Mutter. También descifró que en su juventud aquella mujer había sido dirigida por Herbert Von Karajan, y que había grabado el famoso Concierto para Violín en Re mayor Op. 61 de Beethoven y que en su actuación de esa noche, con la orquesta sinfónica del conservatorio de París, sería dirigida por el veterano director de origen chino Zeiji Ozawa.
Su instrumento es un Stradivarius de trescientos años, decía el texto y mencionaba también que ese concierto había sido compuesto en 1806 por un Beethoven todavía joven, en la plenitud de su genio, en la misma época en que compondría la Pastoral y otras genialidades que Mitri aprendería a disfrutar desde esa noche.
Como si Osvaldo lo hubiera previsto absolutamente todo, en el momento en que la orquesta tomó su lugar en el escenario, sacó de un bolsillo del esmoking unos pequeños prismáticos y se los entregó a la periodista.

La joven observó entonces al anciano maestro, que tenía un aspecto desgarbado, la melena en desorden, un esmoking que parecía flotarle sobre el cuerpo, le dio la impresión de una férrea voluntad que obligaba a esas piernas, a esos brazos agotados, a esforzarse para dar todo cuanto pudieran dar. Los aplausos llenaron el inmenso teatro y apareció entonces una mujer hermosísima, madura, esbelta y elegante en su vestido enterizo de gasa dorada, sin demasiados adornos, llevaba el pelo suelto sujeto con un cintillo rojo. Su mirada tenía un halo de misterio, como si un muro invisible de silencio la hiciera intocable y lejana, semejante a las amazonas que se plantan imponentes y crean un límite entre su cuerpo y el resto del mundo con la fuerza de su escudo y la potente presencia de su espada.
 
Y cuando arrancó la orquesta, Mitri sintió que unos hilos invisibles, como tensados con el cristal más fino que pudiera imaginarse, brotaban de las manos del anciano maestro para que esa orquesta se moviera y sonara exactamente como él sabía que tenía que sonar, como si de su fuerza, que era en realidad como un cauce de agua que se desliza entre piedras alisadas por el paso del tiempo, brotara cada compás en el momento exacto en que debía brotar, y cuando vio los ojos cerrados de esa mujer que era capaz de poner a ese violín a dialogar con una orquesta que parecía seguirla como seguiría una legión de ángeles al llamado de su dios creador, Mitri también cerró los ojos y deseó que esa música la arrebatara para siempre de la tierra que pisaba y la elevara hasta las alturas donde habitan los sueños, los misterios, los secretos más antiguos del amor, del goce y la belleza, y entonces entendió por qué el genio tiene esa capacidad de hablarles desde una época determinada a todas las almas de todos los tiempos y sintió que la eternidad también puede ser sonora.
El entrecejo fruncido de esa mujer que estiraba las notas de un violín hasta el último sonido, casi inaudible pero capaz de dejarse escuchar en esa profundidad del espíritu donde hasta el tiempo es apenas una ilusión, le hizo pensar a Mitri en una oscura tensión que se prolonga en el silencio hasta capturar la forma más perfecta de la delicia para hacerla estallar en una luminosa plenitud.
No pudo evitar el impulso de darle un beso a Osvaldo, era como una manera de decirle te amo por muchas razones, pero también te amo por esto.
Cuando volvieron al hotel la nieve sobre las calles solitarias de París era una presencia que se apoderaba de los seres y las cosas.

Mientras Osvaldo la acariciaba en la memoria de Mitri todavía sonaban los compases de la música y en algún momento, cuando la tensión de los cuerpos se elevó hasta que ambos se sintieron flotar en un paisaje de nubes, ella pensó que le gustaría alguna vez transformarse en violín. 
-Esa música te ha puesto… eh… sensible. Cuando mi padre trajo por primera vez a este teatro a mi madre y a mí, hace muchos años, yo… tendría doce o trece… yo… no entendía por qué ella ah… lagrime, como tú hace un rato, entonces era misma violinista, más joven, muy bella y… yo… me gusta la música pero no… no tengo sensibilidad que… que tienes tú y mi madre- balbuceó él mientras ella se apretaba contra su pecho, todavía jadeante.
Mitri quiso hablar pero no le salían las palabras, en su mente estaba la felicidad que sentía, estaba la velada angustia porque el día siguiente sería su penúltima jornada en París, con él, estaba la inquietud, que también ya empezaba a latir en su sangre, de regresar a su mundo del que se sentía demasiado lejos y estaba ansiosa de recuperar cuanto antes, y comprendió que en esa mezcla de ansiedades, las ganas de quedarse para siempre en ese tiempo hecho de cosas mágicas y dulces, suaves y tibias, y la pulsión de su realidad que la esperaba, cabía toda su angustia.
París, la nieve, las callejas entre casas antiguas, los viejos puentes de piedra y los bares, las caminatas por librerías y los dulces, la música y el rostro multicolor de la ciudad luz fueron el punto final de la más intensa y deliciosa aventura que Mitri había vivido hasta entonces junto a un hombre que, ella lo entendería mucho después, cuando las imágenes de esos días fueran como un bálsamo para su soledad, no forzó jamás ninguna situación y tuvo como ella misma el tacto exquisito de no plantear absolutamente nada, sólo hizo una amenaza que a ella le supo a la más dulce caricia:
-Un día me apareceré en algún lugar de Santo Domingo por donde tú vayas caminando, y te apuntaré con arma para secuestrarte, pero será arma a que no puedes resistir- dijo arrastrando las erres.

-Señor suizo, me asusta usted con sus amenazas- retrucó ella con los ojos entrecerrados y una media sonrisa -¿y qué arma será esa?
Él pensó antes de responder.
-Un arma pequeña, es… como un círculo que está en cajita también pequeña…
-Eso  no es un arma- dijo ella con los ojos nublados –eso es una extorsión, una… una cosa muy hermosa ¿sabe usted?


Y se besaron largamente bajo la nieve, sin importarles la gente que pasaba apresurada a su lado por esa calle desconocida de esa extraña ciudad llamada París.

domingo, 22 de febrero de 2015

Ficciones de un Negro Peronista

Historia de tres historias

Hace algunos años, entre el 2008 y el 2009, soñé en una madrugada calurosa que dos muchachitas, una mulata y la otra de pelo castaño claro y con la cara llena de pecas, vapuleaban en el patio de una universidad a dos matones que intentaban llevarse por la fuerza a un profesor. Ambas eran karatecas, lo sabía yo en el sueño, y pusieron fuera de combate a esos gorilas armados en pocos segundos. 

El sueño dio vueltas en mi cabeza durante días, hasta que en un almuerzo con mi amiga, la ávida lectora Lissette Rojas Berroa, ella escuchó la historia y me sugirió que podría ser el comienzo de una novela. Fue suficiente para que mi imaginación comenzara a darle forma a esa historia primera, pero fue en 2010, después de un viaje a la Argentina, cuando comencé a trabajar en la primera historia.

Una periodista jovencita, menuda y preciosa por dentro y por fuera, Mitri Jiménez, me dio permiso para convertirla en personaje de la historia, la ocurrencia le pareció divertida, en febrero de 2011 terminé de escribir esa primera novela que titulé El paso de los lobos que la propia Lissette se encargó de leer y corregir, sugirió algunos cambios, que me parecieron correctos, y me dijo que la historia quedaba con suficientes cabos sueltos como para darle una continuidad.

Surgió así la idea de convertir esa novela en la primera de una trilogía que siguió con la segunda parte; Comida para serpientes, que terminé de escribir en el invierno de 2013, y después me puse a trabajar en la tercera parte, que terminé de escribir en el otoño de 2014, y que titulé El exilio del buitre.

Mi amigo y hermano del corazón, Javier Valdivia, el crítico más inútil de todos mis escritos porque siempre le parece que todo está genial, me alentó a publicar las tres, algo que es muy difícil en ese país donde la gente que lee libros es una minoría que consume best-sellers.

Surgió así, después de muchas enmiendas de los textos, la idea de publicar las novelas en Amazon, luego de la solemne promesa de algunos amigos, no todos, de que las comprarían.

Mis amigos Elizabeth Veloz y Juan Sánchez, excelentes diseñadores y personas muy queridas, se encargaron del diseño de portada y del texto, y bajo la asesoría de Juan, he colocado las novelas en Amazon, donde están a disposición de todos.

Comparto esta noticia con los amigos porque escribir, terminar una novela y luego publicarla, solamente eso, es una alegría que merece ser compartida.
Otras personas que me prestaron sus nombres para personajes de la historia son Alfredo Capellán, un apreciado profesor de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, Itania María, una morena dominicana preciosa y excelente amiga, los periodistas Edith Febles y Marino Zapete y Javier Valdivia.

Debo reconocer muy especialmente a la también ávida lectora y gran amiga Annet Cárdenas, que me alentó a continuar con las historias y publicarlas en Amazon.

Otras personas que han colaborado en este proceso, en la filmación de un video de apoyo que estará editado en estos días son, Mitri Jiménez, Marvin del Cid, Oscar Vásquez, Maripili Menéndez, Elaine Velázquez, Daniel López y el caricaturista Ramón Sandoval. A todos, muchas gracias por su invalorable ayuda.


sábado, 21 de febrero de 2015

Poemas de un Negro Peronista

El rondo alla rústica de Vivaldi me inspiró este poemita en una tarde de lluvia... el desnudo es de un pintor famosísimo, el perfecto bohemio, Amadeo Modigliani...

Rondo alla rústica
 
Tu ropa en la silla,
tu perfil desnudo
en el trasluz de la ventana,
afuera la ciudad envuelta
en la tormenta y en el
flash de un relámpago
esa mariposa púrpura
de finísimo encaje
entre los almohadones
sobre el sofá…

Santiago Almada©

viernes, 20 de febrero de 2015

Tardecita de invierno con ese qué sé yo...

Tecito de jengibre y un poco de música para entrar en calor antes de comenzar a aporrear el teclado para seguir con la novela, todavía sin título, de la cronista Ferrán y el asesino serial que se le está acercando demasiado... mientras tanto, comparto un fragmento del capítulo uno de la segunda novela de la trilogía de Mitri Jiménez, Comida para serpientes...




Capítulo 1
Martes 10 de febrero de 2009
La abogada Yokaira Melisa Espinal salió del edificio de la Dirección Nacional de Migración poco antes de las diez de la mañana. Había retirado su pasaporte y pensaba en ese momento en las vacaciones que se tomaría durante el feriado largo de Semana Santa. Cuando llegaba al Toyota Corolla 2005 rojo que había estacionado en el parqueo de atrás del edificio sonó su celular.
-Dímelo Vani.
-¿En dónde tú estás?
-Vuelvo a la oficina ¿por qué? ¿Pasa algo?
-El auto de papi se dañó, estoy aquí con él en la clínica Gómez Patiño, no he podido conseguir un taxi y tengo que llevarlo a su casa, ya tú sabes…
-Está bien, voy para allá.
Yokaira enfiló hacia el malecón y se colocó detrás de una camioneta de doble cabina. En la radio se oía una vieja canción de Camilo Sesto. Cuando el auto llegó a la altura del imponente edificio de Malecón Center Yokaira frenó y vio pasar a dos hombres montados en una motocicleta Yamaha, los dos eran morenos, no tenían casco, usaban anteojos oscuros y vestían ropas nuevas. El que iba montado atrás llevaba un paquete envuelto en un paño oscuro, como si fuera un enorme vendaje que le cubriera por completo la mano derecha.
Yokaira los vio doblar pese al semáforo en rojo en la avenida Máximo Gómez y después en la avenida Independencia, hacia la derecha, y los vio detenerse con el motor en marcha en la esquina de la clínica Gómez Patiño, junto a la verja del Palacio de Bellas Artes. Llamó a Alina por su celular para decirle que había llegado cuando vio por el retrovisor que el hombre montado en la parte de atrás de la motocicleta sacaba una pistola.
Un buscón, con su habitual palo de escoba en la mano, se acercó a hacerle saber que debía pagarle por estacionarse en ese lugar donde él cuidaba los autos cuando Yokaira vio salir de la clínica al viejo profesor Amadeo Batista, abogado de larga trayectoria, doctor en derecho penal.
Todo se aceleró a partir de ese momento.
El motor arrancó con un chirrido de neumáticos, Yokaira se dio cuenta en ese momento de que el objetivo de los hombres era el abogado que había sido su profesor y al que ella admiraba. Le arrebató el palo al parqueador, cruzó la calle a la carrera y cuando los hombres estaban casi frente al viejo abogado golpeó con el palo al conductor de la moto, los hombres cayeron y la moto quedó tirada en el pavimento con el motor en marcha. El que tenía la pistola se puso de pie y quiso apuntarle pero el palo cayó sobre la mano y el disparo rebotó en el piso. Antes de que el hombre pudiera moverse sintió un fuerte dolor en los testículos que lo paralizó por completo y una patada en la mandíbula lo sumió en la oscuridad.
Dos guardias salieron del edificio del Palacio de Bellas Artes y se abrieron paso entre el tumulto que se fue formando, y entonces apareció Alina, acompañada por su padre, que se identificó como mayor de la policía y todos comenzaron a calmarse.
Una patrulla del cercano cuartel de Policía de la calle Bolívar llegó después y se llevó a los hombres esposados.
El profesor Batista, consternado y pálido por el susto y también por la sorpresa ante la reacción de su ex alumna, tuvo que ser atendido por uno de los médicos de la clínica pero llegó al cuartel acompañado por uno de sus hijos cuando Yokaira daba su declaración ante un joven oficial que tecleaba con lentitud en una vieja computadora.
Frente al cuartel comenzaban a amontonarse autos con logos de periódicos y de canales de televisión, un oficial ordenó que no permitieran entrar a nadie. Alguien tocó la puerta de la oficinita en la que Yokaira daba su declaración y llamó con una seña al oficial, que interrumpió su tecleo.
Yokaira buscó en su cartera el celular para llamar a Alina, pero en ese momento entraron a la oficina dos hombres, uno con insignias de coronel, el otro vestido de civil, con un traje gris oscuro, camisa de color turquesa y corbata roja tornasolada.
-Buenos días- saludó Yokaira.
Ninguno de los dos respondió al saludo. El hombre con insignias de coronel le preguntó en tono cortante qué había pasado.
Yokaira narró con lujo de detalles el incidente.
-Yo venía por la avenida George Washington, tenía que recoger al mayor Santana y a su hija, que es mi socia en el bufete que tenemos, ellos… pasaron a mi lado frente a Malecon Center, doblaron en la Máximo Gómez y después volvieron a doblar en la Independencia, se quedaron parados con el motor en marcha y arrancaron justo cuando el doctor Batista salía de la clínica, el moreno que venía atrás traía una pistola, se dirigieron directamente hacia donde estaba el profesor Batista, lo primero que pensé fue que se trataba de un atentado… que querían matarlo…
-¿En algún momento le apuntaron con la pistola o hicieron algo para que usted sintiera amenazada su integridad física?- interrumpió el hombre del traje gris oscuro.
-No, ni siquiera se dieron cuenta de que yo existía- respondió Yokaira.
Los hombres se miraron entre sí. Ambos asintieron con la cabeza.
El de civil carraspeó antes de hablar.
-Tengo entendido, señorita Espinal, que no es la primera vez que usted se enfrenta a efectivos de la DINAC…
Yokaira le sostuvo la mirada.
-Para que le quede claro- prosiguió –nuestros hombres perseguían a un narcotraficante que había escapado en un carro muy parecido al del señor ese que usted dice que defendió. En ningún momento pretendieron poner en riesgo la vida de nadie… ¡Por Dios! Cualquiera pensaría que usted ve demasiadas películas. Lo que correspondería en este caso es someterla por obstrucción del accionar de una fuerza del orden, además de las graves lesiones que han sufrido nuestros agentes. Lamentablemente este lugar se ha llenado de periodistas y eso puede arruinar una larga labor de inteligencia que nuestro personal viene desarrollando. Mire, no acostumbro a hacer tratos con gente que ataca a nuestros hombres sin motivo, pero por esta vez, y le aseguro que es la última, vamos a dejar esto así, pero usted no puede hablar con la  prensa, ¿me entendió, señorita? Hay una investigación muy importante en curso y no podemos arriesgarla por un incidente como éste.
Yokaira asintió con la cabeza mientras entendía que detrás de esa amenaza había algo muy grande, seguramente una maniobra que a la DINAC no le convenía que se conociera.
Yokaira salió del lugar, acompañada del mayor Santana y de su amiga Alina, no respondió a ninguna pregunta de los periodistas que la rodearon y se preparó mentalmente para lo que vendría después.
El papá de Alina, el mayor Emeterio Santana Guridis, alias “Doblefeo”, escuchó con atención el relato de la muchacha, miró varias veces hacia atrás mientras acomodaba la pistola que llevaba en la cintura.
-¡Oh! ¿Pero y qué fue, papi? Deja tu paranoia hombe- le reprendió Alina cariñosamente.
El veterano policía sonrió ante el reproche de su hija.
-Ustedes son un caso serio- dijo mientras meneaba la cabeza.
El celular de Yokaira comenzó a sonar insistentemente.
-Ay, no, mami, no me pasó nada… no, no me pusieron presa ni me van a mandar a la cárcel… pero no… fue un malentendido, sí, yo creí que iban a atracar al profesor Batista… no mami, no me dispararon, mira, yo te explico ahora, estamos llevando al papá de Alina a su casa y después vamos para allá… pero no… tranquilízate… sí, está bien… vamos a comer a casa, sí.
Alina comenzó a maniobrar con la sintonía de la radio hasta que encontró un programa en el que un octogenario locutor relataba el enfrentamiento de Yokaira con los dos hombres de la motocicleta.
-Estamos tratando de comunicarnos con el vocero de la Dirección Nacional de Combate al Narcotráfico y el Crimen Organizado, pero su asistente nos informa que el alto oficial todavía no regresó a su despacho… mientras tanto tenemos una llamada de una persona que dice haber presenciado el incidente… aló… cuéntele a la audiencia de este programa qué fue lo que sucedió señor…
La voz cascosa de un hombre se escuchó entre descargas de radio… eso parecía una vaina de una película, señor… esa joven cogió un palo que tenía un buscón y les cayó a golpes a eso do atracadore, porque para mí que ello iban a atracá a ese pobre hombre, y un oficial que se identificó como mayor de la policía les secuestró a lo do una funda negra con droga…
-¿Pero… usted está seguro de lo que dice?- preguntó el locutor.
-Segurísimo, señor, lo vi con mis propios ojos… y aquí hay un joven que trabaja en la clínica que filmó todo con su celular, sí señor… se ve hasta el panty rojo de esa muchacha que durmió de una patada a ese gorila que le quiso da un tiro…
Alina soltó una carcajada…
-Panty rojo… panty rojo… ¡Mire, vagamunda! Mostrando los panties como esas tigueronas de  Villa Mella, ¡Oh! ¿y para eso se fajó usted a estudiar derecho, eh? ¿Para andar enseñando su panty rojo en la calle? ¿Eh?
Yokaira soportó con una sonrisa la chicana de su amiga y siguió manejando hasta que el papá de Alina se bajó frente a su casa en Villas Agrícolas, y después enfilaron hacia Santo Domingo Oeste, a la casa de Bayona donde las recibió una preocupada Carmen que se lamentó de haber permitido que su hija aprendiera “esa vaina del karate ese”. 

jueves, 19 de febrero de 2015

Un cuento algo viejo...




Comparto con los amigos un cuentito que escribí hace algunos años... el rostro de Francoise Fabian, una actriz francesa de los años 70 que enamoró a Lino Ventura en una película de Lelouch es el rostro que pensé para Laura, el personaje mencionado por el protagonista... el glosario que figura al final es para los dominicanos...




La pesadilla ajena


Yo sé que en otros tiempos, cuando era un adolescente, no hubiera esperado a que usted se levantara para venir a verlo, Julián, es probable que lo hubiera despertado a las tres de la mañana y que ni siquiera me hubiera dado cuenta de su cara de sueño, ni de esa expresión condescendiente que usted adopta en ciertas ocasiones, como de quien está acostumbrado a tratar con locos de todas las especies.


Es probable que hubiera entrado directamente, casi como una tromba, derecho a la heladera y me hubiera comido de un toque un trozo de milanesa, de esas que usted prepara los días de lluvia, claro que en ese momento no me hubiera dado cuenta de que usted prepara milanesas los días de lluvia, y tampoco adivinaría que lo que me ofrecía era en realidad un vaso de ginebra, lo hubiera tomado también sin darme cuenta porque, claro, lo importante era que usted supiera cuán trascendente era lo que me había pasado esa siesta o esa noche, apenas un rato antes, porque entonces, cuando yo le traía mis aventuras nocturnas o vespertinas, fresquitas, como pan recién horneado, usted dejaba de ser usted, Julián, y sus oídos maravillosamente predispuestos, sus ojos calmos, su gesto parecido al de un espectador que asiste a un prodigio, todo usted, Julián, era como un espejo en el que yo me miraba mientras contaba mi historia, y esa transmutación nos convertía a los dos, porque yo tampoco era yo, era una especie de aedo que sin cítara ni lira o como se llame eso que usaban los aedos, lo transportaba a usted al goce de descubrir la vida y yo sabía cuándo la historia le resultaba más interesante que otras veces porque usted, silenciosamente, se plancharía el bigote con el pulgar y el índice, y de algún bolsillo de su pijama sacaría su pipa favorita, la pipa estriada que vanamente intentó regalarme la noche en que Laura se fue, y que yo no acepté porque sabía que esa pipa sería en mis manos apenas una prolongación de la despedida de Laura.


Después la cargaría lentamente para mirarme a medida que avanzaba mi relato, detrás de la cortina de humo del tabaco Exéter que yo solía regalarle y que usted fumaba en mi presencia porque en realidad –siempre lo supe– a usted no le gustaba demasiado ese tabaco de mierda pero lo fumaba igual, para hacerme sentir bien.

En cambio ahora, las cosas han cambiado Julián, como usted ve, el tiempo me ha civilizado al punto de dejarlo dormir  tranquilo hasta que los primeros mates lo despiertan del todo, y lo que ahora le traigo ya no son las historias impactantes de mi adolescencia, no se preocupe, tampoco vengo a pedirle -como en noviembre del 76- que me permita esconderme un par de días y que si alguien con cara de botón o de milico o del side o cosa parecida pregunta por mí, diga que sí, que me vio y que le dije que me iba a Santa Fe, o a Madagascar, pobre Julián, usted fue capaz hasta de eso, de ocultarme en su casa y de tragarse el miedo que era como un hierro candente viajando por las entrañas, para ayudarme a no terminar tirado en una zanja, o en un campo de concentración, pero bueno, ya pasó Julián, ya fue, como dicen ahora los pendejos.

En realidad, Julián, lo que vengo a contarle ahora es irreal pero cierto, y usted me va a creer porque sabe que jamás le he mentido, aunque seguramente se preguntará cómo es posible que algo sea cierto pero no real, claro, en este caso lo que me trajo a su casa es la espantosa sensación de haber usurpado un sueño, algo que no debí soñar porque ese sueño, esa horrible pesadilla que me pone un nudo aquí, en el estómago, debió pasar por la mente de otra persona, y sin embargo ahora lo tengo aquí, y creo que usted puede ayudarme a desentrañarlo, Julián, como cuando me ayudaba con los cuestionarios de química inorgánica o me corregía los poemas de amor que le escribía a Laura después del cognac que nos tomábamos a la madrugada, cuando yo volvía de estar con ella, borracho de felicidad y con ganas de emborracharme con algo más, algo que usted seguramente tendría en su aparador o en su heladera.

En mi sueño era yo el que caminaba por una calle lluviosa, con un pesado objeto metálico en el bolsillo de una vieja y desteñida campera de corderoy, un objeto frío que me resultaba familiar, como el que usé para cubrir la fuga del Negro Maretti esa vez que allanaron la pensión donde lo guardábamos y alcanzamos a rajar por los techos y salimos después en la otra punta de la manzana y el negro me decía que corriera, que no parara y a mí se me salían los pulmones por la boca pero la voz del Negro me ponía alas en los pies cuando me decía que ese lugar en cualquier momento iba a ser un hervidero de canas, pero bueno, Julián, me estoy yendo por las ramas pensará usted, es que es difícil contar esta historia, porque me llevó varios días armarla, reconstruirla, rastrear en mi memoria tantas cosas, tantos recuerdos, de esos que duelen ¿vio? porque mire usted, qué fracaso un detective que resuelve un caso, un rompecabezas de los que harían arrugar al mismo Marlowe que a usted tanto le gusta, basado en la presunción de sus sueños y sus pesadillas… ¿no le parece demasiado extraño? ¿Se acuerda de esa revista que usted coleccionaba en los años setenta? 2001, periodismo de liberación, creo que se llamaba, resulta que también aparecía en mis sueños, casi como en una fotocopia vi una página de esa revista donde se publicaban poemas escritos por algunos internos del viejo manicomio de Vieytes, recordé al despertar que usted me había dicho que lo conocía, y sentí un enorme deseo, un deseo incontenible de tener en mis manos esa revista, entonces fui a la casa de esa amiga suya, la profesora jubilada que tiene esa pieza llena de diarios y revistas viejas que ella ya no lee, fui dispuesto a prometerle casamiento si fuera necesario hasta que me permitiera revisar su archivo.

 Confieso, Julián, que me sentí muy parecido a un actor de película mala, encima, de esas con argumentos en los que al final todo era un sueño, pero bueno, conseguí que esa mujer me permitiera revisar su colección con el cuento de que iba de parte de usted, y después de un día de búsqueda febril encontré la revista, con la espantosa sensación de un marido que termina de comprobar una infidelidad largamente sospechada, y encontré el poema que decía exactamente: “Quisiera tenerte en mis brazos, bebé/ hay días en que te extraño en serio./ Tu padre era un camionero de pelo rubio/ que me besó bajo los árboles/ una noche de luna/ en las afueras de un pueblo/ frente a una estación de servicio./Aunque estarás crecido me gustaría/ verte gatear por un patio/ darte un besito en el culito...”.

 Todo esto decía ese poema escrito por una loca internada en Vieytes, pero espere Julián, ahora viene la segunda parte de mi sueño, es decir cuando comencé a caminar hacia una vieja estación de trenes como si supiera qué era lo que tenía que hacer pero en realidad no sabía, al fin de cuentas, ¿Quién sabe lo que tiene que hacer cuando sueña? ¿Verdad, Julián?

 Cuando llegué a los galpones abandonados volví a tantear el pesado revólver que llevaba en la campera, entré resueltamente al galpón más grande y traté de orientarme en la oscuridad, hasta que vi un bulto, es decir, un cuerpo acurrucado en un rincón, el cuerpo de un linyera tapado con frazadas raídas, con trapos, con diarios.

Me pidió un cigarrillo con una voz cascosa, como de borracho...
 -Quién puede negarle algo a un condenado- me dijo y después me miró, como si me esperara de antes.
 -Creciste -me dijo- me hubiera gustado vivir otra vida diferente para que las cosas no fueran como fueron, pero qué se le va a hacer, tiré mi vida a la basura, no me enteré de que existías hasta hace poco, de tu madre no supe nunca nada, ni siquiera sabía que estaba loca hasta que volví una vez a Nelson... se rió con una risa aguda, una risa muy conocida, Julián, y canturreó ese tango que dice “la pucha las vueltas que tiene la vida” y yo tanteé de nuevo el objeto metálico en mi campera y... claro Julián, usted se preguntará adónde quiero llegar con todo esto, quiero que usted me aclare, Julián, por qué tuve que soñar un sueño que no  me pertenece, pero algo más, ¿se acuerda, Julián, del setenta y tres, cuando Sui Géneris enloquecía a los pendejos del Colegio Nacional y yo en cambio, de puro rebelde, venía aquí y escuchaba sus discos de Atahualpa Yupanqui?


 ¿Se acuerda que entre sus libros de antropología había un ejemplar de El canto del viento, ese libro de Yupanqui que usted me prestó y que yo nunca le devolví? Ese libro quedó en una caja en la casa de mi tía Lucía, en un baúl antiguo que mis primos mantuvieron cerrado en todos estos años desde que ella murió.



Hace quince días rescaté la caja, Julián, hace quince días encontré dentro de esa edición de El canto del viento, de Yupanqui, dos recortes que tuve que desplegar con muchísimo cuidado para que no se desarmaran, en uno estaba el poema de la pobre loca de Vieytes, escrito en 1967, cuando esa mujer tenía casi cincuenta años, pero publicado en 1972; el otro recorte era de un diario santafesino, extraña muerte de un linyera en galpones del ferrocarril, creo que dice.

Calculo que el recorte debe ser del año 68 ó del 70, más viejo que el de la revista, si mal no recuerdo fue cuando usted tenía treinta años, Julián, y había llegado a Resistencia, un tiempo antes de que nos conociéramos, ¿se acuerda? Ahora viene el final de mi historia, Julián, un final lleno de preguntas: ¿qué hacía yo en esa pesadilla ajena, con un revólver cargado, buscando a un linyera que alguna vez había embarazado a una chica que después enloqueció y perdió a su hijo? ¿Qué hacían los recortes en ese libro suyo, Julián, tan prolijamente doblados? ¿Quién era esa mujer del poema, y el linyera, Julián, quién era? ¿Por qué me habló de Nelson, Julián, el pueblo donde usted nació? ¿Por qué tenía una risa tan parecida a la suya?

¿Por qué esa pesadilla tuvo que continuar en mi vigilia, Julián, al punto de llevarme a recuperar su libro y revolver las revistas de una vieja? Dígame o ayúdeme a explicar por qué cuando en mi sueño apreté tres veces el gatillo del revólver y vi convulsionarse como una bolsa de basura que uno hace rodar de una patada a ese pobre viejo, no era odio lo que sentía, sino más bien un sentimiento que pocas veces he experimentado, algo parecido a la piedad, y que me duró hasta mucho tiempo después de despertarme ¿No quiere hablar, Julián?


Milanesa: nombre argentino de la carne empanizada o apanada.
Exéter: Marca de tabaco de pipa muy popular en la Argentina.
Botón: en argot siginifica policía.
Milico: en argot significa militar, se aplica también a los policías.
O del SIDE: Sigla del Servicio de Inteligencia del Estado.
Rajar: correr, disparar, huir
Canas: policías
Nelson: pueblo situado en la provincia argentina de Santa Fe
Sui Géneris: Dúo histórico de rock argentino integrado por Charly García y Nito Mestre, famosísimos en la década del 70.
Atahualpa Yupanqui: Nombre artístico de Héctor Roberto Chavero, cantautor, folklorista, compositor y escritor argentino.
Campo de concentración: Centros de detención clandestinos de prisioneros políticos durante la dictadura militar que gobernó la Argentina entre 1976-1983.
Pendejos: en Argentina, muchachitos.
Mates: bebida muy argentina, se toma con un tubo perforado y agua caliente sobre una yerba llamada yerba mate.
Philip Marlowe: detective creado por el genial novelista norteamericano Raymond Chandler (El largo adiós, El sueño eterno, La ventana siniestra, La hermana pequeña)
Linyera: vagabundo, indigente que vive en la calle

Resistencia: Mi ciudad natal en la Argentina

miércoles, 18 de febrero de 2015

Escritos de un Negro Peronista

Cae la tarde sobre Santo Domingo, comienza a refrescar... aquí comparto un capítulo de otra de mis novelas, La marca del verdugo la historia de cómo un encuentro casual con una joven dominicana en Buenos Aires, será el comienzo de una amistad que ayudará a la abogada y violinista argentina Danka Ivana Togneri, hija de desaparecidos, a hallar el rastro de su apropiador, un represor y torturador prófugo...
En esta historia aparecen mis amigos Yango, Hugo, el Tano Rossi y otros cumpas de aquellos años de alcaidía y cárcel federal U7...


Capítulo 11
Ciudad de Resistencia, Chaco, República Argentina viernes 22 de abril de 2011
La furgoneta con el logo de Abrasivos y Afines Salió de la ciudad de Corrientes, avanzó por el puente General Belgrano y tomó la avenida San Martín para dirigirse hacia la avenida Castelli, en la ciudad de Resistencia, capital de la provincia del Chaco, Argentina. Eugenio Domínguez Silva, Yango para los amigos, extrañaba a veces los días en que fumaba, sobre todo cuando le tocaba viajar solo en esos meses previos al invierno. El cigarrillo era un compañero incondicional, al que era mucho más fácil de acceder que al mate en esos momentos en que la nostalgia se apoderaba de su mente y los recuerdos se agolpaban, a veces al conjuro de una canción escuchada en la radio, como la que sonaba ahora en una de las tantas FM de Resistencia, una vieja versión, casi una reliquia, de “Mis noches sin ti” en la voz etérea de Luis Alberto del Paraná, una de las más hermosas guaranias, posiblemente la más conocida en todo el mundo, compuesta por el padre de la guarania, José Asunción Flores…
Yango nació en 1958 en un pueblito perdido del Paraguay que en aquella época se llamaba Puerto Stroessner, separado de la ciudad brasileña de Foz do Iguazú por el río Paraná, y unido a esa ciudad por un puente internacional. Con el destierro del dictador Alfredo Stroessner, que tiranizó al Paraguay durante 35 años, todos los lugares, calles, plazas, escuelas, hospitales y parajes que llevaban ese nombre fueron cambiando de identidad, y Puerto Stroessner pasó a llamarse Ciudad del Este.
Pero en la memoria de Yango sobrevive todavía aquel pequeño pueblito, donde algunos de los barrios se parecían a un paraje rural de casas de adobe con techo de paja, poco menos que un rancherío, donde las únicas calles asfaltadas y las pocas viviendas de lujo estaban en el centro, donde había también unos cuantos bares, una pista de baile, el parque Elisa Lynch, un pueblo donde los viejos hablaban en guaraní y los jóvenes se iban a Foz de Iguazú, en Brasil, a buscar trabajo para regresar los fines de semana, y donde los únicos que se enriquecían de la noche a la mañana eran los contrabandistas…
La cara delgada, curtida por los soles y las manos todavía más curtidas del hombre que él solamente llamaba “El viejo” se dibujó con nitidez en su mente mientras la furgoneta avanzaba por esa avenida y todo su cuerpo se llenaba de la vieja alegría de estar adentrándose en territorio conocido,  en la tierra a la que sentía pertenecer, aunque Yango era de muchos lugares.
Había vivido en Asunción, había pasado parte de su vida en la ciudad de Eldorado, en la provincia de Misiones, y había sobrevivido poco más de tres años en la Alcaidía Policial de Resistencia, como preso político durante el “proceso de reorganización nacional”, una de las dictaduras más sangrientas de toda la historia de América Latina…
Cuando dobló a la derecha en la avenida Castelli, hacia el Oeste, en la radio comenzó a sonar otra guarania tan hermosa, tan armoniosa y melódica como la que había escuchado unos momentos antes… fue repitiendo mentalmente en guaraní los versos entonados en castellano por la voz de un joven cantante desconocido… En las noches tristes de mi orfandad voy buscándote/ y en la inmensidad del lejano azul donde tú estarás… Yango vuelve a ver a su hermana Viryi, hermosa con aquella larga cabellera que era como una catarata de color castaño… habían terminado de encender un fuego de leña en el patio de la casa, bajo el enorme timbó, un árbol de no muy alta estatura pero de copa muy ancha y hojas alargadas… Virginia tenía en esos días poco más de trece o tal vez catorce años… desde aquella vez que nuestro señor te cerró los ojos/ truncando la fe de mi adoración que en ti yo forjé… una adolescencia temprana atravesaba su alma simple y un sueño de vestido y de zapatos nuevos bailaba en su mente de nena pobre, como ahora bailan las notas de la canción Oración azul y también los recuerdos en el alma de Yango… Como el incienso ésta mi canción llegará hasta ti/ a besar tu frente y rezarte así mi oración azul/ armonía sutil de mi inspiración hija de mis penas/ mi oración azul llévale en tu son mi recordación… Viryi soplaba el fuego y la leñita seca ardía y hacía llamitas que el viento alimentaba, entonces ella arrima una banqueta de madera hecha con un tronco que “El Viejo” talló a machetazos, hasta darle la forma que tiene, porque ese viejo trabaja la madera como si fuera una arcilla, Viryi estira con los dedos las bolas de masa de harina, huevo y grasa y les da una forma plana y casi circular, le hace un agujerito en el medio a cada torta y las pone a freír en grasa caliente mientras Yango coloca una ennegrecida lata de duraznos y la llena con agua, espera a que hierva y le agrega varias cucharadas de yerba mate y, cuando el agua hace espuma, quita la lata del fuego con un trapo mojado, deja que la yerba se asiente en el fondo y cuela la mezcla, el mate cocido, en dos pocillos enlozados de color azul, después los hermanos se sientan a la sombra del timbó y la merienda de mate cocido y “chipacuerito” es una delicia que a la pobreza en que transcurren sus días les sabe a banquete… muchos años después Yango recordará esos días, como ahora mismo los está recordando, con una mezcla de nostalgia y pena, pero también con alivio y alegría, porque al fin de cuentas la vida no ha sido tan mala con él, con Viryi, con el resto de la familia… y Yango siente que en el fondo es feliz porque está vivo y porque ya casi no conoce el miedo…
La canción que alguna vez compuso Herminio Giménez, un vagabundo, un soñador como tantos paraguayos a los que la dictadura feroz de Stroessner obligó a buscar refugio en el exilio, dejó de sonar y Yango apagó la radio porque el celular sonaba con la melodía que Eduardo le había colocado para identificar las llamadas de Ivana.
-Decime che, muchachita…
-Yango, ¿ya estás en Resistencia?
-Estoy llegando, Ivana, ¿pasa algo?
-Bueno… no, nada en especial, me pareció que las fotos que te mostré la otra vez no te convencieron del todo, pero… bueno… hay cosas que me gustaría conversar con vos… ¿te parece que podrías venir a casa esta noche? Podés traerlo al Hugo si querés…
Yango permaneció en silencio un instante. Que ella le ofreciera que llevara a Hugo a su casa… ¿qué estará pasando con esta mina? Se preguntó.
-Mirá, Silvana, estoy llegando recién a Resistencia, necesito hacer una siestita… yo te llamo, tipo cinco de la tarde, y ahí arreglamos ¿sí?
-Dale, pero llamame, mirá que es importante para mí, yo pongo la carne al horno, el vino, todo… ¿me escuchaste? yo invito…
-Está bien, sí, no te preocupés…
Kita cocinó ese mediodía de viernes unos tallarines con peceto mechado con ajo y perejil en salsa de tomate, y después de ese manjar bien regado y luego unos mates, Yango se recostó en un su sillón favorito y se quedó dormido.
Eran las tres de la tarde cuando Ivana salía del supermercado de la esquina de avenida Alberdi con la calle Juan Perón, con Fernando que la ayudaba a cargar las bolsas con las compras que había hecho para esa noche, porque ella descontaba que Yango no dejaría de ir. Había suspendido sus clases de esa tarde en la Escuela de Música porque necesitaba prepararse para hablar con Yango, y también con Hugo.

Condujo en silencio y cuando llegaron a la casa Fernando comenzó a guardar las cosas en la heladera, en la alacena, limpió y dejó todo reluciente y se sentó en un sofá a tocar la guitarra. Ella reconoció los acordes iniciales del Capricho número 24 de Paganini, se quedó parada un momento, siguió los compases con movimientos de cabeza, frunció el entrecejo cuando comprobó que la velocidad era la correcta… ha mejorado mucho, pensó ella cuando escuchó el fraseo a la mitad de la composición y el pizzicato que era uno de los recursos más difíciles de ejecutar con la guitarra… hace un año no hubiera podido hacer eso… y en ese momento se estremeció al darse cuenta de que hacía más de un año que Fernando era su alumno y su… nuevamente se negó a definir el tipo de relación que mantenía con él y en ese momento él ejecutó el final de la composición, con un sonido tan perfecto que ella sonrió, y se dio cuenta de que había sonreído después de haber sonreído, y quiso recomponerse y adoptar de nuevo su actitud inconmovible, como de una amazona que se presenta en todo momento con su escudo, con su lanza y con su espada en la cintura… pero él dejó la guitarra sobre el sofá, como si hubiera depositado a un niño dormido, y la tomó en sus brazos…
-No… Fernando… no…
Pero él le cerró la boca con un beso y ella quiso resistir al principio hasta que en pocos segundos se encontró ofreciendo sus labios y sintió que su vestido se deslizaba y que todo o casi todo cuanto había en ese mínimo mundo circundante que era la sala solitaria de su casa desaparecía por unos pocos instantes y, como la primera vez que Fernando la poseyó o ella permitió que él la poseyera, terminaron desnudos sobre la alfombra y ella dejó que él soñara y viajara sobre su piel, hasta que cuando su deseo fue casi un dolorcito se montó sobre ese cuerpo joven, tardó en encontrar su  ritmo pero cuando lo consiguió el placer se multiplicó hasta alcanzar un orgasmo tan intenso que no pudo evitar los gemidos parecidos al grito que brotaron de su garganta, sintió que él había eyaculado pero seguía moviéndose porque se había vuelto a encender casi a los pocos segundos y eso la volvió a excitar de tal manera que, aunque él casi había dejado de moverse porque había acabado por segunda vez, continuó arqueando su cintura sobre ese cuerpo hasta que un segundo orgasmo, menos potente pero igualmente placentero, le coloreaba las mejillas, le endurecía los pezones y la obligaba a respirar con la boca totalmente abierta y todo el cuerpo tembloroso y agitado, como si hubiera trepado una montaña a la carrera…
Permanecieron abrazados sobre la alfombra durante unos minutos, ella supo en ese momento que no podría dormirse porque, aunque su cuerpo estaba agotado por los dos orgasmos, su mente estaba completamente lúcida y trabajaba de manera acelerada. Apoyó la cabeza sobre el pecho de él y cerró los ojos mientras disfrutaba de la sensación de calma que le producía la respiración acompasada de ese hombre que la había hecho vibrar de una manera mucho más violenta que a la guitarra en la que había tocado una de las composiciones más difíciles que existían.
Sentía que sus mejillas recobraban su color habitual, se apretó contra él para retener por un momento más esa tibieza húmeda que llenaba su sexo y se puso a pensar cómo comenzaría a hilvanar el relato que tendría que hacerles a Yango y a Hugo, a Kita, si es que venía, a Romy, la esposa de Hugo… en eso estaba cuando sonó su celular…
-Sí, te escucho Yango- dijo mientras se sentaba en la alfombra junto a Fernando, que ya había despertado.
-Sí, traé a quien vos quieras, armamos una comida, aunque me gustaría hablar más bien con vos y con Hugo ¿viste? Porque me parece que Hugo es el que más conoce de algunos elementos que…
Fernando se sentó con las piernas encogidas y ahogó un bostezo.
Ella lo miró a los ojos, hizo un mohín de complicidad y se puso de pie. Él la siguió hasta el baño y se dieron una ducha.
-Mi amor… te vas a tener que ir… viene gente de visita y…
-Ajá- respondió él tratando de no demostrar ninguna emoción, pero ella supo que eso lo disgustaba. De todos modos no había lugar para los celos, no después de los momentos casi volcánicos que acababan de pasar, y que ella mentalmente se dijo que no tendrían que haber sucedido, pero también pensó, mientras buscaba ropa en su habitación y él terminaba de vestirse en la sala, que todo se acercaba a su fin y que, cuando él estuviera instalado en Buenos Aires y las porteñas le echaran el ojo, seguramente encontraría a una chica de su edad a la que podría exigirle explicaciones en una relación menos dispar y menos atípica que la que mantenía con ella.
Salió de la habitación envuelta en una toalla y se despidió de él con un beso, no le preguntó, jamás le preguntaba, qué pensaba hacer, si iría a la casa de su padre durante el fin de semana, si vendría en caso de que se quedara en la ciudad. Quiso darle dinero por si lo necesitaba, pero él lo rechazó, como siempre hacía.
Ivana tomó su violín y comenzó a tocar el “rondo  alla rustica” del concierto en sol mayor opus 51 de Vivaldi, siguió con el Capricho número 7 de Paganini y continuó con el minueto número 1 de Bach, continuó después con un “largo e pianíssimo sempre” de La Primavera de Vivaldi, y cuando se dio cuenta de que estaba tocando el violín desnuda lo guardó en su estuche y se vistió con pantalones vaqueros, zapatillas deportivas, una camiseta de algodón bien suelta, y comenzó a sazonar el pollo, puso a hervir papas y zanahorias para preparar una ensalada, y después cargó el termo con agua caliente, cargó la yerba en el poronguito que Fernando le había regalado alguna vez, colocó la bombilla despacito, para no tener la sorpresa de que se filtraran fibras, y comenzó a tomar mate.
Yango y Hugo llegaron antes de las siete de la tarde.
-Kita fue a buscar a Eduardo- Explicó el paraguayo.
Ambos se sentaron en la sala, Ivana renovó la yerba del mate y colocó un CD en el reproductor de DVD.
-Vamos a ir directamente al grano muchachos- dijo al tiempo que aparecía la primera foto en la pantalla del televisor.
-¿Saben lo que es esto?
Hugo frunció el entrecejo antes de responder.
-Sí, es el escudo Ustacha. Fue una república nacionalista que existió en Croacia durante la segunda guerra, eran pronazis…
-Ajá- dijo Yango mientras le pasaba un mate humeante a Ivana.
-¿Sabés quién era este tipo, Hugo?
En la foto en blanco y negro se veía a un hombre vestido con ropas de obispo, una capa de seda brillante le cubría los hombros, tenía los ojos claros y la nariz aguileña, una media sonrisa iluminaba su cara y toda su expresión denotaba una seguridad y hasta un aura de poder…
-No me viene el apellido ahora, pero sí me acuerdo que fue juzgado en Nüremberg, en el juicio que se les hizo a los nazis después de la guerra, y volvió a Croacia, creo.
-Volvió a su iglesia, siguió ahí y murió en Croacia, era cardenal y no perdió nunca su… su título, pero eso no es todo, Juan Pablo II lo nombró beato mártir ¿pueden creerlo? Se llamaba Aloysius Stepinac… ahora vean esto…
En la foto, también en blanco y negro aparecían dos hombres, uno a cada lado del mismo personaje de la imagen anterior, ambos uniformados con ropas de oficiales, pantalones de montar, botas de media caña relucientes y sables colgados de la cintura.
-El de la derecha se llamaba Dinco Sakic, fue el jefe de un campo de concentración en Janosevac en la segunda guerra, un campo de exterminio, obviamente. El de la izquierda es Radovan Panzic, aunque cuando llegó a la Argentina, en 1946, entró con documentos italianos, de hecho yo lo conocí como Alfio Bruno Togneri, era mecánico y trabajó toda su vida en un taller muy grande en Belgrano. Estaba en un geriátrico de la provincia de Buenos Aires, tiene que haber muerto ya, cuando yo descubrí mi verdadera historia me desentendí de él por completo… es el padre de mi apropiador, o sea que en mi infancia yo lo llamaba abuelo…
-Al Sakic ese lo descubrieron acá, en la Argentina, y lo deportaron en 1998, yo me acuerdo de eso- recordó Hugo.
Las fotos que aparecieron después ya eran en colores, mostraban a una familia de clase media, en la que Yango y Hugo reconocieron de una vez el rostro de ella. El hombre y la mujer que aparecían en la imagen sonreían y toda la instantánea daba la sensación de estar ante una familia feliz captada en un momento muy especial. La mujer era muy bella, tenía el peinado típico de las muchachas de los años ochenta, una larga melena negra y brillosa, la piel blanca y los ojos almendrados, y el hombre estaba peinado de una manera más bien desusada para esa época, el rostro completamente afeitado, la camisa blanca perfectamente planchada, tanto Hugo como Yango notaron enseguida el parecido con uno de los uniformados que aparecían en la imagen junto al obispo que acababan de ver.
-Es mi apropiador, es el hombre que me hizo creer que esa mujer era mi madre, que ese chico que está ahí era mi hermano mellizo, el hijo de puta que la mató- dijo y su voz se quebró por un momento, pero se recompuso.
-Ahora quiero que vean esto. Estas fotos las robé de la computadora, de la Ipad de una chica que conocí en Buenos Aires hace dos semanas, más o menos…Vos ya las viste Yango, pero quiero que las observes bien…
En la primera imagen aparecía un viejo que gesticulaba enojado, se notaba en la expresión de su cara que estaba muy molesto. En la segunda imagen se veía al mismo hombre, vestido con el mismo mameluco engrasado en el momento en que subía por la escalerilla de un yate, en la tercera se lo veía de pie sobre la cubierta, la cuarta era una ampliación, un detalle del hombro del anciano, en la que se veía la misma figura que Ivana les había enseñado a ambos al principio, tatuada en la piel del viejo.
-Esto no me cuadra- dijo Hugo -¿vos crees que ese viejo, con ese tatuaje, es el mismo que aparece con vos y tu hermano y tu vieja en la otra foto?
Ivana se puso de pie, sacó de una caja de madera que tenía varios cerrojos un viejo álbum de fotos y se lo pasó. Hugo fue hojeando los folios plastificados con imágenes tomadas en los años ochenta, otras en los noventa…
-Decime una cosa, Hugo… a ver si notás un pequeño detalle- dijo ella.
Hugo terminó de hojear el álbum y la miró a la cara.
-Hmm no sé, no, ¿a qué te referís?
-Él casi no aparece en las fotos, y no sé si te fijaste además, que hay muchas fotos despegadas ¿viste?
-Ajá…
-Esas son las que él se llevó, se ve que él preparó todo con mucha anticipación, pero así como hay cosas que a vos no te cuadran, a mí tampoco me cuadran… él era un “facho”, un nazi, tengo otros dos álbumes, que no los puedo mostrar y no quiero despegar fotos de ahí, tiene varias páginas llenas de símbolos nazis… pero decime a ver, ¿qué es lo que no te cuadra?
Hugo pensó un momento…
-Vamos a suponer, mejor dicho vos suponés, que ese viejito de la foto es él ¿no es cierto? ¿Quién tomó esas fotos? ¿Dónde las tomaron?
-En la República Dominicana, en una playa, la chica que las tomó me dice que él… arregla motores de lanchas, que vive solo y es un solitario, ¿pero vos te lo imaginás a él, un maniático de la limpieza, ensuciándose con grasa, con aceite de motores?
-Y no solamente eso- agregó Hugo –me cuesta más imaginarme a un nazi con un tatuaje, y no solamente eso, viviendo precisamente en el Caribe, en un país donde la mayoría de la gente es negra…
-Bueno… eso como que no es tan… no sé, tan raro, me parece, si vamos al caso mirá, Paraguay es un país de negros también, se habla guaraní, hay montones de indios en algunos lugares, y eso está lleno de fachos, y no hablemos de Brasil- acotó Yango mientras se encogía de hombros.
-Mi interpretación es ésta- replicó Ivana –vamos a suponer que lo que vos querés es perderte en un lugar donde nadie te conozca ¿no es cierto? Eso es fácil, te vas a Chile, a Brasil, a la Cochinchina, donde sea, pero si además de eso querés borrar todas las huellas de tu pasado, lo que vas a hacer es cambiar todo, todo… ¿verdad? Si nunca te ensuciabas, por ejemplo, vas a andar sucio, por lo menos donde todos te vean, hasta te vas a hacer un tatuaje, como hizo él, te vas a ir como él, a un país de negros y vas a andar entre ellos como si nada…
-Pero… ¿y el tatuaje?- inquirió Hugo…
-Eso… en sicología se conoce como acto fallido, pero también es una marca de identidad, un símbolo, es como una… como una marca tribal… como esos llaveros chiquititos que usan las lesbianas, no sé si vos sabías que una marca distintiva de las lesbianas es el hacha de doble hoja, es un símbolo cretense en realidad…

-Las lesbianas tienen varios símbolos, algunas usan la letra griega lambda, se la tatúan o la usan en llaveros- dijo Yango –pero bueno, yo creo que nos estamos dispersando un poco, la cuestión me parece que es ésta; vamos a suponer que ese hombre que está en la República Dominicana es tu… tu apropiador; ¿qué es lo que vos querés hacer, Ivana?