El exilio del buitre, capítulo 3 (fragmento)
Mitri
se acomodó junto a su novio en un asiento del tren y pasaron casi todo el
trayecto en silencio, hasta que cerca del mediodía llegaron a París, a una
estación de trenes que a la muchacha le parecía demasiado antigua, más antigua
incluso que en las películas en las que la había visto alguna vez.
Caminaron
por los Campos Elíseos, anduvieron de la mano, como una parejita adolescente
entre otras muchas parejas venidas de todos los rincones a ese lugar que era
una especie de referente donde se amontonaban multitudes de historias y donde
todo el mundo se retrataba con la Torre Eifel detrás. Osvaldo la llevó después
al barrio bohemio de Montmartre, cuando ya caía la noche y el frío se pegaba a
la piel como una especie de fantasma del que era imposible deshacerse, bebieron
un chocolate caliente, comieron croissants y se detuvieron ante un dibujante
que les hizo a ambos un retrato a la carbonilla.
Al
día siguiente Osvaldo contrató un tur por los jardines de Versalles, comieron
pizza en un shoping muy parecido a los de Santo Domingo y Mitri estableció
entonces lo que él denominó una “verdad universal”: los shopings son todos
iguales, aunque ella se detuvo largamente ante vidrieras donde se veían joyas
carísimas, tapados de piel y diseños exclusivos.
Por
la tarde él le habló de la última sorpresa que tenía preparada para ella.
Fueron a una tienda de alquiler de ropas y ella eligió un discreto vestido
negro enterizo de lamé con algunas incrustaciones de perlas en el cuello que la
mujer que la asesoró le dijo que le quedaba “pegfectó”
y un abrigo de fantasía, tuvo que ir a un salón donde la peinaron a la
carrera, la maquillaron y salió de ahí vestida como para una cena diplomática.
Osvaldo
vestía un esmoking que le hacía parecer un galancete de película vieja,
parecía, diría después Mitri, una especie de pajarito aprisionado dentro de una
jaula muy bonita que aceptaba con resignación.
Se
montaron en un taxi que los llevó al Théâtre du Châtelet, donde un acomodador los
guió por un largo pasillo hasta un asiento ubicado en un palco desde donde se
veía el escenario desde lo alto.
Mitri descifró laboriosamente
el texto del programa, que explicaba que se trataba del primer concierto del
año de “la violoniste parfait” Ann-Sophie Mutter. También descifró que
en su juventud aquella mujer había sido dirigida por Herbert Von Karajan, y que
había grabado el famoso Concierto para Violín en Re mayor Op. 61 de Beethoven y que en su
actuación de esa noche, con la orquesta sinfónica del conservatorio de París,
sería dirigida por el veterano director de origen chino Zeiji Ozawa.
Su instrumento es un
Stradivarius de trescientos años, decía el texto y mencionaba también que ese
concierto había sido compuesto en 1806 por un Beethoven todavía joven, en la
plenitud de su genio, en la misma época en que compondría la Pastoral y otras
genialidades que Mitri aprendería a disfrutar desde esa noche.
Como si Osvaldo lo hubiera
previsto absolutamente todo, en el momento en que la orquesta tomó su lugar en
el escenario, sacó de un bolsillo del esmoking unos pequeños prismáticos y se
los entregó a la periodista.
La joven observó entonces al
anciano maestro, que tenía un aspecto desgarbado, la melena en desorden, un
esmoking que parecía flotarle sobre el cuerpo, le dio la impresión de una
férrea voluntad que obligaba a esas piernas, a esos brazos agotados, a esforzarse
para dar todo cuanto pudieran dar. Los aplausos llenaron el inmenso teatro y
apareció entonces una mujer hermosísima, madura, esbelta y elegante en su
vestido enterizo de gasa dorada, sin demasiados adornos, llevaba el pelo suelto
sujeto con un cintillo rojo. Su mirada tenía un halo de misterio, como si un
muro invisible de silencio la hiciera intocable y lejana, semejante a las
amazonas que se plantan imponentes y crean un límite entre su cuerpo y el resto
del mundo con la fuerza de su escudo y la potente presencia de su espada.
Y cuando arrancó la orquesta,
Mitri sintió que unos hilos invisibles, como tensados con el cristal más fino
que pudiera imaginarse, brotaban de las manos del anciano maestro para que esa
orquesta se moviera y sonara exactamente como él sabía que tenía que sonar,
como si de su fuerza, que era en realidad como un cauce de agua que se desliza
entre piedras alisadas por el paso del tiempo, brotara cada compás en el
momento exacto en que debía brotar, y cuando vio los ojos cerrados de esa mujer
que era capaz de poner a ese violín a dialogar con una orquesta que parecía
seguirla como seguiría una legión de ángeles al llamado de su dios creador,
Mitri también cerró los ojos y deseó que esa música la arrebatara para siempre
de la tierra que pisaba y la elevara hasta las alturas donde habitan los
sueños, los misterios, los secretos más antiguos del amor, del goce y la
belleza, y entonces entendió por qué el genio tiene esa capacidad de hablarles
desde una época determinada a todas las almas de todos los tiempos y sintió que
la eternidad también puede ser sonora.
El entrecejo fruncido de esa
mujer que estiraba las notas de un violín hasta el último sonido, casi
inaudible pero capaz de dejarse escuchar en esa profundidad del espíritu donde hasta
el tiempo es apenas una ilusión, le hizo pensar a Mitri en una oscura tensión
que se prolonga en el silencio hasta capturar la forma más perfecta de la
delicia para hacerla estallar en una luminosa plenitud.
No pudo evitar el impulso de
darle un beso a Osvaldo, era como una manera de decirle te amo por muchas
razones, pero también te amo por esto.
Cuando volvieron al hotel la
nieve sobre las calles solitarias de París era una presencia que se apoderaba
de los seres y las cosas.
Mientras Osvaldo la acariciaba
en la memoria de Mitri todavía sonaban los compases de la música y en algún
momento, cuando la tensión de los cuerpos se elevó hasta que ambos se sintieron
flotar en un paisaje de nubes, ella pensó que le gustaría alguna vez
transformarse en violín.
-Esa música te ha puesto… eh…
sensible. Cuando mi padre trajo por primera vez a este teatro a mi madre y a
mí, hace muchos años, yo… tendría doce o trece… yo… no entendía por qué ella
ah… lagrime, como tú hace un rato, entonces era misma violinista, más joven,
muy bella y… yo… me gusta la música pero no… no tengo sensibilidad que… que
tienes tú y mi madre- balbuceó él mientras ella se apretaba contra su pecho,
todavía jadeante.
Mitri quiso hablar pero no le
salían las palabras, en su mente estaba la felicidad que sentía, estaba la
velada angustia porque el día siguiente sería su penúltima jornada en París,
con él, estaba la inquietud, que también ya empezaba a latir en su sangre, de
regresar a su mundo del que se sentía demasiado lejos y estaba ansiosa de
recuperar cuanto antes, y comprendió que en esa mezcla de ansiedades, las ganas
de quedarse para siempre en ese tiempo hecho de cosas mágicas y dulces, suaves
y tibias, y la pulsión de su realidad que la esperaba, cabía toda su angustia.
París, la nieve, las callejas
entre casas antiguas, los viejos puentes de piedra y los bares, las caminatas
por librerías y los dulces, la música y el rostro multicolor de la ciudad luz
fueron el punto final de la más intensa y deliciosa aventura que Mitri había
vivido hasta entonces junto a un hombre que, ella lo entendería mucho después,
cuando las imágenes de esos días fueran como un bálsamo para su soledad, no
forzó jamás ninguna situación y tuvo como ella misma el tacto exquisito de no
plantear absolutamente nada, sólo hizo una amenaza que a ella le supo a la más
dulce caricia:
-Un día me apareceré en algún
lugar de Santo Domingo por donde tú vayas caminando, y te apuntaré con arma
para secuestrarte, pero será arma a que no puedes resistir- dijo arrastrando
las erres.
-Señor suizo, me asusta usted
con sus amenazas- retrucó ella con los ojos entrecerrados y una media sonrisa
-¿y qué arma será esa?
Él pensó antes de responder.
-Un arma pequeña, es… como un
círculo que está en cajita también pequeña…
-Eso no es un arma- dijo ella con los ojos
nublados –eso es una extorsión, una… una cosa muy hermosa ¿sabe usted?
Y se besaron largamente bajo
la nieve, sin importarles la gente que pasaba apresurada a su lado por esa
calle desconocida de esa extraña ciudad llamada París.


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