Comparto aquí un fragmento de mi novela Comida para serpientes, en el que la abogada y karateca Yokaira Melisa Espinal hace una de las suyas cuando sorprende a dos tipos que intentan robarle su auto... La ilustración es de mi amigo Ramón Sandoval, dibujante, caricaturista, infógrafo, genio de todo lo que sea dibujar con herramientas electrónicas...
Comida para serpientes
Capítulo 46 (fragmento)
El
sol de la calle estaba oculto entre un grupo de grises nubes pasajeras pero el
calor de todas maneras se hacía sentir. Yokaira estaba pensando en llamar a su
amiga Alina para ver si esa noche iban al cine o a comer algo, Mitri les había
prometido ese fin de semana en la playa otra reunión tridimensional para
compartir más datos de la investigación, eso también las tenía intrigadas a
ella y a Alina.
En
ese momento vio a los dos hombres que trataban de abrir la puerta de su auto,
iba a gritar, pero decidió pasar de largo como si nada ocurriera. Uno tenía una
especie de funda de cuero inflable que había metido en el borde la puerta
delantera, el otro estaba parado al lado, como si fuera el dueño del auto y se
le hubiera quedado la llave adentro. Alina pasó junto a los hombres y vio que
un poco más allá una motocicleta Yamaha de alta cilindrada estaba parada con el
motor en marcha, junto a un auto que tenía puesta una traba en el volante.
Yokaira
dejó sus papeles sobre el carro y volvió rápidamente sobre sus pasos, le quitó
la llave a la motocicleta y uno de los hombres, el más robusto, dejó lo que
estaba haciendo y corrió hacia ella.
-¡Coño!
Debe sé la dueña del carro- dijo y quiso sacar una pistola que llevaba en la
cintura pero la patada de Yokaira lo desparramó en el suelo, el otro se acercó
a la muchacha con una barreta de alambre grueso, la hizo zumbar en el aire
mientras el gordo se movía para tratar de levantarse, pero Yokaira le dio una
patada en los testículos que lo hizo aullar de dolor, el hombre soltó la
pistola para agarrarse con ambas manos la entrepierna, la muchacha pateó la
pistola, que cayó debajo del carro estacionado.

-Dame
esa llave y me voy, mardita azarosa, o te va a arrepentí, coño…
Yokaira
lo dejó acercarse, el hombre blandía su barreta como si fuese un bate de
béisbol, entonces ella le arrojó la llave para distraerlo, pero él no cayó en
la trampa, le lanzó un fierrazo en abanico a mitad del cuerpo y la joven saltó
hacia atrás, el otro fierrazo fue dirigido a la cabeza pero ella lo esquivó, se
dio la vuelta, le dio la espalda por una milésima de segundo y le lanzó una
patada al pecho que lo hizo tambalear, cuando se dio la vuelta para quedar de
frente lo tuvo tan cerca que le bastó un frentazo en la nariz para que el
hombre cayera sentado, quiso agarrarse de la pierna de Yokaira, pero el pie de
ella le aplastó la cara y lo durmió del todo.
En
ese momento apareció uno de los guachimanes del colegio, que había visto la
pelea en una de las cámaras de seguridad, y después apareció un patrullero y se
llevó a los hombres esposados.
Un
oficial jovencito se acercó cuando ya habían salido algunos bedeles, profesores
y hasta una trabajadora de uno de los edificios de enfrente.
-¿Pero
y quién le dio semejante golpiá a estos dos tígueres?
El
guachimán del colegio se acomodó la correa de la carabina al hombro.
-Fue
ella- dijo señalando a Yokaira con el dedo…
-¡Oh!
¡Pero y cómo vá sé! ¿uté é karateca licenciada?
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