viernes, 20 de febrero de 2015

Tardecita de invierno con ese qué sé yo...

Tecito de jengibre y un poco de música para entrar en calor antes de comenzar a aporrear el teclado para seguir con la novela, todavía sin título, de la cronista Ferrán y el asesino serial que se le está acercando demasiado... mientras tanto, comparto un fragmento del capítulo uno de la segunda novela de la trilogía de Mitri Jiménez, Comida para serpientes...




Capítulo 1
Martes 10 de febrero de 2009
La abogada Yokaira Melisa Espinal salió del edificio de la Dirección Nacional de Migración poco antes de las diez de la mañana. Había retirado su pasaporte y pensaba en ese momento en las vacaciones que se tomaría durante el feriado largo de Semana Santa. Cuando llegaba al Toyota Corolla 2005 rojo que había estacionado en el parqueo de atrás del edificio sonó su celular.
-Dímelo Vani.
-¿En dónde tú estás?
-Vuelvo a la oficina ¿por qué? ¿Pasa algo?
-El auto de papi se dañó, estoy aquí con él en la clínica Gómez Patiño, no he podido conseguir un taxi y tengo que llevarlo a su casa, ya tú sabes…
-Está bien, voy para allá.
Yokaira enfiló hacia el malecón y se colocó detrás de una camioneta de doble cabina. En la radio se oía una vieja canción de Camilo Sesto. Cuando el auto llegó a la altura del imponente edificio de Malecón Center Yokaira frenó y vio pasar a dos hombres montados en una motocicleta Yamaha, los dos eran morenos, no tenían casco, usaban anteojos oscuros y vestían ropas nuevas. El que iba montado atrás llevaba un paquete envuelto en un paño oscuro, como si fuera un enorme vendaje que le cubriera por completo la mano derecha.
Yokaira los vio doblar pese al semáforo en rojo en la avenida Máximo Gómez y después en la avenida Independencia, hacia la derecha, y los vio detenerse con el motor en marcha en la esquina de la clínica Gómez Patiño, junto a la verja del Palacio de Bellas Artes. Llamó a Alina por su celular para decirle que había llegado cuando vio por el retrovisor que el hombre montado en la parte de atrás de la motocicleta sacaba una pistola.
Un buscón, con su habitual palo de escoba en la mano, se acercó a hacerle saber que debía pagarle por estacionarse en ese lugar donde él cuidaba los autos cuando Yokaira vio salir de la clínica al viejo profesor Amadeo Batista, abogado de larga trayectoria, doctor en derecho penal.
Todo se aceleró a partir de ese momento.
El motor arrancó con un chirrido de neumáticos, Yokaira se dio cuenta en ese momento de que el objetivo de los hombres era el abogado que había sido su profesor y al que ella admiraba. Le arrebató el palo al parqueador, cruzó la calle a la carrera y cuando los hombres estaban casi frente al viejo abogado golpeó con el palo al conductor de la moto, los hombres cayeron y la moto quedó tirada en el pavimento con el motor en marcha. El que tenía la pistola se puso de pie y quiso apuntarle pero el palo cayó sobre la mano y el disparo rebotó en el piso. Antes de que el hombre pudiera moverse sintió un fuerte dolor en los testículos que lo paralizó por completo y una patada en la mandíbula lo sumió en la oscuridad.
Dos guardias salieron del edificio del Palacio de Bellas Artes y se abrieron paso entre el tumulto que se fue formando, y entonces apareció Alina, acompañada por su padre, que se identificó como mayor de la policía y todos comenzaron a calmarse.
Una patrulla del cercano cuartel de Policía de la calle Bolívar llegó después y se llevó a los hombres esposados.
El profesor Batista, consternado y pálido por el susto y también por la sorpresa ante la reacción de su ex alumna, tuvo que ser atendido por uno de los médicos de la clínica pero llegó al cuartel acompañado por uno de sus hijos cuando Yokaira daba su declaración ante un joven oficial que tecleaba con lentitud en una vieja computadora.
Frente al cuartel comenzaban a amontonarse autos con logos de periódicos y de canales de televisión, un oficial ordenó que no permitieran entrar a nadie. Alguien tocó la puerta de la oficinita en la que Yokaira daba su declaración y llamó con una seña al oficial, que interrumpió su tecleo.
Yokaira buscó en su cartera el celular para llamar a Alina, pero en ese momento entraron a la oficina dos hombres, uno con insignias de coronel, el otro vestido de civil, con un traje gris oscuro, camisa de color turquesa y corbata roja tornasolada.
-Buenos días- saludó Yokaira.
Ninguno de los dos respondió al saludo. El hombre con insignias de coronel le preguntó en tono cortante qué había pasado.
Yokaira narró con lujo de detalles el incidente.
-Yo venía por la avenida George Washington, tenía que recoger al mayor Santana y a su hija, que es mi socia en el bufete que tenemos, ellos… pasaron a mi lado frente a Malecon Center, doblaron en la Máximo Gómez y después volvieron a doblar en la Independencia, se quedaron parados con el motor en marcha y arrancaron justo cuando el doctor Batista salía de la clínica, el moreno que venía atrás traía una pistola, se dirigieron directamente hacia donde estaba el profesor Batista, lo primero que pensé fue que se trataba de un atentado… que querían matarlo…
-¿En algún momento le apuntaron con la pistola o hicieron algo para que usted sintiera amenazada su integridad física?- interrumpió el hombre del traje gris oscuro.
-No, ni siquiera se dieron cuenta de que yo existía- respondió Yokaira.
Los hombres se miraron entre sí. Ambos asintieron con la cabeza.
El de civil carraspeó antes de hablar.
-Tengo entendido, señorita Espinal, que no es la primera vez que usted se enfrenta a efectivos de la DINAC…
Yokaira le sostuvo la mirada.
-Para que le quede claro- prosiguió –nuestros hombres perseguían a un narcotraficante que había escapado en un carro muy parecido al del señor ese que usted dice que defendió. En ningún momento pretendieron poner en riesgo la vida de nadie… ¡Por Dios! Cualquiera pensaría que usted ve demasiadas películas. Lo que correspondería en este caso es someterla por obstrucción del accionar de una fuerza del orden, además de las graves lesiones que han sufrido nuestros agentes. Lamentablemente este lugar se ha llenado de periodistas y eso puede arruinar una larga labor de inteligencia que nuestro personal viene desarrollando. Mire, no acostumbro a hacer tratos con gente que ataca a nuestros hombres sin motivo, pero por esta vez, y le aseguro que es la última, vamos a dejar esto así, pero usted no puede hablar con la  prensa, ¿me entendió, señorita? Hay una investigación muy importante en curso y no podemos arriesgarla por un incidente como éste.
Yokaira asintió con la cabeza mientras entendía que detrás de esa amenaza había algo muy grande, seguramente una maniobra que a la DINAC no le convenía que se conociera.
Yokaira salió del lugar, acompañada del mayor Santana y de su amiga Alina, no respondió a ninguna pregunta de los periodistas que la rodearon y se preparó mentalmente para lo que vendría después.
El papá de Alina, el mayor Emeterio Santana Guridis, alias “Doblefeo”, escuchó con atención el relato de la muchacha, miró varias veces hacia atrás mientras acomodaba la pistola que llevaba en la cintura.
-¡Oh! ¿Pero y qué fue, papi? Deja tu paranoia hombe- le reprendió Alina cariñosamente.
El veterano policía sonrió ante el reproche de su hija.
-Ustedes son un caso serio- dijo mientras meneaba la cabeza.
El celular de Yokaira comenzó a sonar insistentemente.
-Ay, no, mami, no me pasó nada… no, no me pusieron presa ni me van a mandar a la cárcel… pero no… fue un malentendido, sí, yo creí que iban a atracar al profesor Batista… no mami, no me dispararon, mira, yo te explico ahora, estamos llevando al papá de Alina a su casa y después vamos para allá… pero no… tranquilízate… sí, está bien… vamos a comer a casa, sí.
Alina comenzó a maniobrar con la sintonía de la radio hasta que encontró un programa en el que un octogenario locutor relataba el enfrentamiento de Yokaira con los dos hombres de la motocicleta.
-Estamos tratando de comunicarnos con el vocero de la Dirección Nacional de Combate al Narcotráfico y el Crimen Organizado, pero su asistente nos informa que el alto oficial todavía no regresó a su despacho… mientras tanto tenemos una llamada de una persona que dice haber presenciado el incidente… aló… cuéntele a la audiencia de este programa qué fue lo que sucedió señor…
La voz cascosa de un hombre se escuchó entre descargas de radio… eso parecía una vaina de una película, señor… esa joven cogió un palo que tenía un buscón y les cayó a golpes a eso do atracadore, porque para mí que ello iban a atracá a ese pobre hombre, y un oficial que se identificó como mayor de la policía les secuestró a lo do una funda negra con droga…
-¿Pero… usted está seguro de lo que dice?- preguntó el locutor.
-Segurísimo, señor, lo vi con mis propios ojos… y aquí hay un joven que trabaja en la clínica que filmó todo con su celular, sí señor… se ve hasta el panty rojo de esa muchacha que durmió de una patada a ese gorila que le quiso da un tiro…
Alina soltó una carcajada…
-Panty rojo… panty rojo… ¡Mire, vagamunda! Mostrando los panties como esas tigueronas de  Villa Mella, ¡Oh! ¿y para eso se fajó usted a estudiar derecho, eh? ¿Para andar enseñando su panty rojo en la calle? ¿Eh?
Yokaira soportó con una sonrisa la chicana de su amiga y siguió manejando hasta que el papá de Alina se bajó frente a su casa en Villas Agrícolas, y después enfilaron hacia Santo Domingo Oeste, a la casa de Bayona donde las recibió una preocupada Carmen que se lamentó de haber permitido que su hija aprendiera “esa vaina del karate ese”. 

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