Capítulo 1
Martes 10 de febrero de 2009
La
abogada Yokaira Melisa Espinal salió del edificio de la Dirección Nacional de
Migración poco antes de las diez de la mañana. Había retirado su pasaporte y
pensaba en ese momento en las vacaciones que se tomaría durante el feriado
largo de Semana Santa. Cuando llegaba al Toyota Corolla 2005 rojo que había
estacionado en el parqueo de atrás del edificio sonó su celular.
-Dímelo
Vani.
-¿En
dónde tú estás?
-Vuelvo
a la oficina ¿por qué? ¿Pasa algo?
-El
auto de papi se dañó, estoy aquí con él en la clínica Gómez Patiño, no he
podido conseguir un taxi y tengo que llevarlo a su casa, ya tú sabes…
-Está
bien, voy para allá.
Yokaira
enfiló hacia el malecón y se colocó detrás de una camioneta de doble cabina. En
la radio se oía una vieja canción de Camilo Sesto. Cuando el auto llegó a la
altura del imponente edificio de Malecón Center Yokaira frenó y vio pasar a dos
hombres montados en una motocicleta Yamaha, los dos eran morenos, no tenían
casco, usaban anteojos oscuros y vestían ropas nuevas. El que iba montado atrás
llevaba un paquete envuelto en un paño oscuro, como si fuera un enorme vendaje
que le cubriera por completo la mano derecha.
Yokaira
los vio doblar pese al semáforo en rojo en la avenida Máximo Gómez y después en
la avenida Independencia, hacia la derecha, y los vio detenerse con el motor en
marcha en la esquina de la clínica Gómez Patiño, junto a la verja del Palacio
de Bellas Artes. Llamó a Alina por su celular para decirle que había llegado
cuando vio por el retrovisor que el hombre montado en la parte de atrás de la
motocicleta sacaba una pistola.
Un
buscón, con su habitual palo de escoba en la mano, se acercó a hacerle saber
que debía pagarle por estacionarse en ese lugar donde él cuidaba los autos
cuando Yokaira vio salir de la clínica al viejo profesor Amadeo Batista,
abogado de larga trayectoria, doctor en derecho penal.
Todo
se aceleró a partir de ese momento.
El
motor arrancó con un chirrido de neumáticos, Yokaira se dio cuenta en ese
momento de que el objetivo de los hombres era el abogado que había sido su
profesor y al que ella admiraba. Le arrebató el palo al parqueador, cruzó la
calle a la carrera y cuando los hombres estaban casi frente al viejo abogado
golpeó con el palo al conductor de la moto, los hombres cayeron y la moto quedó
tirada en el pavimento con el motor en marcha. El que tenía la pistola se puso
de pie y quiso apuntarle pero el palo cayó sobre la mano y el disparo rebotó en
el piso. Antes de que el hombre pudiera moverse sintió un fuerte dolor en los
testículos que lo paralizó por completo y una patada en la mandíbula lo sumió
en la oscuridad.
Dos
guardias salieron del edificio del Palacio de Bellas Artes y se abrieron paso
entre el tumulto que se fue formando, y entonces apareció Alina, acompañada por
su padre, que se identificó como mayor de la policía y todos comenzaron a
calmarse.
Una
patrulla del cercano cuartel de Policía de la calle Bolívar llegó después y se
llevó a los hombres esposados.
El
profesor Batista, consternado y pálido por el susto y también por la sorpresa
ante la reacción de su ex alumna, tuvo que ser atendido por uno de los médicos
de la clínica pero llegó al cuartel acompañado por uno de sus hijos cuando
Yokaira daba su declaración ante un joven oficial que tecleaba con lentitud en
una vieja computadora.
Frente
al cuartel comenzaban a amontonarse autos con logos de periódicos y de canales
de televisión, un oficial ordenó que no permitieran entrar a nadie. Alguien
tocó la puerta de la oficinita en la que Yokaira daba su declaración y llamó
con una seña al oficial, que interrumpió su tecleo.
Yokaira
buscó en su cartera el celular para llamar a Alina, pero en ese momento
entraron a la oficina dos hombres, uno con insignias de coronel, el otro
vestido de civil, con un traje gris oscuro, camisa de color turquesa y corbata
roja tornasolada.
-Buenos
días- saludó Yokaira.
Ninguno
de los dos respondió al saludo. El hombre con insignias de coronel le preguntó
en tono cortante qué había pasado.
Yokaira
narró con lujo de detalles el incidente.
-Yo
venía por la avenida George Washington, tenía que recoger al mayor Santana y a
su hija, que es mi socia en el bufete que tenemos, ellos… pasaron a mi lado
frente a Malecon Center, doblaron en la Máximo Gómez y después volvieron a
doblar en la Independencia, se quedaron parados con el motor en marcha y
arrancaron justo cuando el doctor Batista salía de la clínica, el moreno que
venía atrás traía una pistola, se dirigieron directamente hacia donde estaba el
profesor Batista, lo primero que pensé fue que se trataba de un atentado… que
querían matarlo…
-¿En
algún momento le apuntaron con la pistola o hicieron algo para que usted
sintiera amenazada su integridad física?- interrumpió el hombre del traje gris
oscuro.
-No,
ni siquiera se dieron cuenta de que yo existía- respondió Yokaira.
Los
hombres se miraron entre sí. Ambos asintieron con la cabeza.
El
de civil carraspeó antes de hablar.
-Tengo
entendido, señorita Espinal, que no es la primera vez que usted se enfrenta a
efectivos de la DINAC…
Yokaira
le sostuvo la mirada.
-Para
que le quede claro- prosiguió –nuestros hombres perseguían a un narcotraficante
que había escapado en un carro muy parecido al del señor ese que usted dice que
defendió. En ningún momento pretendieron poner en riesgo la vida de nadie… ¡Por
Dios! Cualquiera pensaría que usted ve demasiadas películas. Lo que
correspondería en este caso es someterla por obstrucción del accionar de una
fuerza del orden, además de las graves lesiones que han sufrido nuestros
agentes. Lamentablemente este lugar se ha llenado de periodistas y eso puede
arruinar una larga labor de inteligencia que nuestro personal viene desarrollando.
Mire, no acostumbro a hacer tratos con gente que ataca a nuestros hombres sin
motivo, pero por esta vez, y le aseguro que es la última, vamos a dejar esto
así, pero usted no puede hablar con la
prensa, ¿me entendió, señorita? Hay una investigación muy importante en
curso y no podemos arriesgarla por un incidente como éste.
Yokaira
asintió con la cabeza mientras entendía que detrás de esa amenaza había algo
muy grande, seguramente una maniobra que a la DINAC no le convenía que se
conociera.
Yokaira
salió del lugar, acompañada del mayor Santana y de su amiga Alina, no respondió
a ninguna pregunta de los periodistas que la rodearon y se preparó mentalmente
para lo que vendría después.
El
papá de Alina, el mayor Emeterio Santana Guridis, alias “Doblefeo”, escuchó con
atención el relato de la muchacha, miró varias veces hacia atrás mientras
acomodaba la pistola que llevaba en la cintura.
-¡Oh!
¿Pero y qué fue, papi? Deja tu paranoia hombe- le reprendió Alina
cariñosamente.
El
veterano policía sonrió ante el reproche de su hija.
-Ustedes
son un caso serio- dijo mientras meneaba la cabeza.
El
celular de Yokaira comenzó a sonar insistentemente.
-Ay,
no, mami, no me pasó nada… no, no me pusieron presa ni me van a mandar a la
cárcel… pero no… fue un malentendido, sí, yo creí que iban a atracar al
profesor Batista… no mami, no me dispararon, mira, yo te explico ahora, estamos
llevando al papá de Alina a su casa y después vamos para allá… pero no…
tranquilízate… sí, está bien… vamos a comer a casa, sí.
Alina
comenzó a maniobrar con la sintonía de la radio hasta que encontró un programa
en el que un octogenario locutor relataba el enfrentamiento de Yokaira con los
dos hombres de la motocicleta.
-Estamos
tratando de comunicarnos con el vocero de la Dirección Nacional de Combate al
Narcotráfico y el Crimen Organizado, pero su asistente nos informa que el alto
oficial todavía no regresó a su despacho… mientras tanto tenemos una llamada de
una persona que dice haber presenciado el incidente… aló… cuéntele a la audiencia
de este programa qué fue lo que sucedió señor…
La
voz cascosa de un hombre se escuchó entre descargas de radio… eso parecía una vaina de una película,
señor… esa joven cogió un palo que tenía un buscón y les cayó a golpes a eso do
atracadore, porque para mí que ello iban a atracá a ese pobre hombre, y un
oficial que se identificó como mayor de la policía les secuestró a lo do una
funda negra con droga…
-¿Pero…
usted está seguro de lo que dice?- preguntó el locutor.
-Segurísimo, señor, lo vi con mis propios
ojos… y aquí hay un joven que trabaja en la clínica que filmó todo con su
celular, sí señor… se ve hasta el panty rojo de esa muchacha que durmió de una
patada a ese gorila que le quiso da un tiro…
Alina
soltó una carcajada…
-Panty
rojo… panty rojo… ¡Mire, vagamunda! Mostrando los panties como esas tigueronas
de Villa Mella, ¡Oh! ¿y para eso se fajó
usted a estudiar derecho, eh? ¿Para andar enseñando su panty rojo en la calle?
¿Eh?
Yokaira
soportó con una sonrisa la chicana de su amiga y siguió manejando hasta que el
papá de Alina se bajó frente a su casa en Villas Agrícolas, y después enfilaron
hacia Santo Domingo Oeste, a la casa de Bayona donde las recibió una preocupada
Carmen que se lamentó de haber permitido que su hija aprendiera “esa vaina del
karate ese”.
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