Consecuencia imprevista
Me molestó un poco
mi piel desnuda,
descubierta,
acaso fuera una secreta
envidia,
cuando salté de la cama
y vi que el viento agitaba
las cortinas,
pero a pesar de todo fui
feliz
cuando miré hacia el cielo
recortado en la ventana
-qué lejos, allá, tan alto-
se había hecho realidad
ese anhelo tuyo
tan largamente acariciado,
vi tu larga cabellera
que se confundía
con el lento batir
de tus alas recién
estrenadas
y entonces terminé de
entender
el porqué de esa insistencia
tuya
de estar con las pupilas
todo el tiempo hacia
arriba,
de perder la
mirada entre nubes
y copas de cipreses y
cornisas
y horizontes marinos.
Es bueno que a la gente que
amamos
se le cumplan los sueños,
me dije,
y cuando descubrí sobre la
almohada
la pequeña plumita
desprendida de tu espalda
me prometí que con ella
señalaría
la página de tu poema
favorito
de Delmira Agustini,
hasta que un viento de
septiembre
alguna vez
te devolviera desde el
Norte.

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