En esta historia aparecen mis amigos Yango, Hugo, el Tano Rossi y otros cumpas de aquellos años de alcaidía y cárcel federal U7...
Capítulo 11
Ciudad de Resistencia, Chaco, República Argentina viernes
22 de abril de 2011
La furgoneta con el logo de Abrasivos y Afines Salió de
la ciudad de Corrientes, avanzó por el puente General Belgrano y tomó la
avenida San Martín para dirigirse hacia la avenida Castelli, en la ciudad de
Resistencia, capital de la provincia del Chaco, Argentina. Eugenio Domínguez
Silva, Yango para los amigos, extrañaba a veces los días en que fumaba, sobre
todo cuando le tocaba viajar solo en esos meses previos al invierno. El
cigarrillo era un compañero incondicional, al que era mucho más fácil de
acceder que al mate en esos momentos en que la nostalgia se apoderaba de su
mente y los recuerdos se agolpaban, a veces al conjuro de una canción escuchada
en la radio, como la que sonaba ahora en una de las tantas FM de Resistencia,
una vieja versión, casi una reliquia, de “Mis noches sin ti” en la voz etérea
de Luis Alberto del Paraná, una de las más hermosas guaranias, posiblemente la
más conocida en todo el mundo, compuesta por el padre de la guarania, José
Asunción Flores…
Yango nació en 1958 en un pueblito perdido del Paraguay
que en aquella época se llamaba Puerto Stroessner, separado de la ciudad
brasileña de Foz do Iguazú por el río Paraná, y unido a esa ciudad por un
puente internacional. Con el destierro del dictador Alfredo Stroessner, que
tiranizó al Paraguay durante 35 años, todos los lugares, calles, plazas,
escuelas, hospitales y parajes que llevaban ese nombre fueron cambiando de
identidad, y Puerto Stroessner pasó a llamarse Ciudad del Este.
Pero en la memoria de Yango sobrevive todavía aquel
pequeño pueblito, donde algunos de los barrios se parecían a un paraje rural de
casas de adobe con techo de paja, poco menos que un rancherío, donde las únicas
calles asfaltadas y las pocas viviendas de lujo estaban en el centro, donde
había también unos cuantos bares, una pista de baile, el parque Elisa Lynch, un
pueblo donde los viejos hablaban en guaraní y los jóvenes se iban a Foz de
Iguazú, en Brasil, a buscar trabajo para regresar los fines de semana, y donde
los únicos que se enriquecían de la noche a la mañana eran los contrabandistas…
La cara delgada, curtida por los soles y las manos
todavía más curtidas del hombre que él solamente llamaba “El viejo” se dibujó
con nitidez en su mente mientras la furgoneta avanzaba por esa avenida y todo
su cuerpo se llenaba de la vieja alegría de estar adentrándose en territorio
conocido, en la tierra a la que sentía
pertenecer, aunque Yango era de muchos lugares.
Había vivido en Asunción, había pasado parte de su vida
en la ciudad de Eldorado, en la provincia de Misiones, y había sobrevivido poco
más de tres años en la Alcaidía Policial de Resistencia, como preso político
durante el “proceso de reorganización nacional”, una de las dictaduras más
sangrientas de toda la historia de América Latina…
Cuando dobló a la derecha en la avenida Castelli, hacia
el Oeste, en la radio comenzó a sonar otra guarania tan hermosa, tan armoniosa
y melódica como la que había escuchado unos momentos antes… fue repitiendo
mentalmente en guaraní los versos entonados en castellano por la voz de un
joven cantante desconocido… En las noches
tristes de mi orfandad voy buscándote/ y en la inmensidad del lejano azul donde
tú estarás… Yango vuelve a ver a su hermana Viryi, hermosa con aquella
larga cabellera que era como una catarata de color castaño… habían terminado de
encender un fuego de leña en el patio de la casa, bajo el enorme timbó, un
árbol de no muy alta estatura pero de copa muy ancha y hojas alargadas…
Virginia tenía en esos días poco más de trece o tal vez catorce años… desde aquella vez que nuestro señor te
cerró los ojos/ truncando la fe de mi adoración que en ti yo forjé… una
adolescencia temprana atravesaba su alma simple y un sueño de vestido y de
zapatos nuevos bailaba en su mente de nena pobre, como ahora bailan las notas
de la canción Oración azul y también los recuerdos en el alma de Yango… Como el incienso ésta mi canción llegará
hasta ti/ a besar tu frente y rezarte así mi oración azul/ armonía sutil de mi
inspiración hija de mis penas/ mi oración azul llévale en tu son mi
recordación… Viryi soplaba el fuego y la leñita seca ardía y hacía llamitas
que el viento alimentaba, entonces ella arrima una banqueta de madera hecha con
un tronco que “El Viejo” talló a machetazos, hasta darle la forma que tiene,
porque ese viejo trabaja la madera como si fuera una arcilla, Viryi estira con
los dedos las bolas de masa de harina, huevo y grasa y les da una forma plana y
casi circular, le hace un agujerito en el medio a cada torta y las pone a freír
en grasa caliente mientras Yango coloca una ennegrecida lata de duraznos y la
llena con agua, espera a que hierva y le agrega varias cucharadas de yerba mate
y, cuando el agua hace espuma, quita la lata del fuego con un trapo mojado,
deja que la yerba se asiente en el fondo y cuela la mezcla, el mate cocido, en
dos pocillos enlozados de color azul, después los hermanos se sientan a la
sombra del timbó y la merienda de mate cocido y “chipacuerito” es una delicia
que a la pobreza en que transcurren sus días les sabe a banquete… muchos años
después Yango recordará esos días, como ahora mismo los está recordando, con
una mezcla de nostalgia y pena, pero también con alivio y alegría, porque al
fin de cuentas la vida no ha sido tan mala con él, con Viryi, con el resto de
la familia… y Yango siente que en el fondo es feliz porque está vivo y porque
ya casi no conoce el miedo…
La canción que alguna vez compuso Herminio Giménez, un
vagabundo, un soñador como tantos paraguayos a los que la dictadura feroz de
Stroessner obligó a buscar refugio en el exilio, dejó de sonar y Yango apagó la
radio porque el celular sonaba con la melodía que Eduardo le había colocado
para identificar las llamadas de Ivana.
-Decime che, muchachita…
-Yango, ¿ya estás en Resistencia?
-Estoy llegando, Ivana, ¿pasa algo?
-Bueno… no, nada en especial, me pareció que las fotos
que te mostré la otra vez no te convencieron del todo, pero… bueno… hay cosas
que me gustaría conversar con vos… ¿te parece que podrías venir a casa esta
noche? Podés traerlo al Hugo si querés…
Yango permaneció en silencio un instante. Que ella le
ofreciera que llevara a Hugo a su casa… ¿qué estará pasando con esta mina? Se
preguntó.
-Mirá, Silvana, estoy llegando recién a Resistencia,
necesito hacer una siestita… yo te llamo, tipo cinco de la tarde, y ahí
arreglamos ¿sí?
-Dale, pero llamame, mirá que es importante para mí, yo
pongo la carne al horno, el vino, todo… ¿me escuchaste? yo invito…
-Está bien, sí, no te preocupés…
Kita cocinó ese mediodía de viernes unos tallarines con
peceto mechado con ajo y perejil en salsa de tomate, y después de ese manjar
bien regado y luego unos mates, Yango se recostó en un su sillón favorito y se
quedó dormido.
Eran las tres de la tarde cuando Ivana salía del
supermercado de la esquina de avenida Alberdi con la calle Juan Perón, con
Fernando que la ayudaba a cargar las bolsas con las compras que había hecho
para esa noche, porque ella descontaba que Yango no dejaría de ir. Había
suspendido sus clases de esa tarde en la Escuela de Música porque necesitaba
prepararse para hablar con Yango, y también con Hugo.
Condujo en silencio y cuando llegaron a la casa Fernando
comenzó a guardar las cosas en la heladera, en la alacena, limpió y dejó todo
reluciente y se sentó en un sofá a tocar la guitarra. Ella reconoció los
acordes iniciales del Capricho número 24 de Paganini, se quedó parada un
momento, siguió los compases con movimientos de cabeza, frunció el entrecejo
cuando comprobó que la velocidad era la correcta… ha mejorado mucho, pensó ella cuando escuchó el fraseo a la mitad
de la composición y el pizzicato que era uno de los recursos más difíciles de
ejecutar con la guitarra… hace un año no
hubiera podido hacer eso… y en ese momento se estremeció al darse cuenta de
que hacía más de un año que Fernando era su alumno y su… nuevamente se negó a
definir el tipo de relación que mantenía con él y en ese momento él ejecutó el
final de la composición, con un sonido tan perfecto que ella sonrió, y se dio
cuenta de que había sonreído después de haber sonreído, y quiso recomponerse y
adoptar de nuevo su actitud inconmovible, como de una amazona que se presenta
en todo momento con su escudo, con su lanza y con su espada en la cintura… pero
él dejó la guitarra sobre el sofá, como si hubiera depositado a un niño
dormido, y la tomó en sus brazos…
-No… Fernando… no…
Pero él le cerró la boca con un beso y ella quiso
resistir al principio hasta que en pocos segundos se encontró ofreciendo sus
labios y sintió que su vestido se deslizaba y que todo o casi todo cuanto había
en ese mínimo mundo circundante que era la sala solitaria de su casa
desaparecía por unos pocos instantes y, como la primera vez que Fernando la
poseyó o ella permitió que él la poseyera, terminaron desnudos sobre la
alfombra y ella dejó que él soñara y viajara sobre su piel, hasta que cuando su
deseo fue casi un dolorcito se montó sobre ese cuerpo joven, tardó en encontrar
su ritmo pero cuando lo consiguió el
placer se multiplicó hasta alcanzar un orgasmo tan intenso que no pudo evitar
los gemidos parecidos al grito que brotaron de su garganta, sintió que él había
eyaculado pero seguía moviéndose porque se había vuelto a encender casi a los
pocos segundos y eso la volvió a excitar de tal manera que, aunque él casi
había dejado de moverse porque había acabado por segunda vez, continuó
arqueando su cintura sobre ese cuerpo hasta que un segundo orgasmo, menos
potente pero igualmente placentero, le coloreaba las mejillas, le endurecía los
pezones y la obligaba a respirar con la boca totalmente abierta y todo el
cuerpo tembloroso y agitado, como si hubiera trepado una montaña a la carrera…
Permanecieron abrazados sobre la alfombra durante unos
minutos, ella supo en ese momento que no podría dormirse porque, aunque su
cuerpo estaba agotado por los dos orgasmos, su mente estaba completamente
lúcida y trabajaba de manera acelerada. Apoyó la cabeza sobre el pecho de él y
cerró los ojos mientras disfrutaba de la sensación de calma que le producía la
respiración acompasada de ese hombre que la había hecho vibrar de una manera
mucho más violenta que a la guitarra en la que había tocado una de las composiciones
más difíciles que existían.
Sentía que sus mejillas recobraban su color habitual, se
apretó contra él para retener por un momento más esa tibieza húmeda que llenaba
su sexo y se puso a pensar cómo comenzaría a hilvanar el relato que tendría que
hacerles a Yango y a Hugo, a Kita, si es que venía, a Romy, la esposa de Hugo…
en eso estaba cuando sonó su celular…
-Sí, te escucho Yango- dijo mientras se sentaba en la
alfombra junto a Fernando, que ya había despertado.
-Sí, traé a quien vos quieras, armamos una comida, aunque
me gustaría hablar más bien con vos y con Hugo ¿viste? Porque me parece que
Hugo es el que más conoce de algunos elementos que…
Fernando se sentó con las piernas encogidas y ahogó un
bostezo.
Ella lo miró a los ojos, hizo un mohín de complicidad y
se puso de pie. Él la siguió hasta el baño y se dieron una ducha.
-Mi amor… te vas a tener que ir… viene gente de visita y…
-Ajá- respondió él tratando de no demostrar ninguna
emoción, pero ella supo que eso lo disgustaba. De todos modos no había lugar
para los celos, no después de los momentos casi volcánicos que acababan de
pasar, y que ella mentalmente se dijo que no tendrían que haber sucedido, pero
también pensó, mientras buscaba ropa en su habitación y él terminaba de
vestirse en la sala, que todo se acercaba a su fin y que, cuando él estuviera
instalado en Buenos Aires y las porteñas le echaran el ojo, seguramente
encontraría a una chica de su edad a la que podría exigirle explicaciones en
una relación menos dispar y menos atípica que la que mantenía con ella.
Salió de la habitación envuelta en una toalla y se
despidió de él con un beso, no le preguntó, jamás le preguntaba, qué pensaba
hacer, si iría a la casa de su padre durante el fin de semana, si vendría en
caso de que se quedara en la ciudad. Quiso darle dinero por si lo necesitaba,
pero él lo rechazó, como siempre hacía.
Ivana tomó su violín y comenzó a tocar el “rondo alla rustica” del concierto en sol mayor opus
51 de Vivaldi, siguió con el Capricho número 7 de Paganini y continuó con el
minueto número 1 de Bach, continuó después con un “largo e pianíssimo sempre”
de La Primavera de Vivaldi, y cuando se dio cuenta de que estaba tocando el
violín desnuda lo guardó en su estuche y se vistió con pantalones vaqueros,
zapatillas deportivas, una camiseta de algodón bien suelta, y comenzó a sazonar
el pollo, puso a hervir papas y zanahorias para preparar una ensalada, y
después cargó el termo con agua caliente, cargó la yerba en el poronguito que
Fernando le había regalado alguna vez, colocó la bombilla despacito, para no
tener la sorpresa de que se filtraran fibras, y comenzó a tomar mate.
Yango y Hugo llegaron antes de las siete de la tarde.
-Kita fue a buscar a Eduardo- Explicó el paraguayo.
Ambos se sentaron en la sala, Ivana renovó la yerba del
mate y colocó un CD en el reproductor de DVD.
-Vamos a ir directamente al grano muchachos- dijo al
tiempo que aparecía la primera foto en la pantalla del televisor.
-¿Saben lo que es esto?
Hugo frunció el entrecejo antes de responder.
-Sí, es el escudo Ustacha. Fue una república nacionalista
que existió en Croacia durante la segunda guerra, eran pronazis…
-Ajá- dijo Yango mientras le pasaba un mate humeante a
Ivana.
-¿Sabés quién era este tipo, Hugo?
En la foto en blanco y negro se veía a un hombre vestido
con ropas de obispo, una capa de seda brillante le cubría los hombros, tenía
los ojos claros y la nariz aguileña, una media sonrisa iluminaba su cara y toda
su expresión denotaba una seguridad y hasta un aura de poder…
-No me viene el apellido ahora, pero sí me acuerdo que
fue juzgado en Nüremberg, en el juicio que se les hizo a los nazis después de
la guerra, y volvió a Croacia, creo.
-Volvió a su iglesia, siguió ahí y murió en Croacia, era
cardenal y no perdió nunca su… su título, pero eso no es todo, Juan Pablo II lo
nombró beato mártir ¿pueden creerlo? Se llamaba Aloysius Stepinac… ahora vean
esto…
En la foto, también en blanco y negro aparecían dos
hombres, uno a cada lado del mismo personaje de la imagen anterior, ambos
uniformados con ropas de oficiales, pantalones de montar, botas de media caña
relucientes y sables colgados de la cintura.
-El de la derecha se llamaba Dinco Sakic, fue el jefe de
un campo de concentración en Janosevac en la segunda guerra, un campo de
exterminio, obviamente. El de la izquierda es Radovan Panzic, aunque cuando
llegó a la Argentina, en 1946, entró con documentos italianos, de hecho yo lo
conocí como Alfio Bruno Togneri, era mecánico y trabajó toda su vida en un
taller muy grande en Belgrano. Estaba en un geriátrico de la provincia de
Buenos Aires, tiene que haber muerto ya, cuando yo descubrí mi verdadera
historia me desentendí de él por completo… es el padre de mi apropiador, o sea
que en mi infancia yo lo llamaba abuelo…
-Al Sakic ese lo descubrieron acá, en la Argentina, y lo
deportaron en 1998, yo me acuerdo de eso- recordó Hugo.
Las fotos que aparecieron después ya eran en colores,
mostraban a una familia de clase media, en la que Yango y Hugo reconocieron de
una vez el rostro de ella. El hombre y la mujer que aparecían en la imagen
sonreían y toda la instantánea daba la sensación de estar ante una familia
feliz captada en un momento muy especial. La mujer era muy bella, tenía el
peinado típico de las muchachas de los años ochenta, una larga melena negra y
brillosa, la piel blanca y los ojos almendrados, y el hombre estaba peinado de
una manera más bien desusada para esa época, el rostro completamente afeitado,
la camisa blanca perfectamente planchada, tanto Hugo como Yango notaron
enseguida el parecido con uno de los uniformados que aparecían en la imagen
junto al obispo que acababan de ver.
-Es mi apropiador, es el hombre que me hizo creer que esa
mujer era mi madre, que ese chico que está ahí era mi hermano mellizo, el hijo
de puta que la mató- dijo y su voz se quebró por un momento, pero se recompuso.
-Ahora quiero que vean esto. Estas fotos las robé de la
computadora, de la Ipad de una chica que conocí en Buenos Aires hace dos
semanas, más o menos…Vos ya las viste Yango, pero quiero que las observes bien…
En la primera imagen aparecía un viejo que gesticulaba
enojado, se notaba en la expresión de su cara que estaba muy molesto. En la
segunda imagen se veía al mismo hombre, vestido con el mismo mameluco engrasado
en el momento en que subía por la escalerilla de un yate, en la tercera se lo
veía de pie sobre la cubierta, la cuarta era una ampliación, un detalle del
hombro del anciano, en la que se veía la misma figura que Ivana les había
enseñado a ambos al principio, tatuada en la piel del viejo.
-Esto no me cuadra- dijo Hugo -¿vos crees que ese viejo,
con ese tatuaje, es el mismo que aparece con vos y tu hermano y tu vieja en la
otra foto?
Ivana se puso de pie, sacó de una caja de madera que
tenía varios cerrojos un viejo álbum de fotos y se lo pasó. Hugo fue hojeando
los folios plastificados con imágenes tomadas en los años ochenta, otras en los
noventa…
-Decime una cosa, Hugo… a ver si notás un pequeño
detalle- dijo ella.
Hugo terminó de hojear el álbum y la miró a la cara.
-Hmm no sé, no, ¿a qué te referís?
-Él casi no aparece en las fotos, y no sé si te fijaste
además, que hay muchas fotos despegadas ¿viste?
-Ajá…
-Esas son las que él se llevó, se ve que él preparó todo
con mucha anticipación, pero así como hay cosas que a vos no te cuadran, a mí
tampoco me cuadran… él era un “facho”, un nazi, tengo otros dos álbumes, que no
los puedo mostrar y no quiero despegar fotos de ahí, tiene varias páginas
llenas de símbolos nazis… pero decime a ver, ¿qué es lo que no te cuadra?
Hugo pensó un momento…
-Vamos a suponer, mejor dicho vos suponés, que ese
viejito de la foto es él ¿no es cierto? ¿Quién tomó esas fotos? ¿Dónde las
tomaron?
-En la República Dominicana, en una playa, la chica que
las tomó me dice que él… arregla motores de lanchas, que vive solo y es un
solitario, ¿pero vos te lo imaginás a él, un maniático de la limpieza,
ensuciándose con grasa, con aceite de motores?
-Y no solamente eso- agregó Hugo –me cuesta más
imaginarme a un nazi con un tatuaje, y no solamente eso, viviendo precisamente
en el Caribe, en un país donde la mayoría de la gente es negra…
-Bueno… eso como que no es tan… no sé, tan raro, me
parece, si vamos al caso mirá, Paraguay es un país de negros también, se habla
guaraní, hay montones de indios en algunos lugares, y eso está lleno de fachos,
y no hablemos de Brasil- acotó Yango mientras se encogía de hombros.
-Mi interpretación es ésta- replicó Ivana –vamos a
suponer que lo que vos querés es perderte en un lugar donde nadie te conozca
¿no es cierto? Eso es fácil, te vas a Chile, a Brasil, a la Cochinchina, donde
sea, pero si además de eso querés borrar todas las huellas de tu pasado, lo que
vas a hacer es cambiar todo, todo… ¿verdad? Si nunca te ensuciabas, por
ejemplo, vas a andar sucio, por lo menos donde todos te vean, hasta te vas a
hacer un tatuaje, como hizo él, te vas a ir como él, a un país de negros y vas
a andar entre ellos como si nada…
-Pero… ¿y el tatuaje?- inquirió Hugo…
-Eso… en sicología se conoce como acto fallido, pero
también es una marca de identidad, un símbolo, es como una… como una marca tribal…
como esos llaveros chiquititos que usan las lesbianas, no sé si vos sabías que
una marca distintiva de las lesbianas es el hacha de doble hoja, es un símbolo
cretense en realidad…
-Las lesbianas tienen varios símbolos, algunas usan la
letra griega lambda, se la tatúan o la usan en llaveros- dijo Yango –pero
bueno, yo creo que nos estamos dispersando un poco, la cuestión me parece que
es ésta; vamos a suponer que ese hombre que está en la República Dominicana es
tu… tu apropiador; ¿qué es lo que vos querés hacer, Ivana?
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