miércoles, 18 de febrero de 2015

Escritos de un Negro Peronista

Cae la tarde sobre Santo Domingo, comienza a refrescar... aquí comparto un capítulo de otra de mis novelas, La marca del verdugo la historia de cómo un encuentro casual con una joven dominicana en Buenos Aires, será el comienzo de una amistad que ayudará a la abogada y violinista argentina Danka Ivana Togneri, hija de desaparecidos, a hallar el rastro de su apropiador, un represor y torturador prófugo...
En esta historia aparecen mis amigos Yango, Hugo, el Tano Rossi y otros cumpas de aquellos años de alcaidía y cárcel federal U7...


Capítulo 11
Ciudad de Resistencia, Chaco, República Argentina viernes 22 de abril de 2011
La furgoneta con el logo de Abrasivos y Afines Salió de la ciudad de Corrientes, avanzó por el puente General Belgrano y tomó la avenida San Martín para dirigirse hacia la avenida Castelli, en la ciudad de Resistencia, capital de la provincia del Chaco, Argentina. Eugenio Domínguez Silva, Yango para los amigos, extrañaba a veces los días en que fumaba, sobre todo cuando le tocaba viajar solo en esos meses previos al invierno. El cigarrillo era un compañero incondicional, al que era mucho más fácil de acceder que al mate en esos momentos en que la nostalgia se apoderaba de su mente y los recuerdos se agolpaban, a veces al conjuro de una canción escuchada en la radio, como la que sonaba ahora en una de las tantas FM de Resistencia, una vieja versión, casi una reliquia, de “Mis noches sin ti” en la voz etérea de Luis Alberto del Paraná, una de las más hermosas guaranias, posiblemente la más conocida en todo el mundo, compuesta por el padre de la guarania, José Asunción Flores…
Yango nació en 1958 en un pueblito perdido del Paraguay que en aquella época se llamaba Puerto Stroessner, separado de la ciudad brasileña de Foz do Iguazú por el río Paraná, y unido a esa ciudad por un puente internacional. Con el destierro del dictador Alfredo Stroessner, que tiranizó al Paraguay durante 35 años, todos los lugares, calles, plazas, escuelas, hospitales y parajes que llevaban ese nombre fueron cambiando de identidad, y Puerto Stroessner pasó a llamarse Ciudad del Este.
Pero en la memoria de Yango sobrevive todavía aquel pequeño pueblito, donde algunos de los barrios se parecían a un paraje rural de casas de adobe con techo de paja, poco menos que un rancherío, donde las únicas calles asfaltadas y las pocas viviendas de lujo estaban en el centro, donde había también unos cuantos bares, una pista de baile, el parque Elisa Lynch, un pueblo donde los viejos hablaban en guaraní y los jóvenes se iban a Foz de Iguazú, en Brasil, a buscar trabajo para regresar los fines de semana, y donde los únicos que se enriquecían de la noche a la mañana eran los contrabandistas…
La cara delgada, curtida por los soles y las manos todavía más curtidas del hombre que él solamente llamaba “El viejo” se dibujó con nitidez en su mente mientras la furgoneta avanzaba por esa avenida y todo su cuerpo se llenaba de la vieja alegría de estar adentrándose en territorio conocido,  en la tierra a la que sentía pertenecer, aunque Yango era de muchos lugares.
Había vivido en Asunción, había pasado parte de su vida en la ciudad de Eldorado, en la provincia de Misiones, y había sobrevivido poco más de tres años en la Alcaidía Policial de Resistencia, como preso político durante el “proceso de reorganización nacional”, una de las dictaduras más sangrientas de toda la historia de América Latina…
Cuando dobló a la derecha en la avenida Castelli, hacia el Oeste, en la radio comenzó a sonar otra guarania tan hermosa, tan armoniosa y melódica como la que había escuchado unos momentos antes… fue repitiendo mentalmente en guaraní los versos entonados en castellano por la voz de un joven cantante desconocido… En las noches tristes de mi orfandad voy buscándote/ y en la inmensidad del lejano azul donde tú estarás… Yango vuelve a ver a su hermana Viryi, hermosa con aquella larga cabellera que era como una catarata de color castaño… habían terminado de encender un fuego de leña en el patio de la casa, bajo el enorme timbó, un árbol de no muy alta estatura pero de copa muy ancha y hojas alargadas… Virginia tenía en esos días poco más de trece o tal vez catorce años… desde aquella vez que nuestro señor te cerró los ojos/ truncando la fe de mi adoración que en ti yo forjé… una adolescencia temprana atravesaba su alma simple y un sueño de vestido y de zapatos nuevos bailaba en su mente de nena pobre, como ahora bailan las notas de la canción Oración azul y también los recuerdos en el alma de Yango… Como el incienso ésta mi canción llegará hasta ti/ a besar tu frente y rezarte así mi oración azul/ armonía sutil de mi inspiración hija de mis penas/ mi oración azul llévale en tu son mi recordación… Viryi soplaba el fuego y la leñita seca ardía y hacía llamitas que el viento alimentaba, entonces ella arrima una banqueta de madera hecha con un tronco que “El Viejo” talló a machetazos, hasta darle la forma que tiene, porque ese viejo trabaja la madera como si fuera una arcilla, Viryi estira con los dedos las bolas de masa de harina, huevo y grasa y les da una forma plana y casi circular, le hace un agujerito en el medio a cada torta y las pone a freír en grasa caliente mientras Yango coloca una ennegrecida lata de duraznos y la llena con agua, espera a que hierva y le agrega varias cucharadas de yerba mate y, cuando el agua hace espuma, quita la lata del fuego con un trapo mojado, deja que la yerba se asiente en el fondo y cuela la mezcla, el mate cocido, en dos pocillos enlozados de color azul, después los hermanos se sientan a la sombra del timbó y la merienda de mate cocido y “chipacuerito” es una delicia que a la pobreza en que transcurren sus días les sabe a banquete… muchos años después Yango recordará esos días, como ahora mismo los está recordando, con una mezcla de nostalgia y pena, pero también con alivio y alegría, porque al fin de cuentas la vida no ha sido tan mala con él, con Viryi, con el resto de la familia… y Yango siente que en el fondo es feliz porque está vivo y porque ya casi no conoce el miedo…
La canción que alguna vez compuso Herminio Giménez, un vagabundo, un soñador como tantos paraguayos a los que la dictadura feroz de Stroessner obligó a buscar refugio en el exilio, dejó de sonar y Yango apagó la radio porque el celular sonaba con la melodía que Eduardo le había colocado para identificar las llamadas de Ivana.
-Decime che, muchachita…
-Yango, ¿ya estás en Resistencia?
-Estoy llegando, Ivana, ¿pasa algo?
-Bueno… no, nada en especial, me pareció que las fotos que te mostré la otra vez no te convencieron del todo, pero… bueno… hay cosas que me gustaría conversar con vos… ¿te parece que podrías venir a casa esta noche? Podés traerlo al Hugo si querés…
Yango permaneció en silencio un instante. Que ella le ofreciera que llevara a Hugo a su casa… ¿qué estará pasando con esta mina? Se preguntó.
-Mirá, Silvana, estoy llegando recién a Resistencia, necesito hacer una siestita… yo te llamo, tipo cinco de la tarde, y ahí arreglamos ¿sí?
-Dale, pero llamame, mirá que es importante para mí, yo pongo la carne al horno, el vino, todo… ¿me escuchaste? yo invito…
-Está bien, sí, no te preocupés…
Kita cocinó ese mediodía de viernes unos tallarines con peceto mechado con ajo y perejil en salsa de tomate, y después de ese manjar bien regado y luego unos mates, Yango se recostó en un su sillón favorito y se quedó dormido.
Eran las tres de la tarde cuando Ivana salía del supermercado de la esquina de avenida Alberdi con la calle Juan Perón, con Fernando que la ayudaba a cargar las bolsas con las compras que había hecho para esa noche, porque ella descontaba que Yango no dejaría de ir. Había suspendido sus clases de esa tarde en la Escuela de Música porque necesitaba prepararse para hablar con Yango, y también con Hugo.

Condujo en silencio y cuando llegaron a la casa Fernando comenzó a guardar las cosas en la heladera, en la alacena, limpió y dejó todo reluciente y se sentó en un sofá a tocar la guitarra. Ella reconoció los acordes iniciales del Capricho número 24 de Paganini, se quedó parada un momento, siguió los compases con movimientos de cabeza, frunció el entrecejo cuando comprobó que la velocidad era la correcta… ha mejorado mucho, pensó ella cuando escuchó el fraseo a la mitad de la composición y el pizzicato que era uno de los recursos más difíciles de ejecutar con la guitarra… hace un año no hubiera podido hacer eso… y en ese momento se estremeció al darse cuenta de que hacía más de un año que Fernando era su alumno y su… nuevamente se negó a definir el tipo de relación que mantenía con él y en ese momento él ejecutó el final de la composición, con un sonido tan perfecto que ella sonrió, y se dio cuenta de que había sonreído después de haber sonreído, y quiso recomponerse y adoptar de nuevo su actitud inconmovible, como de una amazona que se presenta en todo momento con su escudo, con su lanza y con su espada en la cintura… pero él dejó la guitarra sobre el sofá, como si hubiera depositado a un niño dormido, y la tomó en sus brazos…
-No… Fernando… no…
Pero él le cerró la boca con un beso y ella quiso resistir al principio hasta que en pocos segundos se encontró ofreciendo sus labios y sintió que su vestido se deslizaba y que todo o casi todo cuanto había en ese mínimo mundo circundante que era la sala solitaria de su casa desaparecía por unos pocos instantes y, como la primera vez que Fernando la poseyó o ella permitió que él la poseyera, terminaron desnudos sobre la alfombra y ella dejó que él soñara y viajara sobre su piel, hasta que cuando su deseo fue casi un dolorcito se montó sobre ese cuerpo joven, tardó en encontrar su  ritmo pero cuando lo consiguió el placer se multiplicó hasta alcanzar un orgasmo tan intenso que no pudo evitar los gemidos parecidos al grito que brotaron de su garganta, sintió que él había eyaculado pero seguía moviéndose porque se había vuelto a encender casi a los pocos segundos y eso la volvió a excitar de tal manera que, aunque él casi había dejado de moverse porque había acabado por segunda vez, continuó arqueando su cintura sobre ese cuerpo hasta que un segundo orgasmo, menos potente pero igualmente placentero, le coloreaba las mejillas, le endurecía los pezones y la obligaba a respirar con la boca totalmente abierta y todo el cuerpo tembloroso y agitado, como si hubiera trepado una montaña a la carrera…
Permanecieron abrazados sobre la alfombra durante unos minutos, ella supo en ese momento que no podría dormirse porque, aunque su cuerpo estaba agotado por los dos orgasmos, su mente estaba completamente lúcida y trabajaba de manera acelerada. Apoyó la cabeza sobre el pecho de él y cerró los ojos mientras disfrutaba de la sensación de calma que le producía la respiración acompasada de ese hombre que la había hecho vibrar de una manera mucho más violenta que a la guitarra en la que había tocado una de las composiciones más difíciles que existían.
Sentía que sus mejillas recobraban su color habitual, se apretó contra él para retener por un momento más esa tibieza húmeda que llenaba su sexo y se puso a pensar cómo comenzaría a hilvanar el relato que tendría que hacerles a Yango y a Hugo, a Kita, si es que venía, a Romy, la esposa de Hugo… en eso estaba cuando sonó su celular…
-Sí, te escucho Yango- dijo mientras se sentaba en la alfombra junto a Fernando, que ya había despertado.
-Sí, traé a quien vos quieras, armamos una comida, aunque me gustaría hablar más bien con vos y con Hugo ¿viste? Porque me parece que Hugo es el que más conoce de algunos elementos que…
Fernando se sentó con las piernas encogidas y ahogó un bostezo.
Ella lo miró a los ojos, hizo un mohín de complicidad y se puso de pie. Él la siguió hasta el baño y se dieron una ducha.
-Mi amor… te vas a tener que ir… viene gente de visita y…
-Ajá- respondió él tratando de no demostrar ninguna emoción, pero ella supo que eso lo disgustaba. De todos modos no había lugar para los celos, no después de los momentos casi volcánicos que acababan de pasar, y que ella mentalmente se dijo que no tendrían que haber sucedido, pero también pensó, mientras buscaba ropa en su habitación y él terminaba de vestirse en la sala, que todo se acercaba a su fin y que, cuando él estuviera instalado en Buenos Aires y las porteñas le echaran el ojo, seguramente encontraría a una chica de su edad a la que podría exigirle explicaciones en una relación menos dispar y menos atípica que la que mantenía con ella.
Salió de la habitación envuelta en una toalla y se despidió de él con un beso, no le preguntó, jamás le preguntaba, qué pensaba hacer, si iría a la casa de su padre durante el fin de semana, si vendría en caso de que se quedara en la ciudad. Quiso darle dinero por si lo necesitaba, pero él lo rechazó, como siempre hacía.
Ivana tomó su violín y comenzó a tocar el “rondo  alla rustica” del concierto en sol mayor opus 51 de Vivaldi, siguió con el Capricho número 7 de Paganini y continuó con el minueto número 1 de Bach, continuó después con un “largo e pianíssimo sempre” de La Primavera de Vivaldi, y cuando se dio cuenta de que estaba tocando el violín desnuda lo guardó en su estuche y se vistió con pantalones vaqueros, zapatillas deportivas, una camiseta de algodón bien suelta, y comenzó a sazonar el pollo, puso a hervir papas y zanahorias para preparar una ensalada, y después cargó el termo con agua caliente, cargó la yerba en el poronguito que Fernando le había regalado alguna vez, colocó la bombilla despacito, para no tener la sorpresa de que se filtraran fibras, y comenzó a tomar mate.
Yango y Hugo llegaron antes de las siete de la tarde.
-Kita fue a buscar a Eduardo- Explicó el paraguayo.
Ambos se sentaron en la sala, Ivana renovó la yerba del mate y colocó un CD en el reproductor de DVD.
-Vamos a ir directamente al grano muchachos- dijo al tiempo que aparecía la primera foto en la pantalla del televisor.
-¿Saben lo que es esto?
Hugo frunció el entrecejo antes de responder.
-Sí, es el escudo Ustacha. Fue una república nacionalista que existió en Croacia durante la segunda guerra, eran pronazis…
-Ajá- dijo Yango mientras le pasaba un mate humeante a Ivana.
-¿Sabés quién era este tipo, Hugo?
En la foto en blanco y negro se veía a un hombre vestido con ropas de obispo, una capa de seda brillante le cubría los hombros, tenía los ojos claros y la nariz aguileña, una media sonrisa iluminaba su cara y toda su expresión denotaba una seguridad y hasta un aura de poder…
-No me viene el apellido ahora, pero sí me acuerdo que fue juzgado en Nüremberg, en el juicio que se les hizo a los nazis después de la guerra, y volvió a Croacia, creo.
-Volvió a su iglesia, siguió ahí y murió en Croacia, era cardenal y no perdió nunca su… su título, pero eso no es todo, Juan Pablo II lo nombró beato mártir ¿pueden creerlo? Se llamaba Aloysius Stepinac… ahora vean esto…
En la foto, también en blanco y negro aparecían dos hombres, uno a cada lado del mismo personaje de la imagen anterior, ambos uniformados con ropas de oficiales, pantalones de montar, botas de media caña relucientes y sables colgados de la cintura.
-El de la derecha se llamaba Dinco Sakic, fue el jefe de un campo de concentración en Janosevac en la segunda guerra, un campo de exterminio, obviamente. El de la izquierda es Radovan Panzic, aunque cuando llegó a la Argentina, en 1946, entró con documentos italianos, de hecho yo lo conocí como Alfio Bruno Togneri, era mecánico y trabajó toda su vida en un taller muy grande en Belgrano. Estaba en un geriátrico de la provincia de Buenos Aires, tiene que haber muerto ya, cuando yo descubrí mi verdadera historia me desentendí de él por completo… es el padre de mi apropiador, o sea que en mi infancia yo lo llamaba abuelo…
-Al Sakic ese lo descubrieron acá, en la Argentina, y lo deportaron en 1998, yo me acuerdo de eso- recordó Hugo.
Las fotos que aparecieron después ya eran en colores, mostraban a una familia de clase media, en la que Yango y Hugo reconocieron de una vez el rostro de ella. El hombre y la mujer que aparecían en la imagen sonreían y toda la instantánea daba la sensación de estar ante una familia feliz captada en un momento muy especial. La mujer era muy bella, tenía el peinado típico de las muchachas de los años ochenta, una larga melena negra y brillosa, la piel blanca y los ojos almendrados, y el hombre estaba peinado de una manera más bien desusada para esa época, el rostro completamente afeitado, la camisa blanca perfectamente planchada, tanto Hugo como Yango notaron enseguida el parecido con uno de los uniformados que aparecían en la imagen junto al obispo que acababan de ver.
-Es mi apropiador, es el hombre que me hizo creer que esa mujer era mi madre, que ese chico que está ahí era mi hermano mellizo, el hijo de puta que la mató- dijo y su voz se quebró por un momento, pero se recompuso.
-Ahora quiero que vean esto. Estas fotos las robé de la computadora, de la Ipad de una chica que conocí en Buenos Aires hace dos semanas, más o menos…Vos ya las viste Yango, pero quiero que las observes bien…
En la primera imagen aparecía un viejo que gesticulaba enojado, se notaba en la expresión de su cara que estaba muy molesto. En la segunda imagen se veía al mismo hombre, vestido con el mismo mameluco engrasado en el momento en que subía por la escalerilla de un yate, en la tercera se lo veía de pie sobre la cubierta, la cuarta era una ampliación, un detalle del hombro del anciano, en la que se veía la misma figura que Ivana les había enseñado a ambos al principio, tatuada en la piel del viejo.
-Esto no me cuadra- dijo Hugo -¿vos crees que ese viejo, con ese tatuaje, es el mismo que aparece con vos y tu hermano y tu vieja en la otra foto?
Ivana se puso de pie, sacó de una caja de madera que tenía varios cerrojos un viejo álbum de fotos y se lo pasó. Hugo fue hojeando los folios plastificados con imágenes tomadas en los años ochenta, otras en los noventa…
-Decime una cosa, Hugo… a ver si notás un pequeño detalle- dijo ella.
Hugo terminó de hojear el álbum y la miró a la cara.
-Hmm no sé, no, ¿a qué te referís?
-Él casi no aparece en las fotos, y no sé si te fijaste además, que hay muchas fotos despegadas ¿viste?
-Ajá…
-Esas son las que él se llevó, se ve que él preparó todo con mucha anticipación, pero así como hay cosas que a vos no te cuadran, a mí tampoco me cuadran… él era un “facho”, un nazi, tengo otros dos álbumes, que no los puedo mostrar y no quiero despegar fotos de ahí, tiene varias páginas llenas de símbolos nazis… pero decime a ver, ¿qué es lo que no te cuadra?
Hugo pensó un momento…
-Vamos a suponer, mejor dicho vos suponés, que ese viejito de la foto es él ¿no es cierto? ¿Quién tomó esas fotos? ¿Dónde las tomaron?
-En la República Dominicana, en una playa, la chica que las tomó me dice que él… arregla motores de lanchas, que vive solo y es un solitario, ¿pero vos te lo imaginás a él, un maniático de la limpieza, ensuciándose con grasa, con aceite de motores?
-Y no solamente eso- agregó Hugo –me cuesta más imaginarme a un nazi con un tatuaje, y no solamente eso, viviendo precisamente en el Caribe, en un país donde la mayoría de la gente es negra…
-Bueno… eso como que no es tan… no sé, tan raro, me parece, si vamos al caso mirá, Paraguay es un país de negros también, se habla guaraní, hay montones de indios en algunos lugares, y eso está lleno de fachos, y no hablemos de Brasil- acotó Yango mientras se encogía de hombros.
-Mi interpretación es ésta- replicó Ivana –vamos a suponer que lo que vos querés es perderte en un lugar donde nadie te conozca ¿no es cierto? Eso es fácil, te vas a Chile, a Brasil, a la Cochinchina, donde sea, pero si además de eso querés borrar todas las huellas de tu pasado, lo que vas a hacer es cambiar todo, todo… ¿verdad? Si nunca te ensuciabas, por ejemplo, vas a andar sucio, por lo menos donde todos te vean, hasta te vas a hacer un tatuaje, como hizo él, te vas a ir como él, a un país de negros y vas a andar entre ellos como si nada…
-Pero… ¿y el tatuaje?- inquirió Hugo…
-Eso… en sicología se conoce como acto fallido, pero también es una marca de identidad, un símbolo, es como una… como una marca tribal… como esos llaveros chiquititos que usan las lesbianas, no sé si vos sabías que una marca distintiva de las lesbianas es el hacha de doble hoja, es un símbolo cretense en realidad…

-Las lesbianas tienen varios símbolos, algunas usan la letra griega lambda, se la tatúan o la usan en llaveros- dijo Yango –pero bueno, yo creo que nos estamos dispersando un poco, la cuestión me parece que es ésta; vamos a suponer que ese hombre que está en la República Dominicana es tu… tu apropiador; ¿qué es lo que vos querés hacer, Ivana?


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