lunes, 16 de febrero de 2015

Proyectos

El 2015 comienza lleno de proyectos. Hace unos años comencé a escribir una trilogía que llevará por título Trilogía de Mitri Jiménez. Está compuesta por tres novelas que narran las aventuras de una inquieta, joven y bella periodista, y de sus amigas Yokasta y Melisa, abogadas y karatecas invencibles. Las tres se enfrentarán a peligrosas mafias, Mitri investigará durante años a un narcodiputado y vivirá una historia de amor muy intensa.
La primera de las tres novelas, El paso de los lobos, comienza con la historia del corrupto coronel Viriato Sigfrido Monción, un policía honesto en sus inicios, al que la fatalidad y la sed de venganza convierten finalmente en un hombre corrompido por el dinero del narcotráfico... aquí comparto el capítulo 11...
Dentro de poco las tres novelas estarán publicadas en Amazon, en cuanto se termine el diseño...


 Capítulo 11. Santo Domingo
Viernes 1 de abril de 1994
El puesto que le habían destinado a Monción era el de encargado de recepción de mercancías en puertos y aeropuertos, tenía el grado de inspector y estaba asignado específicamente al sector de químicos y petroquímicos, lo cual significaba que debía ocuparse de revisar los cargamentos que llegaban en buques que traían desde pinturas y solventes, aceites y derivados de petróleo hasta resinas sintéticas, plásticos y lubricantes.
Trabajaba en una oficina a la que solo entraba cuando marcaba su tarjeta de entrada y la de salida. El jefe era un señor moreno, calvo, rechoncho y encorbatado, que siempre transpiraba profusamente y hablaba con voz aflautada. Había dos mujeres, también gordas y pasadas de los cuarenta que escribían todo el tiempo en máquinas de escribir eléctricas y movían voluminosas carpetas llenas de planillas y expedientes, eran las que recibían sus informes diarios y le hacían firmar varios papeles al final de la jornada.
Tenía que lidiar con una complicada papelería, con despachantes y enviados de las empresas en un ambiente ruidoso, donde todo estaba siempre atrasado y la burocracia facilitaba la corrupción con “errores” perfectamente calculados que enviaban un cargamento a distintos muelles donde la parte de la carga que era ilegal desaparecía y al final todo parecía estar siempre en orden.
Su instinto de animal en acecho le permitió descubrir muy pronto los circuitos del contrabando, los puntos débiles de los sistemas de control y las facilidades para introducir cargamentos de electrodomésticos que figuraban como resinas, cajas de whisky que llegaban como pintura y por supuesto, heroína en forma de anilinas sintéticas y otras trampas parecidas.
Tenía que redactar un informe semanal manuscrito dirigido a la DINAC, con una serie de claves que le habían dado en un manual que tenía orden de destruir cuando se lo hubiera aprendido pero que él conservó durante años, incluso hasta cuando fue ascendido a coronel.
Haina era el muelle más ruidoso y concurrido que pudiera existir y Monción aprendió en poco tiempo un inglés elemental, entremezclado con español, que servía para comunicarse con los tripulantes de los barcos de bandera liberiana, que eran los que más abundaban en ciertas épocas del año y siempre venían cargados de químicos de todo tipo.
La fecha que “Félix el Gato” le había fijado para ejecutar su venganza tardó en llegar, el jueves 31 de marzo de 1994 se le antojó tan largo que Monción se encerró por primera vez con dos mujeres en una cabaña llamada “Faraón”, en la zona de San Isidro, un nombre que jamás pudo olvidar aunque nunca volvió a ese lugar.
Tuvo sexo con una primero y con la otra después, las penetró con furia todas las veces que pudo y después se metió bajo la ducha, se bebió media botella de Chivas con un poco de hielo, y tanto él como las mujeres se emborracharon de tal manera que se durmieron y fueron despertados por los golpes en la puerta de una de las empleadas de la cabaña al día siguiente, cuando el sol ya estaba alto.
Pagó sin protestar el recargo, no fue a trabajar y siguió durmiendo en su cama hasta después del mediodía del 1 de abril, preocupado porque El Gato Félix no había dado señales de vida desde el día en que le envió aquel mensaje.
Pero poco después de las cinco de la tarde, cuando ya se había bebido una enorme taza de café y dos pastillas “rapiditas”, el mejor remedio que los dominicanos han inventado contra la resaca, alguien tocó la puerta de su casa y deslizó por debajo un sobre que tenía escrito al dorso un
número de teléfono. “Félix el Gato” era aficionado a ese tipo de teatralidades, seguramente había copiado esa forma de comunicarse de alguna de las tantas películas que solía ver en el cine, en la tele y en su VHS.
Se vistió con todo el tiempo del mundo, se puso pantalones de algodón de color negro, una chacabana azul oscuro, gafas enormes para sol, mocasines livianos y la pistola Bersa en la cintura, colocó el cargador adicional en un bolsillo de la chacabana junto con la billetera nueva. Buscó un teléfono público y llamó al Gato.
Félix le aconsejó que no fuera en su carro, un Toyota rojo que había comprado con los “ahorros” de las excursiones de pesca en Puerto Plata.
Mientras iba en el taxi que tomó para llegar a la esquina de la Isabel Aguiar con 27 de Febrero, la esquina de “Pintura”, llamada así por la fábrica de pintura que llevaba varias décadas instalada allí, descubrió que sabía muy poco, casi nada, sobre “Félix el Gato”, solamente que trabajaba para el servicio secreto, nunca supo si se trataba del J2, o del DNI, solamente era un hombre en el que confiaba porque le había dado muestras concretas de que podía confiar en él. Le había salvado la vida, le había conseguido un puesto seguro fuera de la policía, ahora estaba por cumplir la promesa de acompañarlo en una venganza con la que había soñado largamente, como se sueña con las cosas inalcanzables.
Sintió que sus sentimientos estaban anestesiados desde que le ordenaron que no se comunicara con nadie de su familia ni de su pasado reciente. Había sabido, porque El Gato se lo había averiguado, que su madre estaba en Nueva Jersey desde hacía dos meses, y entonces un estremecimiento de culpa le aceleró la respiración mientras el rostro apergaminado se dibujaba en su memoria, porque también descubrió que hacía meses que ni siquiera había pensado en ella.
Se bajó en la esquina de Pintura y buscó una camioneta azul desde la que le hicieron señas con las luces. El conductor era un hombre de pelo largo, cortado al estilo de los merengueros que estaban de moda en ese momento, vestía una ajustada camisa llena de flores de colores chillones, era delgado y fibroso, usaba anteojos oscuros y tenía el rostro anguloso y los labios demasiado gruesos. El otro era más bien gordo, semicalvo y menos moreno que el chofer, vestía un pantalón gris perfectamente planchado, camisa amarilla y saco negro, como si hubiera elegido esos colores lisos para que contrastaran a propósito. Llevaba gafas oscuras, parecidas a las de Monción, y una pistola Browning que él reconoció por las cachas.
Ninguno de los tres habló. El chofer movió la sintonía de la radio y eligió un merengue antiguo de Johnny Ventura con Anthony Ríos, y los compases de Caña Brava se mezclaron con el ronroneo del motor …pongan atención señores a lo que les voy a cantar, el merengue caña brava, sabrosito he de bailar…
La camioneta tomó por el malecón y entró a un enorme edificio en construcción que tenía una cerca metálica. El chofer detuvo el vehículo, bajó a la carrera, movió la pesada chapa y el vehículo entró. El hombre gordo le hizo una seña a Monción de que bajara y la camioneta salió rápidamente del lugar, entre una nube de polvo de arenisca y chirridos de los neumáticos.
Monción no entendía nada. Sacó la pistola y la montó mientras buscaba un lugar donde refugiarse, pero entonces vio la brasa de un cigarrillo en la oscuridad, bajo un alero. Entrecerró los ojos para adaptarlos a la penumbra y distinguió la silueta menuda, inconfundible de Félix el Gato.
Apenas sí se saludaron y bajaron por una escalera hasta el subsuelo. La brisa del mar llegaba con el regusto salobre que perseguiría muchas madrugadas sin sueño de Monción a partir de esa larga noche. Félix encendió una lámpara de petróleo y ambos entraron a una parte del subsuelo en la que se olía a humedad, a orines humanos, a aguas podridas.
-Son tres, al que falta lo están trayendo ahorita mismo, están al llegar, ya verá usted que no se dilatan demasiado.
Félix el Gato agrandó la llama de la lámpara y entonces Monción los vio, estaban amarrados los dos, cada uno a una columna, a tres metros de distancia, sentados en el piso, con cadenas de aluminio aseguradas con candado. Tenían mordazas y los ojos vendados con cinta de hospital.
Cuando vio el rostro sudoroso de Boquejaiva, al que reconoció por la camiseta que llevaba puesta, esta vez con la cara de Michael Jordan, pensó: -A este tíguere le gusta el básquet.
En ese momento se escucharon pasos en la escalera y la voz de un hombre que pedía entre llantos que no lo mataran, por favor señor, yo tengo familia, tengo mujer e hijos, por favor, por la virgencita de la Altagracia, pero los hombres que lo arrastraban no decían nada, Monción no vio a los que lo traían, solamente vio caer al hombre, con las manos amarradas atrás con su propia camiseta.
Félix el Gato sacó un Magnum 44 de su cintura y, como en las películas malas, le ordenó silencio con un chistido, pero en lugar de su dedo utilizó el pesado caño del revólver. Lo ayudó a ponerse de pie y lo condujo a un rincón, algo alejado de los otros dos.
-Señor, yo ya le dije a ello donde etá la droga mi don, ello ya se la llevaron, se llevaron tó lo cuarto, señor, déjeme ir, déjeme señor, yo no hice ná, yo creía que llevaba una harina pa’ hacé pan, mi don…
El moreno se interrumpía cada tanto por el llanto, no tendría más de veinte o veintidós años, y de tanto llorar tosía, su llanto era tan lastimero que Monción llegó a sentir un poco de pena.
Como si El Gato Félix le hubiera leído el pensamiento lo escuchó decir:
-¿Da pena verdad? Pobre tiguerito, y sin embargo cuando lo mandan a matar a alguien seguro que no llora como ahora, ¿qué cree usted teniente?
La rabia se apoderó de Monción como un chispazo de una corriente eléctrica, le dio un revés en la nariz que le hizo sangrar, el otro abrió la boca para tomar aire mientras no paraba de llorar. Cayó al suelo y se colocó en posición fetal mientras soltaba sus hipidos.
-Vamos a ver, muchacho, deja de llorar, coño, que ya pareces una hembra o peor aún, un maldito cundango, coño… si me dices lo que quiero saber podemos negociar, ¿oíste? Pero cállate…
El otro asintió con la cabeza.
-¿Quién mató a la muchacha? Espera, vamos a hacer una apuesta, teniente- dijo dirigiéndose a Monción- apuesto a que él me va a decir que fueron ellos. ¿Fueron ellos, verdad?
El otro volvió a decir que sí con la cabeza
-¿Tú solamente te quedaste mirando? ¿Verdad?
El otro volvió a asentir.
-¿Y no te acuerdas cómo fue?
El otro permaneció callado.
-Tiene mala memoria- dijo Félix dirigiéndose a Monción.
El tractor le tiró una patada al estómago, el otro soltó un aullido de dolor y se retorció de nuevo, dio varias vueltas en el piso y se llenó de tierra. Monción contempló la cara ensangrentada y
pensó que así sería el aspecto de Anaida cuando esos malnacidos la violaron, la torturaron y la asesinaron salvajemente.
Entonces tomó conciencia de que estaba viviendo el momento que había soñado durante tanto tiempo. Lo volvió a patear, se agachó, lo tomó del cuello, lo puso de pie contra una pared y le dio tres puñetazos, uno en cada costado, el otro en el estómago, le dio un puñetazo en la nariz y sintió el filo de los dientes mientras sus nudillos se llenaban de sangre, hasta que lo dejó caer inconsciente.
Los otros dos gemían y trataban de decir algo, las mordazas solamente dejaban oír un murmullo que era como un quejido gutural. Cuando le quitó la mordaza y la venda a Boquejaiva vio el terror en los ojos del otro, una mirada a la que se acostumbraría con el paso de los años, pero ahora estaba frente al terror que había esperado generar exactamente como quería.
-Ahora me vas a decir la verdad, azarosito hijuelagran puta, ¿quién fue el primero? ¿Fuiste tú? ¿Eh, maldito azaroso? Y comenzó a golpearlo en las costillas hasta que sintió todo su cuerpo traspirado y los gritos del otro se fueron convirtiendo en gemidos apagados.
Cuando Félix el Gato le quitó la mordaza al tercero le preguntó lo mismo.
-Muchacho, ya viste que esos dos no contestaron bien y mi socio no sabe preguntar, es medio brutito este hombre, pero no te preocupes, yo soy el jefe de él y le voy a echar su boche por esto, ya tú verás… ahora dime, ¿quién ordenó matar a la muchacha? Tú me lo vas a decir ¿verdad?
Al otro le castañeteaban los dientes, le temblaba la voz…
-Yo… yo… yo no sé…
Félix ladeó la cabeza en gesto negativo.
-A ver si adivino, fue uno de los asistentes de Pelagio, ¿verdad? Me parece que hay uno que le dicen Yon-Yon, ¿fue ese?
Cuando Félix pronunció el nombre de Yon-Yon el que estaba tirado en el piso comenzó a moverse.
-Acérqueme a aquel a la luz, por favor, teniente…
Monción tomó al otro de un brazo y lo arrimó a la lámpara. En el brazo tenía un tatuaje que decía Yon-Yon, con las letras en forma de serpientes. Se notaba que eran tatuajes carcelarios.
-Hijue la gran puta- dijo Monción y de un puñetazo en el estómago lo volvió a tumbar.
-Vamos a recoger los bates, teniente, usted decide- dijo y le pasó a Monción el pesado revólver.
Boquejaiva pidió con voz temblorosa que no lo mataran, dijo que tenía más droga para entregar al otro día y que eran varios kilos.
-Muchacho, muchachito- respondió Félix –Tú no tienes nada, deberíamos dejarte vivo a la entrada de San Cristóbal para que le expliques al “Pelú” cómo te dejaste quitar la droga y él mismo te va a matar… tranquilízate, ya viene la policía a buscarte…
Monción se acercó a Yon-Yon, lo hizo arrodillarse, le sostuvo la cabeza por el pelo y le apoyó el caño del Magnum 44 en la sien izquierda. El disparo retumbó y hubo un estallido de sangre y trozos de huesos y masa cefálica que se desparramaron y mancharon la pared.
Los otros dos comenzaron a gemir y a pedir por favor que no los mataran, pero el olor de la sangre comenzó a recordarle a Monción los días en que su padre carneaba chivos y cerdos, y quiso terminar rápido con todo aquello. Había pensado en someter a esos hombres a la peor de las agonías, pero ahora solamente quería matarlos de una vez y salir de ahí, de esa mezcla de olor a sangre, a orines y mierda, porque uno de los dos, nunca supo si Boquejaiva o el otro, al que ni él ni El Gato le preguntaron su nombre, había defecado.
En la semipenumbra distinguió los florones oscuros que se dibujaron en los cuerpos de ambos, le hizo dos disparos al desconocido, pero cuando le tocó el turno a Boquejaiva le pidió más balas a Félix, y le vació el cargador hasta ver cómo el cuerpo vibraba con cada disparo y el rostro perforado de Michael Jordan se bañaba en sangre.
Cuando salieron a la superficie la camioneta había regresado. Monción se sintió mareado, una especie de hierro candente se retorcía en sus entrañas, caminó hacia un rincón y comenzó a vomitar mientras todo su cuerpo vibraba como si hubiera recibido una descarga de electricidad.
Alcanzó a escuchar que Félix les ordenaba a los otros que llevaran la droga al cuartel general de la DINAC y que sacaran los cuerpos y los dejaran tirados en la carretera cerca del aeropuerto.
-Armen la escena como un ajuste de cuentas- dijo.
Después se acercó a Monción y le palmeó la espalda.

-Déjese de pendejadas y hágase fuerte mi hermano, que usted va a salir bueno pa’ este negocio, ya verá…
Fragmento de El paso de los lobos. 
Santiago Almada © todos los derechos reservados

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