La primera de las tres novelas, El paso de los lobos, comienza con la historia del corrupto coronel Viriato Sigfrido Monción, un policía honesto en sus inicios, al que la fatalidad y la sed de venganza convierten finalmente en un hombre corrompido por el dinero del narcotráfico... aquí comparto el capítulo 11...
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Capítulo 11. Santo Domingo
Viernes 1 de abril de 1994
El puesto que le habían
destinado a Monción era el de encargado de recepción de mercancías en puertos y
aeropuertos, tenía el grado de inspector y estaba asignado específicamente al
sector de químicos y petroquímicos, lo cual significaba que debía ocuparse de
revisar los cargamentos que llegaban en buques que traían desde pinturas y
solventes, aceites y derivados de petróleo hasta resinas sintéticas, plásticos
y lubricantes.
Trabajaba en una oficina a la
que solo entraba cuando marcaba su tarjeta de entrada y la de salida. El jefe
era un señor moreno, calvo, rechoncho y encorbatado, que siempre transpiraba
profusamente y hablaba con voz aflautada. Había dos mujeres, también gordas y
pasadas de los cuarenta que escribían todo el tiempo en máquinas de escribir
eléctricas y movían voluminosas carpetas llenas de planillas y expedientes,
eran las que recibían sus informes diarios y le hacían firmar varios papeles al
final de la jornada.
Tenía que lidiar con una
complicada papelería, con despachantes y enviados de las empresas en un
ambiente ruidoso, donde todo estaba siempre atrasado y la burocracia facilitaba
la corrupción con “errores” perfectamente calculados que enviaban un cargamento
a distintos muelles donde la parte de la carga que era ilegal desaparecía y al
final todo parecía estar siempre en orden.
Su instinto de animal en acecho
le permitió descubrir muy pronto los circuitos del contrabando, los puntos
débiles de los sistemas de control y las facilidades para introducir
cargamentos de electrodomésticos que figuraban como resinas, cajas de whisky
que llegaban como pintura y por supuesto, heroína en forma de anilinas
sintéticas y otras trampas parecidas.
Tenía que redactar un informe
semanal manuscrito dirigido a la DINAC, con una serie de claves que le habían
dado en un manual que tenía orden de destruir cuando se lo hubiera aprendido
pero que él conservó durante años, incluso hasta cuando fue ascendido a
coronel.
Haina era el muelle más ruidoso
y concurrido que pudiera existir y Monción aprendió en poco tiempo un inglés
elemental, entremezclado con español, que servía para comunicarse con los
tripulantes de los barcos de bandera liberiana, que eran los que más abundaban
en ciertas épocas del año y siempre venían cargados de químicos de todo tipo.
La fecha que “Félix el Gato” le
había fijado para ejecutar su venganza tardó en llegar, el jueves 31 de marzo
de 1994 se le antojó tan largo que Monción se encerró por primera vez con dos
mujeres en una cabaña llamada “Faraón”, en la zona de San Isidro, un nombre que
jamás pudo olvidar aunque nunca volvió a ese lugar.
Tuvo sexo con una primero y con
la otra después, las penetró con furia todas las veces que pudo y después se
metió bajo la ducha, se bebió media botella de Chivas con un poco de hielo, y
tanto él como las mujeres se emborracharon de tal manera que se durmieron y
fueron despertados por los golpes en la puerta de una de las empleadas de la
cabaña al día siguiente, cuando el sol ya estaba alto.
Pagó sin protestar el recargo,
no fue a trabajar y siguió durmiendo en su cama hasta después del mediodía del
1 de abril, preocupado porque El Gato Félix no había dado señales de vida desde
el día en que le envió aquel mensaje.
Pero poco después de las cinco
de la tarde, cuando ya se había bebido una enorme taza de café y dos pastillas
“rapiditas”, el mejor remedio que los dominicanos han inventado contra la
resaca, alguien tocó la puerta de su casa y deslizó por debajo un sobre que
tenía escrito al dorso un
número
de teléfono. “Félix el Gato” era aficionado a ese tipo de teatralidades,
seguramente había copiado esa forma de comunicarse de alguna de las tantas
películas que solía ver en el cine, en la tele y en su VHS.
Se vistió con todo el tiempo
del mundo, se puso pantalones de algodón de color negro, una chacabana azul
oscuro, gafas enormes para sol, mocasines livianos y la pistola Bersa en la
cintura, colocó el cargador adicional en un bolsillo de la chacabana junto con
la billetera nueva. Buscó un teléfono público y llamó al Gato.
Félix le aconsejó que no fuera
en su carro, un Toyota rojo que había comprado con los “ahorros” de las
excursiones de pesca en Puerto Plata.
Mientras iba en el taxi que
tomó para llegar a la esquina de la Isabel Aguiar con 27 de Febrero, la esquina
de “Pintura”, llamada así por la fábrica de pintura que llevaba varias décadas
instalada allí, descubrió que sabía muy poco, casi nada, sobre “Félix el Gato”,
solamente que trabajaba para el servicio secreto, nunca supo si se trataba del
J2, o del DNI, solamente era un hombre en el que confiaba porque le había dado
muestras concretas de que podía confiar en él. Le había salvado la vida, le
había conseguido un puesto seguro fuera de la policía, ahora estaba por cumplir
la promesa de acompañarlo en una venganza con la que había soñado largamente,
como se sueña con las cosas inalcanzables.
Sintió que sus sentimientos
estaban anestesiados desde que le ordenaron que no se comunicara con nadie de
su familia ni de su pasado reciente. Había sabido, porque El Gato se lo había
averiguado, que su madre estaba en Nueva Jersey desde hacía dos meses, y
entonces un estremecimiento de culpa le aceleró la respiración mientras el
rostro apergaminado se dibujaba en su memoria, porque también descubrió que
hacía meses que ni siquiera había pensado en ella.
Se bajó en la esquina de
Pintura y buscó una camioneta azul desde la que le hicieron señas con las
luces. El conductor era un hombre de pelo largo, cortado al estilo de los
merengueros que estaban de moda en ese momento, vestía una ajustada camisa
llena de flores de colores chillones, era delgado y fibroso, usaba anteojos
oscuros y tenía el rostro anguloso y los labios demasiado gruesos. El otro era
más bien gordo, semicalvo y menos moreno que el chofer, vestía un pantalón gris
perfectamente planchado, camisa amarilla y saco negro, como si hubiera elegido
esos colores lisos para que contrastaran a propósito. Llevaba gafas oscuras,
parecidas a las de Monción, y una pistola Browning que él reconoció por las
cachas.
Ninguno de los tres habló. El
chofer movió la sintonía de la radio y eligió un merengue antiguo de Johnny
Ventura con Anthony Ríos, y los compases de Caña Brava se mezclaron con el
ronroneo del motor …pongan atención señores a lo que les voy a cantar, el
merengue caña brava, sabrosito he de bailar…
La camioneta tomó por el
malecón y entró a un enorme edificio en construcción que tenía una cerca
metálica. El chofer detuvo el vehículo, bajó a la carrera, movió la pesada
chapa y el vehículo entró. El hombre gordo le hizo una seña a Monción de que
bajara y la camioneta salió rápidamente del lugar, entre una nube de polvo de
arenisca y chirridos de los neumáticos.
Monción no entendía nada. Sacó
la pistola y la montó mientras buscaba un lugar donde refugiarse, pero entonces
vio la brasa de un cigarrillo en la oscuridad, bajo un alero. Entrecerró los
ojos para adaptarlos a la penumbra y distinguió la silueta menuda,
inconfundible de Félix el Gato.
Apenas
sí se saludaron y bajaron por una escalera hasta el subsuelo. La brisa del mar
llegaba con el regusto salobre que perseguiría muchas madrugadas sin sueño de
Monción a partir de esa larga noche. Félix encendió una lámpara de petróleo y
ambos entraron a una parte del subsuelo en la que se olía a humedad, a orines
humanos, a aguas podridas.
-Son tres, al que falta lo
están trayendo ahorita mismo, están al llegar, ya verá usted que no se dilatan
demasiado.
Félix el Gato agrandó la llama
de la lámpara y entonces Monción los vio, estaban amarrados los dos, cada uno a
una columna, a tres metros de distancia, sentados en el piso, con cadenas de
aluminio aseguradas con candado. Tenían mordazas y los ojos vendados con cinta
de hospital.
Cuando vio el rostro sudoroso
de Boquejaiva, al que reconoció por la camiseta que llevaba puesta, esta vez
con la cara de Michael Jordan, pensó: -A este tíguere le gusta el básquet.
En ese momento se escucharon
pasos en la escalera y la voz de un hombre que pedía entre llantos que no lo
mataran, por favor señor, yo tengo familia, tengo mujer e hijos, por favor, por
la virgencita de la Altagracia, pero los hombres que lo arrastraban no decían
nada, Monción no vio a los que lo traían, solamente vio caer al hombre, con las
manos amarradas atrás con su propia camiseta.
Félix el Gato sacó un Magnum 44
de su cintura y, como en las películas malas, le ordenó silencio con un chistido,
pero en lugar de su dedo utilizó el pesado caño del revólver. Lo ayudó a
ponerse de pie y lo condujo a un rincón, algo alejado de los otros dos.
-Señor, yo ya le dije a ello
donde etá la droga mi don, ello ya se la llevaron, se llevaron tó lo cuarto,
señor, déjeme ir, déjeme señor, yo no hice ná, yo creía que llevaba una harina
pa’ hacé pan, mi don…
El moreno se interrumpía cada
tanto por el llanto, no tendría más de veinte o veintidós años, y de tanto
llorar tosía, su llanto era tan lastimero que Monción llegó a sentir un poco de
pena.
Como si El Gato Félix le
hubiera leído el pensamiento lo escuchó decir:
-¿Da pena verdad? Pobre
tiguerito, y sin embargo cuando lo mandan a matar a alguien seguro que no llora
como ahora, ¿qué cree usted teniente?
La rabia se apoderó de Monción
como un chispazo de una corriente eléctrica, le dio un revés en la nariz que le
hizo sangrar, el otro abrió la boca para tomar aire mientras no paraba de
llorar. Cayó al suelo y se colocó en posición fetal mientras soltaba sus
hipidos.
-Vamos a ver, muchacho, deja de
llorar, coño, que ya pareces una hembra o peor aún, un maldito cundango, coño…
si me dices lo que quiero saber podemos negociar, ¿oíste? Pero cállate…
El otro asintió con la cabeza.
-¿Quién mató a la muchacha?
Espera, vamos a hacer una apuesta, teniente- dijo dirigiéndose a Monción-
apuesto a que él me va a decir que fueron ellos. ¿Fueron ellos, verdad?
El otro volvió a decir que sí
con la cabeza
-¿Tú solamente te quedaste
mirando? ¿Verdad?
El otro volvió a asentir.
-¿Y no te acuerdas cómo fue?
El otro permaneció callado.
-Tiene mala memoria- dijo Félix
dirigiéndose a Monción.
El tractor le tiró una patada
al estómago, el otro soltó un aullido de dolor y se retorció de nuevo, dio
varias vueltas en el piso y se llenó de tierra. Monción contempló la cara
ensangrentada y
pensó
que así sería el aspecto de Anaida cuando esos malnacidos la violaron, la
torturaron y la asesinaron salvajemente.
Entonces tomó conciencia de que
estaba viviendo el momento que había soñado durante tanto tiempo. Lo volvió a
patear, se agachó, lo tomó del cuello, lo puso de pie contra una pared y le dio
tres puñetazos, uno en cada costado, el otro en el estómago, le dio un puñetazo
en la nariz y sintió el filo de los dientes mientras sus nudillos se llenaban
de sangre, hasta que lo dejó caer inconsciente.
Los otros dos gemían y trataban
de decir algo, las mordazas solamente dejaban oír un murmullo que era como un
quejido gutural. Cuando le quitó la mordaza y la venda a Boquejaiva vio el
terror en los ojos del otro, una mirada a la que se acostumbraría con el paso
de los años, pero ahora estaba frente al terror que había esperado generar
exactamente como quería.
-Ahora me vas a decir la
verdad, azarosito hijuelagran puta, ¿quién fue el primero? ¿Fuiste tú? ¿Eh,
maldito azaroso? Y comenzó a golpearlo en las costillas hasta que sintió todo
su cuerpo traspirado y los gritos del otro se fueron convirtiendo en gemidos
apagados.
Cuando Félix el Gato le quitó
la mordaza al tercero le preguntó lo mismo.
-Muchacho, ya viste que esos
dos no contestaron bien y mi socio no sabe preguntar, es medio brutito este
hombre, pero no te preocupes, yo soy el jefe de él y le voy a echar su boche
por esto, ya tú verás… ahora dime, ¿quién ordenó matar a la muchacha? Tú me lo
vas a decir ¿verdad?
Al otro le castañeteaban los
dientes, le temblaba la voz…
-Yo… yo… yo no sé…
Félix ladeó la cabeza en gesto
negativo.
-A ver si adivino, fue uno de
los asistentes de Pelagio, ¿verdad? Me parece que hay uno que le dicen Yon-Yon,
¿fue ese?
Cuando Félix pronunció el
nombre de Yon-Yon el que estaba tirado en el piso comenzó a moverse.
-Acérqueme a aquel a la luz,
por favor, teniente…
Monción tomó al otro de un
brazo y lo arrimó a la lámpara. En el brazo tenía un tatuaje que decía Yon-Yon,
con las letras en forma de serpientes. Se notaba que eran tatuajes carcelarios.
-Hijue la gran puta- dijo
Monción y de un puñetazo en el estómago lo volvió a tumbar.
-Vamos a recoger los bates,
teniente, usted decide- dijo y le pasó a Monción el pesado revólver.
Boquejaiva pidió con voz
temblorosa que no lo mataran, dijo que tenía más droga para entregar al otro
día y que eran varios kilos.
-Muchacho, muchachito- respondió
Félix –Tú no tienes nada, deberíamos dejarte vivo a la entrada de San Cristóbal
para que le expliques al “Pelú” cómo te dejaste quitar la droga y él mismo te
va a matar… tranquilízate, ya viene la policía a buscarte…
Monción se acercó a Yon-Yon, lo
hizo arrodillarse, le sostuvo la cabeza por el pelo y le apoyó el caño del
Magnum 44 en la sien izquierda. El disparo retumbó y hubo un estallido de
sangre y trozos de huesos y masa cefálica que se desparramaron y mancharon la
pared.
Los otros dos comenzaron a
gemir y a pedir por favor que no los mataran, pero el olor de la sangre comenzó
a recordarle a Monción los días en que su padre carneaba chivos y cerdos, y
quiso terminar rápido con todo aquello. Había pensado en someter a esos hombres
a la peor de las agonías, pero ahora solamente quería matarlos de una vez y
salir de ahí, de esa mezcla de olor a sangre, a orines y mierda, porque uno de
los dos, nunca supo si Boquejaiva o el otro, al que ni él ni El Gato le
preguntaron su nombre, había defecado.
En
la semipenumbra distinguió los florones oscuros que se dibujaron en los cuerpos
de ambos, le hizo dos disparos al desconocido, pero cuando le tocó el turno a
Boquejaiva le pidió más balas a Félix, y le vació el cargador hasta ver cómo el
cuerpo vibraba con cada disparo y el rostro perforado de Michael Jordan se
bañaba en sangre.
Cuando salieron a la superficie
la camioneta había regresado. Monción se sintió mareado, una especie de hierro
candente se retorcía en sus entrañas, caminó hacia un rincón y comenzó a
vomitar mientras todo su cuerpo vibraba como si hubiera recibido una descarga
de electricidad.
Alcanzó a escuchar que Félix
les ordenaba a los otros que llevaran la droga al cuartel general de la DINAC y
que sacaran los cuerpos y los dejaran tirados en la carretera cerca del
aeropuerto.
-Armen la escena como un ajuste
de cuentas- dijo.
Después se acercó a Monción y
le palmeó la espalda.
-Déjese de
pendejadas y hágase fuerte mi hermano, que usted va a salir bueno pa’ este
negocio, ya verá…
Fragmento de El paso de los lobos.
Santiago Almada © todos los derechos reservados
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