Comparto con los amigos un cuentito que escribí hace algunos años... el rostro de Francoise Fabian, una actriz francesa de los años 70 que enamoró a Lino Ventura en una película de Lelouch es el rostro que pensé para Laura, el personaje mencionado por el protagonista... el glosario que figura al final es para los dominicanos...
La pesadilla ajena
Yo
sé que en otros tiempos, cuando era un adolescente, no hubiera esperado a que
usted se levantara para venir a verlo, Julián, es probable que lo hubiera
despertado a las tres de la mañana y que ni siquiera me hubiera dado cuenta de
su cara de sueño, ni de esa expresión condescendiente que usted adopta en
ciertas ocasiones, como de quien está acostumbrado a tratar con locos de todas
las especies.
Es
probable que hubiera entrado directamente, casi como una tromba, derecho a la
heladera y me hubiera comido de un toque un trozo de milanesa, de esas que
usted prepara los días de lluvia, claro que en ese momento no me hubiera dado
cuenta de que usted prepara milanesas los días de lluvia, y
tampoco adivinaría que lo que me ofrecía era en realidad un vaso de ginebra, lo
hubiera tomado también sin darme cuenta porque, claro, lo importante era que
usted supiera cuán trascendente era lo que me había pasado esa siesta o esa
noche, apenas un rato antes, porque entonces, cuando yo le traía mis aventuras
nocturnas o vespertinas, fresquitas, como pan recién horneado, usted dejaba de
ser usted, Julián, y sus oídos maravillosamente predispuestos, sus ojos calmos,
su gesto parecido al de un espectador que asiste a un prodigio, todo usted,
Julián, era como un espejo en el que yo me miraba mientras contaba mi historia,
y esa transmutación nos convertía a los dos, porque yo tampoco era yo, era una
especie de aedo que sin cítara ni lira o como se llame eso que usaban los
aedos, lo transportaba a usted al goce de descubrir la vida y yo sabía cuándo
la historia le resultaba más interesante que otras veces porque usted,
silenciosamente, se plancharía el bigote con el pulgar y el índice, y de algún
bolsillo de su pijama sacaría su pipa favorita, la pipa estriada que vanamente
intentó regalarme la noche en que Laura se fue, y que yo no acepté porque sabía
que esa pipa sería en mis manos apenas una prolongación de la despedida de
Laura.
Después
la cargaría lentamente para mirarme a medida que avanzaba mi relato, detrás de
la cortina de humo del tabaco Exéter que yo solía regalarle y que
usted fumaba en mi presencia porque en realidad –siempre lo supe– a usted no le
gustaba demasiado ese tabaco de mierda pero lo fumaba igual, para hacerme
sentir bien.
En
cambio ahora, las cosas han cambiado Julián, como usted ve, el tiempo me ha
civilizado al punto de dejarlo dormir
tranquilo hasta que los primeros mates lo despiertan del todo, y lo
que ahora le traigo ya no son las historias impactantes de mi adolescencia, no
se preocupe, tampoco vengo a pedirle -como en noviembre del 76- que me permita
esconderme un par de días y que si alguien con cara de botón o de milico o del side
o cosa parecida pregunta por mí, diga que sí, que me vio y que le dije que me
iba a Santa Fe, o a Madagascar, pobre Julián, usted fue capaz hasta de eso, de
ocultarme en su casa y de tragarse el miedo que era como un hierro candente
viajando por las entrañas, para ayudarme a no terminar tirado en una zanja, o
en un campo de concentración, pero bueno, ya pasó Julián, ya fue,
como dicen ahora los pendejos.
En
realidad, Julián, lo que vengo a contarle ahora es irreal pero cierto, y usted
me va a creer porque sabe que jamás le he mentido, aunque seguramente se
preguntará cómo es posible que algo sea cierto pero no real, claro, en este
caso lo que me trajo a su casa es la espantosa sensación de haber usurpado un
sueño, algo que no debí soñar porque ese sueño, esa horrible pesadilla que me
pone un nudo aquí, en el estómago, debió pasar por la mente de otra persona, y
sin embargo ahora lo tengo aquí, y creo que usted puede ayudarme a
desentrañarlo, Julián, como cuando me ayudaba con los cuestionarios de química
inorgánica o me corregía los poemas de amor que le escribía a Laura después del
cognac que nos tomábamos a la madrugada, cuando yo volvía de estar con ella,
borracho de felicidad y con ganas de emborracharme con algo más, algo que usted
seguramente tendría en su aparador o en su heladera.
En
mi sueño era yo el que caminaba por una calle lluviosa, con un pesado objeto
metálico en el bolsillo de una vieja y desteñida campera de corderoy, un objeto
frío que me resultaba familiar, como el que usé para cubrir la fuga del Negro
Maretti esa vez que allanaron la pensión donde lo guardábamos y alcanzamos a rajar
por los techos y salimos después en la otra punta de la manzana y el negro me
decía que corriera, que no parara y a mí se me salían los pulmones por la boca
pero la voz del Negro me ponía alas en los pies cuando me decía que ese lugar
en cualquier momento iba a ser un hervidero de canas, pero bueno,
Julián, me estoy yendo por las ramas pensará usted, es que es difícil contar
esta historia, porque me llevó varios días armarla, reconstruirla, rastrear en
mi memoria tantas cosas, tantos recuerdos, de esos que duelen ¿vio? porque mire
usted, qué fracaso un detective que resuelve un caso, un rompecabezas de los
que harían arrugar al mismo Marlowe que a usted tanto le gusta,
basado en la presunción de sus sueños y sus pesadillas… ¿no le parece demasiado
extraño? ¿Se acuerda de esa revista que usted coleccionaba en los años setenta?
2001, periodismo de liberación, creo
que se llamaba, resulta que también aparecía en mis sueños, casi como en una
fotocopia vi una página de esa revista donde se publicaban poemas escritos por
algunos internos del viejo manicomio de Vieytes, recordé al despertar que usted
me había dicho que lo conocía, y sentí un enorme deseo, un deseo incontenible
de tener en mis manos esa revista, entonces fui a la casa de esa amiga suya, la
profesora jubilada que tiene esa pieza llena de diarios y revistas viejas que
ella ya no lee, fui dispuesto a prometerle casamiento si fuera necesario hasta
que me permitiera revisar su archivo.
Confieso, Julián, que me sentí muy parecido a
un actor de película mala, encima, de esas con argumentos en los que al final
todo era un sueño, pero bueno, conseguí que esa mujer me permitiera revisar su
colección con el cuento de que iba de parte de usted, y después de un día de
búsqueda febril encontré la revista, con la espantosa sensación de un marido
que termina de comprobar una infidelidad largamente sospechada, y encontré el
poema que decía exactamente: “Quisiera tenerte en mis brazos, bebé/ hay días en
que te extraño en serio./ Tu padre era un camionero de pelo rubio/ que me besó
bajo los árboles/ una noche de luna/ en las afueras de un pueblo/ frente a una
estación de servicio./Aunque estarás crecido me gustaría/ verte gatear por un
patio/ darte un besito en el culito...”.
Todo esto decía ese poema escrito por una loca
internada en Vieytes, pero espere Julián, ahora viene la segunda parte de mi
sueño, es decir cuando comencé a caminar hacia una vieja estación de trenes
como si supiera qué era lo que tenía que hacer pero en realidad no sabía, al
fin de cuentas, ¿Quién sabe lo que tiene que hacer cuando sueña? ¿Verdad,
Julián?
Cuando llegué a los galpones abandonados volví
a tantear el pesado revólver que llevaba en la campera, entré resueltamente al
galpón más grande y traté de orientarme en la oscuridad, hasta que vi un bulto,
es decir, un cuerpo acurrucado en un rincón, el cuerpo de un linyera
tapado con frazadas raídas, con trapos, con diarios.
Me pidió un
cigarrillo con una voz cascosa, como de borracho...
-Quién puede negarle algo a un condenado- me
dijo y después me miró, como si me esperara de antes.
-Creciste -me dijo- me hubiera gustado vivir
otra vida diferente para que las cosas no fueran como fueron, pero qué se le va
a hacer, tiré mi vida a la basura, no me enteré de que existías hasta hace
poco, de tu madre no supe nunca nada, ni siquiera sabía que estaba loca hasta
que volví una vez a Nelson... se rió con una risa aguda, una risa muy conocida,
Julián, y canturreó ese tango que dice “la pucha las vueltas que tiene la vida”
y yo tanteé de nuevo el objeto metálico en mi campera y... claro Julián, usted
se preguntará adónde quiero llegar con todo esto, quiero que usted me aclare,
Julián, por qué tuve que soñar un sueño que no
me pertenece, pero algo más, ¿se acuerda, Julián, del setenta y tres,
cuando Sui Géneris enloquecía a los pendejos del Colegio Nacional y yo
en cambio, de puro rebelde, venía aquí y escuchaba sus discos de Atahualpa
Yupanqui?
¿Se acuerda que entre sus libros de
antropología había un ejemplar de El canto del viento, ese libro de Yupanqui
que usted me prestó y que yo nunca le devolví? Ese libro quedó en una caja en
la casa de mi tía Lucía, en un baúl antiguo que mis primos mantuvieron cerrado
en todos estos años desde que ella murió.
Hace quince días rescaté la caja,
Julián, hace quince días encontré dentro de esa edición de El canto del viento,
de Yupanqui, dos recortes que tuve que desplegar con muchísimo cuidado para que
no se desarmaran, en uno estaba el poema de la pobre loca de Vieytes, escrito
en 1967, cuando esa mujer tenía casi cincuenta años, pero publicado en 1972; el
otro recorte era de un diario santafesino, extraña muerte de un linyera en
galpones del ferrocarril, creo que dice.
Calculo que el recorte debe ser del
año 68 ó del 70, más viejo que el de la revista, si mal no recuerdo fue cuando
usted tenía treinta años, Julián, y había llegado a Resistencia, un tiempo
antes de que nos conociéramos, ¿se acuerda? Ahora viene el final de mi
historia, Julián, un final lleno de preguntas: ¿qué hacía yo en esa pesadilla
ajena, con un revólver cargado, buscando a un linyera que alguna vez había
embarazado a una chica que después enloqueció y perdió a su hijo? ¿Qué hacían
los recortes en ese libro suyo, Julián, tan prolijamente doblados? ¿Quién era
esa mujer del poema, y el linyera, Julián, quién era? ¿Por qué me habló de Nelson,
Julián, el pueblo donde usted nació? ¿Por qué tenía una risa tan parecida a la
suya?
¿Por qué esa pesadilla tuvo que
continuar en mi vigilia, Julián, al punto de llevarme a recuperar su libro y
revolver las revistas de una vieja? Dígame o ayúdeme a explicar por qué cuando
en mi sueño apreté tres veces el gatillo del revólver y vi convulsionarse como
una bolsa de basura que uno hace rodar de una patada a ese pobre viejo, no era
odio lo que sentía, sino más bien un sentimiento que pocas veces he
experimentado, algo parecido a la piedad, y que me duró hasta mucho tiempo
después de despertarme ¿No quiere hablar, Julián?
Milanesa: nombre argentino de
la carne empanizada o apanada.
Exéter: Marca de tabaco de
pipa muy popular en la Argentina.
Botón: en argot siginifica
policía.
Milico: en argot significa
militar, se aplica también a los policías.
O del SIDE: Sigla del Servicio
de Inteligencia del Estado.
Rajar: correr, disparar,
huir
Canas: policías
Nelson: pueblo situado en la
provincia argentina de Santa Fe
Sui Géneris: Dúo histórico de
rock argentino integrado por Charly García y Nito Mestre, famosísimos en la
década del 70.
Atahualpa Yupanqui: Nombre artístico de
Héctor Roberto Chavero, cantautor, folklorista, compositor y escritor
argentino.
Campo de
concentración: Centros de detención clandestinos de prisioneros políticos
durante la dictadura militar que gobernó la Argentina entre 1976-1983.
Pendejos: en Argentina,
muchachitos.
Mates: bebida muy
argentina, se toma con un tubo perforado y agua caliente sobre una yerba
llamada yerba mate.
Philip Marlowe:
detective creado por el genial novelista norteamericano Raymond Chandler (El
largo adiós, El sueño eterno, La ventana siniestra, La hermana pequeña)
Linyera: vagabundo,
indigente que vive en la calle
Resistencia: Mi ciudad natal en
la Argentina




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